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BILBAO AL FONDO

Donde te quepa

En términos generales hay que tener mucho cuidado con los regalos repentinos, efectistas y no solicitados

07.06.13 - 00:04 -
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Durante un tiempo, me gané la vida con los concursos literarios. Fue una época particular. Coincidía que yo era joven y que las concejalías de Cultura eran inconscientes. Ellas sí que vivían por encima de sus posibilidades. No había ayuntamiento que no tuviese sus certámenes generosamente financiados. Y allí iba yo, en fin, con mis relatos sorpresivos, mis poemas sentimentales, mis ensayos llenos de agudeza y confusión.

No me fue mal. Sobre todo, teniendo en cuenta que concursaba movido por un único afán artístico: el dinero. Y, bueno, gané aquí y allá, de un modo modesto, discontinuo y constante. Recuerdo las llamadas a deshoras: aquellos secretarios del jurado tratando de imponerse al característico fragor de las cenas deliberativas. Y recuerdo los viajes complicados, los hoteles de paso, las entregas de premios... Fue una época particular, ya digo. También disparatada. En Archidona me metieron en la plaza mayor subido a un coche de caballos. La gente aplaudía. La banda tocaba. Las reinas de las fiestas reinaban. Como había insistido con el vino dulce, fue bajar del coche y pedirle a gritos al alcalde que me echase un toro.

En aquellas entregas, además del cheque, solían darte algún obsequio. Siempre ocurría al final del acto, entre la sorpresa y la traición. Te descuidabas y llegaba el trofeo, la placa, el souvenir, incluso el pequeño monolito. Eran objetos invariablemente atroces, inexplicables. Respondían todos a una estética aparatosa, colorista y delirante. "También podía esta gente regalarme un salchichón", tendía yo a pensar mientras agarraba el chisme sin dejar de estrechar manos y agradecerlo todo mucho.

Si había en el pueblo un pintor local, podía ser peor. Podían regalarte un cuadro. Me ocurrió una vez. Y me recuerdo mirando el cuadro y mirando después mi cheque, dudando de si no debería donar aquel dinero a los científicos para que averiguasen qué le pasaba al pintor local en la cabeza, o para que le aplicasen la eutanasia, en su defecto, porque lo que estaba claro es que no podía permitirse que aquel hombre siguiese sufriendo de la manera que mostraban sus pinturas abstractas o lo que fueran. Y yo tenía de pronto uno de aquellos lo que fuera.

Aunque, en realidad, mi propiedad sobre aquella clase de obsequios era efímera. Terminé convirtiéndome en un experto en librarme de ellos. Lo confieso. Yo he llenado España de placas, bandejas, trofeos, monolitos y cuadros de gran formato. A veces le regalaba la pieza a un camarero, a veces la descuidaba en un tren, a veces la desintegraba, a veces la arrojaba directamente a un río. Lo hacía siempre tras arrancar plaquitas y borrar pruebas, actuando lejos del área de influencia de quienes me habían premiado. Se trataba de aligerar el equipaje y de mantener la cordura estética, no de ofender a alguna corporación democrática y desorientada.

El caso es que yo pensaba que esa habilidad mía para librarme de regalos inverosímiles no volvería a servirme de nada. Hasta hoy. Sabrán que la gente de El Sol le ha regalado a la ciudad el elefante Clemente, ese bicho hecho con florecitas de cuatro o cinco metros de alto que han usado durante su festival publicitario. Está en el Euskalduna, Clemente. Dicen que homenajea a Puppy, el perro del Guggenheim. Y dicen que ha gustado mucho a "ciudadanos y turistas". Por eso nos lo regalan. Resumiendo: nos han colado el elefante. Y ahora habrá que ocuparse de eso. Porque es un elefante hecho con florecitas de cuatro o cinco metros de alto. Y ya tenemos un perro hecho con florecitas de trece metros de alto. No actuar sería abrir la puerta a que nos regalen mañana un guacamayo hecho con florecitas de noventa metros de alto.

Como puedo entender que el Ayuntamiento esté ahora mismo superado por los acontecimientos y que no cuente con expertos en la materia, voy a ser directo. Aquí estoy yo. El exterminador de regalos estéticamente contraproducentes. Necesitaré un destornillador, tijeras de podar, bolsas de basura, cerveza y que se haga de noche. Señores del Ayuntamiento, hagan solo una señal. Y Clemente aparece descuartizado en Archidona. Como si nada.

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