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Una cervecita con Diego Costa

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Una cervecita con Diego Costa

Con los valores que triunfan en el fútbol español, la idea de la LFP de incorporar los ‘terceros tiempos’ al estilo del rugby no tiene sentido

23.03.13 - 11:49 -
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Reconozcámoslo antes que nada: la Liga de Fútbol Profesional (LFP) no es uno de los organismos más valorados y eficientes del país. Difícilmente podría serlo, la verdad, habida cuenta de que se trata, objetivamente, de una de las peores patronales del fútbol europeo en lo que se refiere a captación de recursos, justo reparto de los ingresos, control del gasto de sus asociados, orden y concierto de la competición, y venta exterior de su producto, que no es otro que el fútbol español, el mejor del mundo. Siempre he pensado que la mejor demostración del nivelón de la LFP es que lleve varios años presidiéndola José Luis Astiazarán, cuya labor al frente de la Real Sociedad fue tan brillante que sus sucesores le declararon ‘persona non grata’ y los accionistas del club donostiarra estuvieron a punto de llevarle a los tribunales. (También tiene su gracia, no me digan, que el principal y puede que único candidato a suceder a Astiazarán sea su vicepresidente, Javier Tebas, ese producto tan típicamente español, ese indomable explorador de los diferentes pozos sépticos de nuestro fútbol, sin duda una de las mayores autoridades del mundo a la hora de aprovechar en beneficio propio las calamidades ajenas, en este caso las leyes concursales de los clubes arruinados).

Salvo que uno pertenezca al Real Madrid o al Barcelona, que manejan la LFP como un chiringuito particular con el único objetivo de mantener el actual ‘status quo’ de duopolio, no es fácil decir algo bueno de este organismo. Ahora bien, tampoco podemos ser injustos y pensar que en la patronal del fútbol español han desaparecido por completo las buenas intenciones. Las hay. Claro que sí. Seguro que en el número 10 de la calle Hernández de Tejada hay personas que piensan honradamente en el bien del fútbol, tienen ideas y a veces se las transmiten a sus superiores, que básicamente están para otras cosas pero a veces también tienen que detenerse en cuestiones menores de intendencia, cosmética o decoración. Por ejemplo, en el llamado ‘Acuerdo Nacional para la implantación del juego limpio en el fútbol español’, una iniciativa que se firmó el año pasado y de la que, lo confieso, no tenía ni la más remota idea.

El objetivo de este acuerdo era apoyar la realización de «acciones tendentes a mejorar la relación entre los equipos rivales y a fomentar una convivencia pacífica, desterrando todo tipo de violencia tanto dentro como fuera del campo de juego». Una de estas acciones sería la de incorporar al fútbol los famosos ‘terceros tiempos’ del rugby. El pasado fin de semana, de hecho, se hicieron dos pequeños ensayos al respecto en los encuentros que disputaron el Málaga y Espanyol, y el Córdoba y el Almería. Vi en la televisión a Verdú, Colotto y Sergio García charlando y tomando un refresco con Sergio Sánchez, Eliseu y Willy Caballero. Por ahí andaba también el trío arbitral, encabezado por Del Cerro Grande, y algunos representantes de la LFP. Reconozco que la prueba piloto me dejó frío. Me pareció impostada y artificial, como lo son casi todas las cosas que no surgen de forma natural y espontánea, por deseo de los implicados, sino desde las alturas de los despachos.

Lo mejor del ‘tercer tiempo’ fueron, con diferencia, las palabras del capitán del Espanyol, Joan Verdú. «Estoy convencido de que esta es una cuestión que tiene que comenzar desde la base y que el niño vaya creciendo con unos valores que se mantengan siempre a lo largo de su carrera. Es un tema de educación. Si todas estas ideas se fomentan desde la infancia, luego todo es más fácil», dijo.

Aquí está el problema, claro. En la infancia y en los valores que transmite cada deporte. Si existen los ‘terceros tiempos’ en el rugby y los jugadores, tras haberse machacado durante 80 minutos, se hacen un pasillo para aplaudirse unos a otros antes de abandonar el terreno de juego y luego quedan juntos para tomarse unas cervezas y comentar las incidencias del partido y hablar de la vida no es por casualidad. Es porque el primer mandamiento del rugby es la nobleza. Siempre me ha parecido que una de las imágenes más bonitas del deporte es ver cómo dos jugadores de rugby que han estado chocando entre ellos como bisontes y tienen las cejas abiertas y un ojo a la funerala se dan un abrazo al final del partido y se retiran juntos, caminando solidarios y derrengados como dos heridos de guerra. Hablamos de un deporte de villanos jugado por caballeros, un deporte en el que lo que sucede en el campo se queda en el campo. Pero se queda allí no porque exista una ley mafiosa que obligue a la ‘omertá’, que es lo que desearían los futbolistas más violentos y macarras, que lógicamente son los que más insisten en que todo se olvide cuando el árbitro pita el final del partido para que así sus fechorías queden impunes, sino porque el jugador de rugby, salvo casos muy excepcionales, no duda de la nobleza de su rival.

Me temo que en el fútbol, al menos en el español, triunfan valores contrarios. El que engaña partido tras partido es un listo y no un tramposo. El que agrede a traición y sin que le vea el árbitro es un ejemplo de oficio y veteranía, como lo es el Materazzi de turno que consigue la expulsión de un rival tras sacarle de quicio diciendo que se está follando a su hermana o a su madre. Aquí, sin ir más lejos, a todo el mundo le gustaría tener en su equipo a un jugador como Diego Costa. Lo dicen incluso los propios entrenadores. A partir de ahí, convendría pensar un poco. ¿Qué coño pinta Diego Costa en un tercer tiempo salvo que un rival aproveche la ocasión para preguntarle, entre cerveza y cerveza, si lo suyo es de nacimiento o lo ha aprendido con los años? ¿O qué pinta esa calamidad engominada llamada Muñiz Fernández, capaz de decirle a un jugador que la había cagado ¡por no tirarse!?

No pintan nada, claro que no. Sinceramente, creo deberíamos dejarlo correr. Al menos hasta que el fútbol se merezca los terceros tiempos.

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