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Córdoba, de puertas adentro

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Córdoba, de puertas adentro

La ciudad de los califas celebra a partir del miércoles y durante doce días la Fiesta de los Patios, declarada por la Unesco Patrimonio de la Humanidad

03.05.13 - 19:30 -
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Córdoba, de puertas adentro

Confieso que la primera exclamación de asombro no la produjo la mezquita, ni el laberinto de calles encaladas salpicadas de patios refrescantes que exhalan aroma a azahar y a limonero. Tampoco los enrejados que custodian vírgenes entre faroles, ni los baños públicos que traen a la memoria esa megalópoli que, dicen, concentró en la Alta Edad Media a un millón de personas, auténtico faro mulsulmán en el Occidente europeo. A mí, lo que me dejó boquiabierto, y perdonen lo pedestre del argumento, fue la tortilla de patatas. Me refiero a la de Casa Santos, situada frente al Patio de los Naranjos, desde cuyo minarete se domina la Judería de Córdoba.

La tortilla, les decía, concitaba la atención de todos los que por allí pasaban, incluidos los yanquis que buscan en cada esquina a un Cid con cara de Charlton Heston. Atentos: 30 huevos y cinco kilos de patatas obraban el milagro, un taco descomunal al que el camarero le sacaba con matemática precisión 24 ‘cuñitas’. Es cierto que en el norte se estila más jugosa, que la cebolla le da un ‘bizi bizi’ especial. Pero a mí, tanto o más que su aspecto, me llamó la atención que la recomendara Berasategi (así, al menos, lo acreditaba un cartel, rodeado de botellas de jerez y ‘pale cream’ y grabados taurinos). Pensé ‘algo tendrá el agua cuando la bendicen’. Y probé. Y me gustó, bien empapada en fino –todo hay que decirlo–, mientras el de la barra se lanzaba a perorar sobre las virtudes de la aceituna hojiblanca, de la arbequina, poniendo de manifiesto que España, más allá de cualquier división autonómica, se divide en tres regiones que están fuera de toda duda: «los que guisan, los que asan y los que fríen». Amén.

Córdoba, de puertas adentro

Armado de razones y recuperadas las fuerzas, uno se lanza entonces a descubrir Córdoba, la incomparable capital del Califato Omeya, una de las ciudades más atractivas que ofrece España. Y empieza por la mezquita. Construido sobre una antigua iglesia visigótica, la Aljama es obra de Abderramán I, aquel personaje surgido de las arenas de Siria que fue príncipe y mendigo, proscrito y califa, y que levantó un estado independiente contra el que se estrellaron los cristianos a lo largo de tres siglos. La mezquita sumó sucesivas ampliaciones, la última con Almanzor –es la tercera más grande del mundo, después de La Meca y Casablanca– y su interior es como un joyero de belleza incomparable. 850 columnas sostienen 365 arcos de herradura y medio punto que alumbran un juego de perspectivas bicolor sin parangón, en cuyo corazón los cristianos encajaron una catedral que, pese a todos sus méritos, no puede evitar sembrar el desconcierto entre quienes la visitan. Más aún después de haber paseado por los jardines de naranjos, palmeras, olivos y eucaliptos, el agua derramándose en la fuente de las abluciones, a la sombra del minarete. O de llegarse hasta el ‘mihrab’, el nicho tradicionalmente orientado a La Meca (no así en este caso) visible desde toda la sala de oración y construido en mármol, estuco y pan de oro; la caligrafía opulenta, flanqueada por fustes de columnas y capiteles rescatadas de tiempos pretéritos.

Córdoba, de puertas adentro

De nuevo en la calle, se impone un poco de orden, aunque solo sea porque la ciudad apabulla y el que mucho abarca, poco aprieta. Lo más probable es que hayamos entrado por la Torre de la Calahorra, asomada al Guadalquivir y al puente de San Rafael que lo cruza. Es allí, a los pies del arco de triunfo levantado en tiempos de Felipe II, donde comienza la visita propiamente dicha, aunque corramos el riesgo de pasar de largo el alcázar de los reyes cristianos, cuyas murallas encierran un tesoro de fuentes y jardines. Córdoba celebra a partir del próximo miércoles y hasta el domingo 19 de mayo la Fiesta de los Patios, declarada por la Unesco Patrimonio de la Humanidad en 2012 –en 1984 lo fue la mezquita, y diez años más tarde la Judería–, una ocasión excepcional para conocer una ciudad anclada en el pasado, pero que no agota la capacidad de reinventarse. Los patios son una de las señas de identidad del casco antiguo, con sus paredes encaladas y el cuidado constante de los maceteros, en tonos azules y verdes, a reventar de geranios, gitanillas y claveles, un ecosistema que sube por las paredes –reflejan la luz del sol– alimentado con sistemas de riego de fantasía. El resultado es un escenario que se caracteriza por su frescura, algo que es de agradecer sobre todo cuando uno visita la ciudad en julio o en agosto, el termómetro marca 45º a la sombra y el aire se mastica. Un espectáculo para los sentidos que los viajeros podrán disfrutar desde el día 8 y que solo requerirá de reserva los dos fines de semana (viernes, sábado y domingo) en la dirección www.entradaspatioscordoba.com.

