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Fírmame, campeón

Sebastian Vettel se negó a firmar autógrafos en el mercado de la Ribera para evitar desórdenes. Quién lo hubiera sabido

03.05.13 - 10:10 -
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Vino Vettel, se habrán enterado. Compró jamón en el mercado de la Ribera, visitó San Mamés. «Estoy haciendo un poco de turismo por el norte de España», parece que escribió en Twitter. No se sabe si fue en Bilbao o en San Sebastián donde llegó a la siguiente conclusión: «España es probablemente uno de los países más bellos de Europa». Ya lo ven: 140 caracteres y Vettel no dejó de escribir ‘España’. Menos mal que no se cruzó en Bilbao con Tasio Erkizia, nuestro Bernie Ecclestone del Conflicto. Pero a Vettel no hay que tenerle en cuenta el desconocimiento de los traumas locales. Tampoco la hipérbole paisajística. El hombre se pasa la vida dentro de un coche, dando vueltas a los mismos circuitos. Normal que cuando tenga vacaciones le guste mucho todo.

Ahora que lo pienso, quizá haya que explicar quién es Vettel. Bueno, es un alemán que conduce como un loco. Triunfador, rubio, simpático. A mí me recuerda un poco a Kiefer Sutherland. Solo que a un Kiefer Sutherland feliz. Digamos que a un Kiefer Sutherland al que todavía no le ha secuestrado la familia un terrorista loco. Vettel sería como un Kiefer Sutherland que aún creyese en cosas como afeitarse, echar la ropa a lavar y no exterminar viandantes con atormentados golpes de kung-fu.

Pero no nos distraigamos. La charcutera que atendió a Vettel en la Ribera lo definió como «un guiri majetón». Así funciona esta ciudad que va de seria, pero es en realidad dramáticamente campechana. Tú eres tricampeón mundial de Fórmula Uno y vas a pagar el jamón con dos billetazos de cien euros, pero como no sabes pronunciar ‘Jabugo’ en la charcutería apenas pueden contener la risa. Qué majetón, el guiri. Y menos mal que Vettel no fue a una pescadería. Las pescaderías son incluso peores.

En la Ribera parece que Vettel se sobrepuso a lo del jamón evitando firmar autógrafos. Para que no se organizasen tumultos, explicó. Qué listo. Debió de detectar las risitas en la charcutería y se dijo achtung, mucho achtung aquí, Sebastian. Hizo bien. Lo de los autógrafos es peligrosísimo. Lo sé por experiencia. Hoy quiero confesarme. A mí una vez me pidieron un autógrafo. En Bilbao. Y fue muy doloroso, casi como entrar en una pescadería llena de amas de casa sarcásticas sin saber distinguir un begiaundi de una mojarra.

El caso es que aquella vez me tocaba presentar la novela de una autora famosa. Sobre la Guerra Civil, claro. Y al entrar en la librería se me acercó un individuo nervioso, extraño, bajito. «¿Tú eres este?», me preguntó señalando mi nombre en la invitación. Era una manera rara de acercarse, pero como me pidió al instante un autógrafo a mí el individuo me pareció muy inteligente, y hasta guapo.

Al coger la libreta, noté que se hacía una especie de corro a mi alrededor. Y que me iluminaba un repentino foco de prestigio. Molaba todo mucho. Y me puse a escribir. Tal vez demasiado. Previendo que no firmaba otro autógrafo en mi vida, yo a aquel hombre le hice la primera dedicatoria total de la historia. Qué sé yo, cinco mil palabras. Hasta tenía subtramas mi dedicatoria. Y personajes que resucitaban. Y un fuerte enraizamiento con la historia del siglo XX europeo.

Cuando le devolví la libreta, el individuo, mi admirador, parecía molesto. «Es la exposición a mi persona», pensé. «Debo de imponerle mucho». Así que le ofrecí mi mano y le lancé una mirada significativa. Mi mirada, concretamente, significaba: «Sé cuánto me admiras, pero tranquilo: soy como tú, mucho más brillante, claro, pero como tú, en el fondo soy como vosotros, mi público, mi gente, os lo debo todo y os quiero, nunca olvidaré de donde vengo».

El tipo no me dio la mano. Tampoco las gracias. Se limitó a girarse y a decirle a sus acompañantes, a un volumen que yo estimé del todo excesivo: «¡A veces también les pido a desconocidos por si acaso!». Era, por lo visto, un caza-autógrafos de primer nivel. Atesoraba miles de firmas y hasta salía de vez en cuando en la tele. El famoso era él. Qué bien hizo Vettel en andarse con ojo con lo de los autógrafos en esta ciudad. Tengan cuidado con eso. Porque yo tardé en recuperarme. Pasaban los días, me preguntaban los amigos qué tal, y apenas podía responderles: «Pues tú dirás. Fatal. Desmitificado, tío. Estoy muy desmitificado».

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