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Imperios galácticos

Perdidos en el espacio

Imperios galácticos

Abarcan miles de soles y decenas de miles de años luz, y han dado lugar a sagas memorables como ‘Star wars’ y ‘Star trek’, ¿pero son factibles?

03.04.13 - 20:09 -
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Si, al leer el título, ha empezado a escuchar mentalmente los sones de 'La marcha imperial', la melodía de John Williams asociada a Darth Vader, es porque usted vincula la idea de un imperio galáctico a la maléfica estructura de poder que sustituye a la república en la saga de 'Star Wars'. Es algo bastante habitual. Pero los imperios galácticos son muy anteriores a las películas de George Lucas, hunden sus raíces en la edad dorada de la ciencia ficción y no son necesariamente indeseables.

Uno de los primeros imperios galácticos tuvo su capital en Trántor, un mundo-ciudad cuya imagen más próxima sería el Coruscant de 'Star Wars'. Lo creó Isaac Asimov para su serie de novelas de la 'Fundación' (1942-1983), basada originalmente en la 'Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano' (1776-88), de Edward Gibbon. Asimov narra la destrucción de un imperio galáctico a la cual, si nadie lo evita, seguirán 30.000 años de caos hasta que resurja el orden. Un matemático llamado Hari Seldon utilizará la psicohistoria -que combina la historia, la psicología y la estadística para predecir el futuro de grandes colectivos humanos- para acortar ese intermedio bárbaro.

Imperios galácticos

Darth Vader y el emperador Palpatine, al final de 'La venganza de los sith' (2005).

Grandes distancias

El imperio asimoviano, como casi todos los que le sucederán -se llamen federaciones, alianzas o cómo sea-, es de dimensiones galácticas. Y ese, su tamaño, es el principal problema al que se enfrentan. Si pensamos en que la Vía Láctea tiene unos 100.000 años luz de diámetro y que la estrella más cercana a la Tierra está a 4 años luz, convendremos en que hacen falta medios de transporte y de comunicación ultrarrápidos para mantener la cohesión de esas comunidades que abarcan varios -casi siempre, muchos- soles. Bueno, pues ahí nos damos de morros con un límite, el de la velocidad de la luz.

Que un mensaje o un ejército tarden años -a veces, decenas de miles; en el mejor caso, un puñado- en llegar a su destino viajando a 300.000 kilómetros por segundo convierte a las civilizaciones galácticas en un imposible: cualquier rebelión, desastre natural o ataque externo quedará sin respuesta apropiada. Siempre se llegará (muy) tarde. A escala estelar, sucede lo mismo que en la Tierra antes de que se desarrollaran medios de comunicación y transporte como los actuales. Si tardas semanas en llegar o comunicarte con el asentamiento más alejado de la capital de tu imperio, este tiene pies de barro. Y si tardas años, siglos, milenios...

Aunque en el mundo real la velocidad de la luz es infranqueable, en la ficción no tiene por qué. Por eso los aficionados a la ciencia ficción admitimos la existencia de la hipervelocidad, el hiperespacio, la velocidad warp, el teletransporte, los agujeros de gusano... y, en general, cualquier cosa que reduzca a unas horas -en el peor de los casos, días- el ficticio viaje entre dos distantes sistemas estelares. No admitiremos que los protagonistas sean estúpidos -como los de 'Prometheus' cuando se quitan los cascos porque la atmósfera del planeta es respirable sin tener en cuenta posibles microorganismos letales-, pero sí que salven hibernados distancias de años luz y se despierten de ese sueño sufriendo, como mucho, los efectos de una ligera resaca.

Tan humanos como los humanos

"Los imperios galácticos representan la última locura en ciencia ficción. Los imperios galácticos representan una relación promiscua entre la ciencia y el encanto, con un predominio general del encanto. Los imperios galácticos representan lo más espectacular en el campo de la ciencia ficción. Los imperios galácticos han sido condenados a menudo como tales por las personas serias y sensatas. Eso puede deberse menos a los errores intrínsecos del género que al hecho de que las personas serias y sensatas son muy dadas a la condena. Sin embargo, uno puede ser bastante sensible y seguir encontrando placer en leer cosas sobre tipos armados de corazas con hachones, bebiendo en grandes copas y conduciendo caballos de guerra hacia las naves espaciales antes de precipitarse a través del espacio a muchas veces la velocidad de la luz. En otras palabras, estas narraciones pueden ser tomadas en serio. Lo que no se debe hacer es tomarlas literalmente", escribió Brian Aldiss en el prólogo de su selección de cuentos ‘Imperios galácticos’.

