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El placer de la X

17.03.13 - 11:25 -
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El placer de la X
Utilizar los números romanos en nuestra época es fundamentalmente evocar tiempos antiguos y misteriosos.

Cuentan que los números romanos andan estos días algo huérfanos. De sopetón han perdido a más que un padre, un santo padre. La alegría por el abrazo ordinal de Francisco I, que continuaba la tradición de Benedicto XVI, Juan Pablo II, Juan Pablo I, Pablo VI, Juan XXIII… apenas duró unas horas. Las que transcurrieron entre Francisco I y Francisco a secas. Un alto en el camino de ese milenario honor que tienen los números romanos de poner apellido al papa de turno. Hay que remontarse 1.100 años atrás para encontrar a otro pontífice sin cifras, el Papa Landón, un italiano de salud delicada que dirigió la Iglesia apenas seis meses, entre los años 913 y 914.

Pero esta es una orfandad temporal. Algún día (quiera el cielo que sea más tarde que pronto) llegará un Francisco II al trono de San Pedro que devolverá el palito al actual Papa Francisco.

Mientras eso ocurre, la humanidad seguirá echando mano de esos números fascinantes que, paradojas de la vida, son en realidad siete letras (I, V, X, L, C, D y M) del antiguo alfabeto romano utilizadas para leer y escribir textos. En un mundo dominado por los números indo-arábigos (1, 2 ,3…), donde los resultados de La Roja, el cupón de los ciegos, la prima de riesgo, los millones de Bárcenas y la cola del paro se miden en esos dígitos, toparse con un XD o un MCM es como saludar a una distinguida dama de frágil y encantadora belleza. Quizá esa atracción inexplicable por los enigmas del pasado nos impulse a seguir recurriendo a ellos para contar siglos, separar los capítulos de los libros, enumerar los Juegos Olímpicos, engrandecer la figura de emperadores, reyes y papas (hasta ahora)… y mucho más. Seguro que la Puerta de Alcalá se dejaría parte de su monumentalidad si en lugar del MDCCLXXVIII grabado en su frontón de piedra apareciera el 1778, más sencillo de leer, pero menos majestuoso y evocador.

Lo mismo ocurre con las horas de los relojes. Sobre este particular hay una historia curiosa relacionada con el número 4 y su 'alter ego' romano, el IV o el IIII, su incorrecto mellizo. Ya se sabe que, como regla general, en la numeración romana se permite a lo sumo tres repeticiones consecutivas del mismo símbolo, por lo que el IIII con el que marcan las horas algunos pelucos de buena cuna genera la duda de su exactitud. Hay varias versiones sobre la presencia del perseguido IIII dando las horas. La más oficial señala que el IV resulta más difícil de leer con la inclinación en la esfera del reloj. La más popular y apócrifa alude a un relojero suizo que entregó un reloj que le había encargado un rey europeo y cometió el gravísimo error de representar el 4 como IIII. El soberano, enfurecido, hizo ejecutar al pobre artesano, y desde ese momento todo su gremio decidió usar el IIII en lugar del IV a modo de protesta y homenaje a su colega.

"Como mapas antiguos"

El cuento del relojero se la trae al pairo a Justin Bieber, Rihanna o Beckham, quienes, sin embargo, y gracias a sus tatuajes han hecho más por la divulgación entre los jóvenes de los números romanos que muchos libros de texto. Igual que Silvester Stallone y Rocky III o George Lucas con los episodios I, II y III de Star Wars. No es el caso, desde luego, del profesor Rafael Ortega, autor del cuento 'El laberinto de los números romanos', en el que enseña de forma sencilla y divertida las reglas y el uso de los números romanos. Basta escuchar lo que este maestro de Educación Primaria dice de ellos para enamorarse del V o caer rendido ante el LXIX. "Utilizar los números romanos en nuestra época es fundamentalmente evocar tiempos antiguos y misteriosos. Es como internarse en la historia a través de un mapa antiguo o descubrir el rastro de un viaje marítimo por los restos de un naufragio. Nos ayuda a ver cómo se las ingeniaban nuestros antepasados". Ortega es de los que piensa que el uso de los números romanos es estético y bello, y los compara con una delicada taza de porcelana china para tomar el té o un viejo reloj de arena sobre la chimenea.

'El laberinto de los números romanos' (editorial Nivola) también pretende que los chavales de 6 a 12 años, a los que va dirigido, reconozcan asignaturas 'hueso', como las matemáticas, como algo lúdico. No obstante, el profesor, que actualmente ejerce en Navalperal de Pinares, un pequeño pueblo de la provincia de Ávila, admite la dificultad de sumar y restar en números romanos, y la locura de intentar multiplicarlos o dividirlos.

El matemático italiano Leonardo Fibonacci (que vivió entre el siglo XII y XIII) tuvo mucha culpa del declive de los números romanos. "Cuando Fibonacci volvió a su Pisa natal desde los países árabes al otro lado del Mediterráneo, trajo consigo los dos grandes enemigos que derrotaron a los números romanos: el sistema posicional de los números arábigos y el cero. Con ellos se podían realizar divisiones enormes por cuyo conocimiento familias acaudaladas de la época cruzaban media Europa e invertían todos sus ahorros", detalla Ortega, que tiene publicados otros ocho libros de Literatura infantil y juvenil, todos en la editorial Nivola.

Otro que también se ha aventurado a escribir de los números romanos es Linton Weeks, ex director de la web del Washington Post, y autor del artículo 'V razones para amar los números romanos', en el que contempla a los protagonistas de este reportaje como algo "antiguo y atemporal, como si llevaran los secretos de una época más simple, cuando los números eran más pequeños".

Acabemos como hemos empezado. Con papas. Quizás el dimitido Ratzinger se encuentre uno de estos días con Bergoglio paseando por los jardines del Vaticano y le convenza de las ventajas de los números romanos. "Sin ellos, yo sería Benedicto 16, que parece más bien un correo electrónico". El mío de gmail, por si les interesa, joseguerreroMCCCLXXXIV. Lo pillan, ¿no?

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