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La pasión del abuelo Kidd

LÍNEA DE PASE

La pasión del abuelo Kidd

Sin ya nada que demostrar, don Jason reivindica la madurez cuando la NBA se adentra en la selva del ‘play off’

24.04.13 - 12:28 -
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Cada cual lleva a cuestas su cruz en esta vida. Lo confieso, soy de los Knicks, y no me mueve a ello la franquicia en sí misma. La adhesión es un modo de mostrar mi afecto a Nueva York a través del baloncesto, siempre una buena excusa. Durante demasiados años, una década tal vez, los seguidores del club representativo de la Gran Manzana asistíamos impotentes, incrédulos y dolidos a su degeneración en fruta podrida. La acumulación de desmanes en forma de fichajes erróneos y caros para el banquillo y la cancha o la falta de una senda clara que condujera a algún sitio nos tenía mordida la moral. Por fin alguien acude al rescate para devolvernos a la tierra prometida. Carmelo Anthony es nuestro profeta, el jugador más importante del equipo desde Pat Ewing, el dueño de suspensiones celestiales.

Sin él no andaríamos ahora inflando el pecho que llevábamos hundido en la espalda. No habríamos firmado el mejor balance de triunfos-derrotas en la fase regular (54-28) ni suspiraríamos de alivio tras la segunda victoria en el temible cruce con los siempre orgullosos y admirables Celtics. Es evidente. Pero quiero tributar un homenaje a don Jason Kidd, el abuelo de la NBA que a sus cuarenta tacos se revolcó por el suelo en la apertura de la serie para ganar un encuentro que hasta ese momento favorecía a Boston. El base-escolta con más espolones que un gallo altivo refrendó la teoría que viene resultando práctica cuando la Liga norteamericana encara los túneles hacia el título: en el momento de la verdad los veteranos al salón, a rematar el esfuerzo de sus compañeros jóvenes durante cinco meses y medio.

Es tiempo de ‘play off’, de rotaciones cortas, de encuentros largos y duros, de nervios sometidos a pruebas extremas, de tipos expertos y listos, de conocedores del juego que añaden pasión a un oficio bien aprendido. Exactamente lo que aplicó Kidd en la pista legendaria del Madison Square Garden, templo de vanidades y acontecimientos legendarios. Por la ausencia de Prigioni en ese duelo inaugural y la tendencia de Mike Woodson a alinear dos bases juntos, Jason jugó nada menos que 35 minutos. Importan bastante menos sus ocho puntos, cinco rebotes y tres asistencias que su enorme ascendencia sobre el partido y el desenlace. Me quedo con dos rebotes ofensivos en el último cuarto que insuflaron aire a un conjunto ahogado, sendas apariciones desde la nada junto a la línea de fondo. Y recuerdo los robos de pillo curtido, especialidad de la casa por su espléndida afición a tapar las líneas de pase.

Kidd ha ganado mucho dinero, es uno de los mejores directores de la historia del baloncesto. Tengo para mí que solo los magníficos Steve Nash y Magic Johnson le discuten la clarividencia para la conducción de la pelota en campo abieto, al contraataque. Más en el pasado, claro está, cuando las piernas respondían de acuerdo a la edad. Pero los inteligentes demuestran la materia gris por su capacidad de adaptarse a las circunstancias y el cotimonel de los Knicks, que tantos creían acabado, ha evolucionado con el tiempo. A falta de explosiones físicas, al tirador sospechoso durante toda su extensa carrera ya no se le debe flotar.

Quien escribió la autobiografía de Jordan -no veo a dios rebajándose a juntar letras- tituló el volumen ‘Por amor al juego’. (Ya intuyo comentarios ludópatas, pero hablo de baloncesto). Creo firmemente en la pasión de Michael por el deporte, como no albergo duda alguna de que ese sentimiento también invade el alma de Kidd. Este hombre sigue compitiendo por su maridaje con el bendito invento del profesor Naismith y no necesita más reconocimientos que los justamente amasados hasta la fecha. A saber: mejor ‘uno’ durante su trayectoria en el poste bajo, tercer conquistador histórico de triples-dobles (118) solo a rebufo de Oscar Robertson y Magic, muy notable defensor y tipo escrupuloso con el primer mandamiento del base, mejorar el rendimiento de sus compañeros. El baloncesto le debía un anillo y se lo concedió hace dos años en Dallas tras las finales perdidas a los mandos de los Nets. Que viva la gerontocracia. El más listo es un viejo.

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