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Los gigantes diminutos

DESMARQUES

Los gigantes diminutos

Desde que, hace casi cuarenta años, descubrí a Jimmy Johnstone siempre me ha fascinado el poder destructivo de algunos pequeñajos devastadores

22.06.13 - 11:49 -
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Uno de los primeros entrenadores que tuvo Isco en el equipo de su pueblo, el Atlético Benamiel, reconocía hace unos días que, cuando el jugador del Málaga era un niño, nadie daba un duro por él. No es que no imaginaran que fuera a convertirse en una estrella sino que ni siquiera se les ocurrió pensar en la posibilidad de que algún día pudiera dedicarse al fútbol como profesional. Si alguien les llega a decir entonces que aquel chaval debilucho, zambo y con las piernas arqueadas iba a ser elegido ‘Golden boy’ por la UEFA en 2012 y que el Real Madrid y el Manchester City se pelearían por su fichaje les hubiera dado un ataque de risa.

La confesión de este entrenador me hizo recordar a Garrincha, cuyo caso fue todavía mucho más sorprendente y meritorio que el de Isco. El malagueño, al fin y al cabo, ha crecido de una forma saludable y no ha echado en falta nada en su vida, todo lo contrario que el genial ‘wing’ derecho de Brasil y del Botafogo. Sobre la paradoja de este futbolista único escribió mejor que nadie Eduardo Galeano en su inolvidable ‘Fútbol, a sol y sombra’: "Alguno de sus muchos hermanos lo bautizó Garrincha, que es el nombre de un pajarito inútil y feo. Cuando empezó a jugar al futbol, los médicos le hicieron la cruz, diagnosticaron que nunca llegaría a ser un deportista este anormal, este pobre resto del hambre y de la poliomelitis, burro y cojo, con un cerebro infantil, una columna vertebral hecha una S y las dos piernas torcidas para el mismo lado. Nunca hubo un puntero derecho como él".

Ya lo he escrito otras veces: el fútbol es un juego de engaños, de manera que a nadie deberían extrañarle estos equívocos. Todos hemos visto a tipos en apariencia inofensivos provocar unos destrozos tremendos. Ahí tenemos, por ejemplo, a Andrés Iniesta, que es pequeño, blancurrio y tiene cara de ser el primo tímido y calladito de Sancho Panza. Y, sin embargo, el tío es Superman y en Brasil todos los rivales de España le tienen pánico. Conviene, por tanto, no fiarse de las apariencias. Porque el fútbol es una virtud mágica, un don celestial que puede materializarse en cualquier cuerpo, algo que en otros deportes resulta imposible. Por mucha afición que uno tenga y mucho empeño que le ponga, un esmirriado nunca podrá jugar en los ‘All Blacks’ ni en los Lakers.

En el fútbol, en cambio, eso no sólo es posible sino que sucede con frecuencia. Y que suceda es, precisamente, una de las cosas que más me gustan de este juego. Cada aficionado tiene sus gustos y debilidades. Los hay que se entusiasman con la potencia en carrera de superatletas como Cristiano Ronaldo o Gareth Bale y con sus disparos supersónicos. A veces los periódicos miden su velocidad y la comparan con la de los especialistas en 100 metros o hacen gráficos sobre su capacidad de salto. Los datos suelen ser espectaculares. Entiendo la admiración que despiertan estos ‘mazingers’ , pero yo siempre he preferido a los gigantes pequeños, a los héroes paradójicos.

Descubrí esta debilidad personal cuando tenía diez años y vi jugar a Jimmy Johnstone, la pulga voladora, en aquella tremenda eliminatoria de Copa de Europa entre el Celtic y el Atlético de Madrid. De inmediato, el escocés se convirtió en uno de mis ídolos. Con el tiempo conocí su historia y le admiré más. Fui uno de los millones de aficionados que lo sintió de verdad cuando el mítico extremo derecha del Celtic murió en 2006, a los 61 años, víctima de una terrible enfermedad degenerativa neumorotora. De Johnstone me han quedado dos recuerdos imborrables. El primero son las brutales entradas que recibió en aquella eliminatoria contra el Atlético. Los defensas colchoneros se ensañaron con él y el escocés, que medía 1,57 y apenas llegaba a los 60 kilos, se pasó medio partido por los aires y dando volatines y espasmos cuando caía sobre el césped. Nunca habíamos visto una cosa parecida. Nos impresionó tanto que, al día siguiente, ya estábamos jugando a imitarle en nuestros partidos interminables y cada vez que sentíamos el más mínimo contacto de un rival nos revolcábamos sobre la hierba entre gritos desgarradores como si acabara de cazarnos ‘Panadero’ Díaz.

El segundo recuerdo es la magnífica historia del primer encuentro entre Jimmy Johnstone y su descubridor, el gran Jock Stein. Corría el mes de marzo de 1965. El técnico escocés, que había vuelto al banquillo del Celtic, se presentó por sorpresa en un partido que el equipo de reservas jugaba contra el Hibernians. Durante el descanso, Stein bajó al vestuario. Su presencia imponía. Era fuerte, grande, cabezón, lo más parecido que había en el fútbol a Victor McLaglen, el mejor de los sargentos irlandeses de John Ford. Los chavales le miraron asustados. Uno de ellos, "un extremo pulgoso de pelo rojizo que no levantaba dos palmos del suelo", como lo describió José Sámano, sintió un escalofrío al verle. Producto del escalofrío tuvo un apretón de tripas y tuvo que salir corriendo en dirección a la letrina. Para su sorpresa, Stein se fue tras él. Mientras Jimmy hacía sus necesidades, una voz marcial sonó al otro lado de la puerta.

–"¿Se puede saber qué hace usted con los reservas?".

No hay constancia de que hubiera respuesta a la pregunta. Los más probable es que Jimmy siguiera callado, puede que rezando para que Dios se lo llevara en ese mismo instante.

Stein volvió a la carga.

–"A partir de mañana haga sus necesidades en el cuarto de baño del primer equipo y demuéstreme qué otras cosas sabe hacer".

Johnstone le demostró tantas cosas –marcó 129 goles en 515 partidos con el Celtic y ganó el campeonato de Europa en 1967– que Stein siempre defendió que era mejor que Stanley Matthews; por cierto, otro genio del regate y del engaño que tampoco parecía un gigante pero lo era.

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