Imperios galácticos

El capitán Malcolm Reynolds (Nathan Fillon), con parte de la tripulación de la ‘Serenity’.

Uno puede saber que la velocidad de la luz es el límite y, sin embargo, disfrutar como un enano con las aventuras de Luke Skywalker, Han Solo, la princesa Leia y Darth Vader; con los desafíos a los que se enfrentan las tripulaciones de las naves ‘Enterprise’ y ‘Voyager’, y la estación ‘Espacio Profundo 9’, en el universo de ‘Star trek’; con los problemas de convivencia entre las especies con representación diplomática en la estación ‘Babylon 5’; con las aventuras -a escala de un solo sistema planetario y con regusto a ‘western’, es cierto- del capitán Malcolm Reynolds y la tripulación de la ‘Serenity’; con las conspiraciones dentro de conspiraciones de ‘Dune’, un remedo galáctico del imperio islámico en el que las grandes distancias se salvan gracias a una sustancia que permite a los navegantes plegar el espacio; con el universo de la serie de La Cultura, del novelista escocés Iain Banks…¡Y cuánta envidia dan los multimillonarios de ‘Hyperion’, de Dan Simmons, cuyas mansiones tienen cada habitación en un mundo diferente conectadas por puertas de teletransporte!

El aficionado a la ciencia ficción admite no solo que las naves hagan giros imposibles, que haya explosiones en el vacío, que se vean los rayos láser y que los malos siempre tengan una puntería horrorosa, sino también que la mayoría de las criaturas alienígenas sea tan humana como los humanos. En todos los sentidos. La ciencia ficción proporciona el escenario en el que se desarrolla, pero las tramas de la ‘space opera’ son humanas y, muchas veces, están vinculadas a la actualidad de la época. No es casual que el primer beso interracial de la televisión estadounidense se lo dieran en 1968 el capitán Kirk, de la ‘Enterprise’, y Uhura, la oficial de comunicaciones, y que en entregas posteriores de la franquicia se abordaran las relaciones homosexuales. Ni que la tortura sea vista como algo aceptable en ‘Battlestar Galactica’, la actualización post 11-S de la serie de televisión que Lorne Greene -papá ‘Bonanza’- protagonizó en 1978 en la cual una civilización humana sufre el acoso de una robótica, la de los cylones.

Imperios galácticos

El histórico beso entre el capitán James T. Kirk (William Shatner) y la oficial de comunicaciones Uhura (Nichelle Nichols), en 'Star trek' en 1968.

‘Space opera’

‘Star wars’, ‘Star trek’ y las demás obras que giran en torno a imperios o federaciones interestelares se enmarcan dentro del subgénero de la ‘space opera’, que se caracteriza por trasladar al espacio las clásicas tramas aventureras y bélicas. Se atribuye su paternidad a Edward E. Smith, autor estadounidense que en 1928 publicó en forma de serial en una revista del género la novela ‘The Skylark of space’, que había escrito entre 1915 y 1921. Narra las aventuras de un científico, Dick Seaton, que construye una nave espacial y, acompañado de una mujer, se enfrenta al supervillano de turno mientras viaja por el espacio. Frederick Pohl, autor de ‘Pórtico’, considera que Smith es, junto a H.G. Wells y Julio Verne, uno de los autores más imitados y que más han influido en la la literatura de ciencia ficción.

Lo que no entienden quienes reniegan de este subgénero de la ciencia ficción por la proliferación de rayos láser y explosiones, pero disfrutan con una película o novela de guerra o del Oeste, es que estamos hablando en todos los casos de lo mismo: de pasarlo bien ante la pantalla o el libro. Vale, todos sabemos que La Fuerza no existe, pero que algo no exista en el mundo real no ha de ser un freno a la ficción. Si no, ¿qué pasaría con 'La Ilíada' y 'La Odisea', por citar dos clásicos?

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