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Danza en los banquillos

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Danza en los banquillos

No deja de ser curioso cómo, a la hora de buscar un nuevo técnico, muchos dirigentes son capaces de optar por un tipo de entrenador y por su contrario

25.05.13 - 11:38 -
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Uno de los momentos que más curiosos me resultan en el mundo del fútbol es cuando en un club comienza lo que se ha dado en llamar un ‘baile de entrenadores’. Ya saben a qué tipo de danza me refiero. Un banquillo queda libre y empiezan a sonar nombres de técnicos. Muchos nombres. De ello se encargan sus representantes, algunos periodistas obsequiosos e incluso ellos mismos dejándose ver, así como quien no quiere la cosa, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y su prima vive en Murcia, en estadios donde el entrenador va camino de la guillotina o ya ha sido ajusticiado. (Bien es verdad que esta última táctica ya se utiliza cada vez menos porque el que la lleva a la práctica corre el riesgo de ser detectado y recriminado por su buitreo).

Lo que siempre me resulta curioso de este baile es lo tremendamente heterogéneo que suele ser el elenco de los participantes. A poco que uno aproxime la mirada, descubre que, en la pista de aspirantes, hay entrenadores de todo tipo: ofensivos y conservadores, valientes y amarrateguis, locuaces y silenciosos, aficionados al contragolpe o amantes apasionados de las posesiones largas, partidarios del fútbol directo o defensores del tiquitaca, tranquilos o sulfúricos... Tanta variedad, por supuesto, acaba produciendo confusión entre los aficionados, que echan de menos un mínimo de criterio por parte de los dirigentes. ¿O puede servir lo mismo un dandy que el aberroncho? Cómo será la cosa que una vez, en un club de cuyo nombre no quiero acordarme, llegaron a disputarse el puesto Javier Clemente y Juanma Lillo, que se parecen lo mismo que un tango y el ‘kasachok’.

Aparte de confusión, esta ausencia de un criterio claro también produce temor. Porque si a uno le vale un tipo de entrenador y también su contrario lo más lógico es pensar que no tiene ni idea de lo que quiere. Que es, justamente, lo que sucede en muchos casos. Ahí tenemos, por ejemplo, al Real Madrid, que en lo que lleva de siglo XXI ha visto pasar por su banquillo a ocho técnicos, cada uno de su padre y de su madre. Ahora parece que va a llegar otro, Carlo Ancelotti, una vieja aspiración de Florentino Pérez, que en lo que se refiere a entrenadores tiene un lío tremendo. Al menos, esa impresión da el hombre. Hubo un tiempo en que los soportaba a regañadientes, como un mal inevitable del fútbol. Pues bien, de ese desprecio pasó a contratar al entrenador más endiosado de la Vía Láctea y a entregarle hasta las llaves del Bernabéu, un tránsito absurdo por lo radical, como pasar de abstemio estricto a perfecto sumiller. Algo parecido.

Por otro lado, Florentino destituyó de la mala manera –según explicó en su día, lo hizo porque era "muy tradicional" y él buscaba alguien "más moderno y tecnificado"– al técnico que más títulos y mejor imagen dio al Real Madrid, Vicente del Bosque. Desde entonces, no ha dado pie con bola. Su última apuesta ha sido su gran fracaso. Mourinho ha ganado muy poco, ha dejado la imagen del Madrid hecha fosfatina y ha provocado tanta devastación a su alrededor que el club se ha declarado a sí mismo zona catastrófica. En este sentido, no es extraño que el Madrid haya decidido contratar ahora a Ancelotti, un hombre sereno y conciliador de quien Paolo Maldini siempre recuerda los magníficos chistes que contaba en el vestuario del Milan antes de los grandes partidos. Se podría decir que el italiano es el reverso de Mourinho y, bien mirado, una especie de Del Bosque con más pelo, más idiomas y hasta unas gotas de glamour pese a su origen campesino.

Me temo que el problema de Florentino Pérez es que no sabe qué tipo de entrenador quiere. Bueno sí, sí lo sabe. Como aseguró con mucha rotundidad un joven periodista madrileño en una encuesta, el presidente del Real Madrid quiere "un entrenador que gane". A falta de que aparezca el primer presidente de club que busque un entrenador que pierda, me temo que el deseo de Florentino lo comparten todos sus colegas. De modo que se hace necesario dar un paso más allá de esa querencia obvia e infantil. Hay que hacerse mayor y elegir, oiga. Hay que saber qué va hacer ese técnico para ganar, qué armas va a usar y cómo las va a emplear. Y es aquí donde Florentino, y tantos como él, dudan y dudan. Es lógico, por tanto, que los bailes de entrenadores sean tan concurridos y que, en los mercadillos del fútbol, tengan tanto éxito los entrenadores que se califican a sí mismos como ganadores, responden con vaguedades cuando se les pregunta cuál es su estilo y se jactan de garantizar buenos resultados. No sé por qué, por qué extraño reflejo mental, pero cada vez que les oigo, a los ganadores digo, me viene de forma automática a la cabeza una escena en la que el pato Lucas exige al cerdito Porky que le muestre de inmediato un permiso en regla para vender tónico capilar a las águilas calvas de Omaha, Nebraska. Y éste lo tiene en el bolsillo, claro.

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