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Dos momentos inolvidables

Las victorias del Wigan y el Watford nos hacen celebrar la grandeza del fútbol, un juego único por su carácter impredecible

18.05.13 - 11:50 -
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Una de las pocas cosas en la que todos los aficionados al fútbol estamos de acuerdo es en que lo que hace único a este juego es su caracter impredecible, volátil y caprichoso, ‘móbile qual piuma al vento’. Pocos deportes hay en los que el destino se encuentre tantas veces en manos del azar y la sorpresa, incluso lo imposible, tenga tantas opciones de producirse. Hace unas semanas, cuando el Borussia de Dortmund dio la vuelta a la eliminatoria ante el Málaga con dos goles en el descuento, uno de ellos en clarísimo fuera de juego, nuestra reacción no se limitó a enfadarnos por la inutilidad del árbitro y de sus demoledores asistentes. También celebramos la grandeza del fútbol, su emoción esencial.

En los últimos días hemos asistido a dos momentos inolvidables, ambos en Inglaterra, de la que Borges, como es sabido, tenía muy buenas opiniones salvo en lo referido al fútbol. "Qué raro que nunca se le haya echado en cara a Inglaterra haber llenado el mundo de juegos estúpidos, deportes puramente físicos como el fútbol. El fútbol es uno de los mayores crímenes de Inglaterra", dijo una vez el argentino. Los aficionados a este crimen, como decía, lo hemos pasado muy bien últimamente con dos experiencias inglesas. La primera de ellas tuvo lugar en la final de la FA Cup que enfrentó en Wembley al Manchester City y al Wigan Athletic. Era un partido desigual entre dos rivales antagónicos, un gigante forrado de libras esterlinas que en los últimos cinco años se ha gastado 1.000 millones de euros en fichajes, y un pequeño club sin historia condenado a luchar cada año hasta el último aliento para sobrevivir en la Premier. (Poco después de esa final, de hecho, el Wigan de Roberto Martínez consumaría su descenso a la Championship).

No hace falta decir que el City barría en las apuestas. Era mucho mejor equipo y estaba obligado a levantar el título para maquillar una temporada decepcionante. El equipo de Mancini, sin embargo, volvió a defraudar. El Wigan, por el contrario, jugó con la entereza de quien sabe que se encuentra ante una oportunidad irrepetible. El partido se fue consumiendo con oportunidades en ambas porterías, la más claras una de McManaman y otra Tévez. La prórroga parecía inevitable y los hinchas del Wigan llegaban a ella con las esperanzas redobladas tras la expulsión de Zabaleta. En el minuto 91, el equipo de Roberto Martínez se encontró con un córner a su favor. Su hinchada estaba detrás de esa portería y rugió como solo los británicos rugen en un saque de esquina. Ben Watson subió al remate. Acababa de salir al campo diez minutos antes y, probablemente, era el hombre más feliz del mundo ante el hecho de poder estar allí, sobre el césped mágico de Wembley, de haber podido llegar a tiempo a esa cita después de seis meses de lesión. Voló el balón desde la esquina y Watson fue a por él. Ningún defensa del Manchester City lo detectó pese a que se había colocado en el centro mismo de su radar, en una magnífica posición para el remate. Ese grave error les costó la FA Cup. Con un cabezazo cruzado, Watson marcó el gol de la victoria, el gol de su vida. Como dijo Roberto Martínez al final del partido, qué bonita película se podría hacer con un guión así.

El segundo momento inolvidable tuvo lugar en Vicarage Ropad, el campo del Watford. Las imágenes de lo sucedido han dado la vuelta al mundo y no es de extrañar. El boca a boca entre los aficionados era inevitable. Recapitulemos. Semifinales del torneo de acceso a la Premier. Minuto 96, dos por encima del descuento fijado por el árbitro. El jugador del Leicester Anthony Knockaert se dispone a lanzar un penalti. El marcador es de 2-1 a favor del Watford, que se da por eliminado ya que en la ida había perdido por 1-0. Muchos aficionados, de hecho, empiezan a abandonar el campo. Almunia detiene el disparo de Knockaert y también su rechace. Un defensa despeja y el Watford sale al contragolpe. Aquello es una estampida de bisontes. El árbitro deja terminar la jugada, que concluye con un derechazo de Troy Deeney desde el punto de penalti ante el que nada puede hacer Kasper Schmeichel, el hijo del legendario Peter Schmeichel. El Watford se clasifica. Gianfranco Zola se vuelve loco en la celebración. Corre y se cae al suelo. El delirio en las gradas es total y los hinchas invaden el campo. Desolado, Knockaert mira al vacío con extrañeza, como si no acabara de creerse lo que ha sucedido, lo mismo que su entrenador, Nigel Pearson. En su cabina de Sky Sport, Johnny Philips, coje aire tras haber relatado lo increíble. Apostaría a que incluso Borges se hubiera emocionado un poco.

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