Pero los reclamos no acaban aquí. El dédalo de calles es una tentación difícil de resistir. Como Céspedes, que arranca de la Virgen de los Faroles, en el muro norte de la mezquita. O Deanes, entre tiendas de souvenirs y tasquitas como Casa Pepe, el único que conserva la ‘ventana indiscreta’ por donde se servía a las damas de una sociedad que no toleraba su presencia en garitos; esos lugares turbios, de luz macilenta, donde todas las mujeres eran morenas y salían en los cuadros de Julio Romero de Torres. O la calleja del Pañuelo, angosta donde las haya. De ahí su nombre: tiene el ancho de un pañuelo de caballero –«pero de los de antes –precisa la gente del lugar–, no lo que se estila ahora, que parecen kleenex»–, rodeada de paredes encaladas donde asoman geranios.

Uno salta de plaza en plaza; aquí una terraza, allí una balconada, por todas partes talleres artesanales de cuero repujado, de orfebrería, de cerámica moruna. Y de pronto el duende, ese gitano que rasgueauna guitarra al inicio de una calle desde la que el fotógrafo tiene un tiro directo al minarete. El callejero es una sucesión ininterrumpida de nombres evocadores: Encarnación, Rey Heredia, Horno del Cristo... Sorprende que Cardenal González aglutinara antaño la mayoría de los prostíbulos, y donde han abierto un sinfín de tabernas de tapeo –glorioso el salmorejo, el lomo en caña, los boquerones– y hostales. Allí aguardan también, agazapados, los baños árabes, con sus salas de agua salada, o el hamman –de vapores con esencia de eucalipto–, los masajes con aceite de argán. Y qué decir de las teterías, donde uno se arrebuja entre cojines y fuma una pipa de agua.

Córdoba, de puertas adentro

Es aquí donde es más reconocible esa Córdoba ejemplo de convivencia entre cristianos, musulmanes y judíos. Cuna de médicos, científicos y filósofos, como el estoico Séneca, el árabe Averroes o el judío Maimónides, cuya estatua la gente soba hasta dejar al descubierto el dorado de sus babuchas, un ritual de buena fortuna (¿acaso no se tiran monedas en la Fontana de Trevi?). Por no hablar de sus escritores, desde Luis de Góngora hasta Antonio Gala –mecenas de jóvenes artistas a los que da refugio en su casa de la Judería–, pasando por Lucano o el Duque de Rivas. Se tiene que notar que fue sede la Biblioteca más grande de la Antigüedad, después de la de Alejandría (dicen las crónicas que sus estanterías atesoraban 400.000 volúmenes).

Las recomendaciones podrían llenar un libro. ¿Cómo pasar por alto ‘La lechuguita’, cerca del alcázar y famoso por sus cogollos de Tudela? O El Churrasco, donde compiten los mejores ibéricos sobre un decorado de inmaculados manteles y visillos, entre árboles genealógicos y grabados taurinos. De Lagartijo, de Guerrita, de Machaquito, de Manolete... hasta de Manuel Benítez. Los Cinco Califas, que uno acaba conociendo en lugares como éste porque el Museo de la Tauromaquia –el único de España localizado fuera de un coso – está en obras desde 2008. «Y la cosa va para largo», advierten desde la Oficina de Turismo. Claro que buscarlo tiene sus alicientes, como ese zoco de la calle Tomás Conde, el antiguo mercado judío, donde los artesanos de hoy cogen el testigo de los de ayer y recrean la perfección. Como esos alfareros que despachan ánforas y platos lacados en vivos colores verde y azul, testigos de un pasado andalusí que es santo y seña de Córdoba. Por los siglos de los siglos.

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