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Y el Barça volvió a correr

DESMARQUES

Y el Barça volvió a correr

El equipo culé solo ha necesitado recuperar la humildad primordial que hizo grandioso su fútbol para superar la supuesta grave crisis que sufría

16.03.13 - 11:25 -
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Viendo jugar el martes al Barça pensé en el ridículo inevitable al que nos aboca muchas veces a los periodistas la que parece ser, en estos tiempos, una de las grandes obligaciones de nuestro oficio. Me refiero a la de sacar conclusiones con inmediatez y rotundidad, la de dictar sentencias a botepronto, sin dejar que el balón se pose en el suelo, al estilo de los tertulianos que más triunfan. Por lo visto, estamos obligados a expresarnos con mucho énfasis y sin ningún género de dudas, a ser obligatoriamente taxativos y hasta un pelín apocalípticos si es posible, a ser hombres (y mujeres, se entiende) con las ideas muy claras. ¡Vivan las ideas muy claras, coño! De lo contrario, de reconocer nuestras dudas sobre un tema en cuestión, de intentar aportar al debate matices que lo enriquezcan o de pedir un poco de tiempo para poder analizar las cosas con una mejor perspectiva seremos señalados como gente sin rigor, inútiles sin criterio, timoratos o meapilas que no se atreven a llamar a las cosas por su nombre, al pan, pan y al vino, vino. Lo peor que puede ser un periodista, vaya.

Decía que pensaba en estas cosas de mi oficio el otro día viendo al Barça remontar al Milan con un fútbol extraordinario. Se trataba de un partido muy importante para el equipo blaugrana, sin duda. En mi opinión, de una importancia similar a la que tuvo la pasada temporada el choque de vuelta ante el Chelsea en las semifinales de la Champions. Es más, pensando exclusivamente en las consecuencias de una hipotética eliminación culé, creo que era más duro quedarse con la calderilla de la final de Copa como única perspectiva, que es lo que le sucedió el año pasado al equipo de Guardiola tras caer con los ingleses, que quedarse fuera de Europa pero con el título de Liga ya en el bolsillo, que es lo que hubiera sucedido esta vez de no haber logrado la remontada.

Sí, sí, entiendo que la supervivencia del Real Madrid en la Champions influía el martes en los exagerados niveles de dramatismo adquiridos por la cita del Barcelona. Todos sabemos que estos dos colosos del fútbol tienen una relación de vasos comunicantes. Son antitéticos y, en cierto modo, parasitarios entre sí. Lo que a uno le robustece al otro le debilita. Esto es así y tiene una poderosa influencia en los estados de ánimo de los jugadores y, sobre todo, de los aficionados. Ahora bien, eso no significa que deba tener obligatoriamente trascendencia en el análisis futbolístico. Vamos, que frente a lo que muchos piensan, el Barça y el Madrid lo pueden hacer muy bien o muy mal los dos a la vez, con independencia el uno del otro. Dicho de otro modo: si quiere ser justo y lógico, el análisis de un equipo no puede estar inexorablemente determinado por el papel de su gran antagonista. Podrá estarlo a veces, porque es evidente que merengues y culés están obligados a mirarse de reojo, pero no siempre.

De no aceptar esta posibilidad nunca podremos evitar las situaciones absurdas que vivimos con tanta frecuencia. Veamos. Por mucho que el Barça llevase un mes de flojera, ¿se hubiera hablado el martes de que el partido con el Milan podía representar un cambio de ciclo, el final de una época, si el Manchester United hubiera eliminado al Madrid, que fue algo perfectamente posible? Sinceramente, creo que no. En ese caso, se hablaría de un duro golpe y de los perjuicios ocasionados por la enfermedad de Tito Vilanova, pero enseguida se pondría el foco en la Casa Blanca, que a esas horas sería la casa Usher cuando la luna se tiñó de color sangre.

Me temo que no será posible, pero a muchos nos gustaría que las sentencias, al menos las grandes sentencias del periodismo, que en algo deberían distinguirse de las que dicta el hincha común acodado en la barra del bar mientras pide un verdejo y una de boquerones en vinagre, estén mejor fundamentadas. Y más cuando se trata de referirse a un equipo al que, con toda seguridad, se le recordará como el mejor de todos los tiempos. Entiendo que haya muchos que deseen fervientemente ese cambio de ciclo, el final de la era culé. Es lo natural. Forma parte del juego. Si yo fuera del Real Madrid, lo desearía, claro que sí. Es más, me encantaría que el Athletic tuviera el nivel suficiente como para poder aprovecharse de ese cambio de ciclo y así poder desearlo con todas mis fuerzas. Pero, mientras tanto, un respeto. Un poquito de por favor, como decía aquél.

El Barça atravesaba un bache. A su bajón habitual de febrero se le había unido esta vez la baja del entrenador, un golpe duro que había trastocado a la plantilla dejándola sin una referencia fundamental. Y es que, por muchos adeptos que tenga, la autogestión sólo tiene sentido en plantillas que se sienten como la tripulación del Bounty y lo único que desean de su técnico es que alguien lo tire por la borda. Estaban tocados los culés, adocenados en su juego, mustios, lentos y retóricos. Incluso comenzaban a dar señales alarmantes de victimismo. Algunos, de hecho, se pusieron a buscar excusas en los árbitros y en el empedrado, como en los viejos tiempos. El Real Madrid se aprovechó de todo ello con su séptimo de caballería.

Bien mirado, sin embargo, el problema del Barça no era especialmente grave. Yo diría que era una crisis pasajera de melancolía. Una especie de gripe invernal que se estaba alargando demasiado. El equipo no sufría porque le faltase calidad (¡por favor!), ni porque dudara de su estilo, ni por falta de sintonía con su entrenador, ni por escasez de ambición, ni porque estuviera siendo torpedeado desde el exterior, ni porque hubiera elementos poco comprometidos desestabilizando el vestuario, como le sucedió a Rijkaard en su último año. ¿Qué problema verdaderamente grave, tan profundo y estructural como hundir semejante trasatlántico, podía sufrir de repente un equipo que había completado la mejor primera vuelta de la historia y llevaba 13 puntos de distancia al segundo en la Liga, la competición que con mayor fidelidad retrata la salud deportiva de un club?

El mal del Barça tenía una fácil solución. Y digo fácil porque, básicamente, se trataba de una cuestión de actitud y, por tanto, de voluntad de sus jugadores. El equipo había perdido una de las dos patas sobre las que se asienta su juego: la presión. Porque este gran Barça, como todo el mundo sabe, no solo es toque sino una conjura diabólica para la recuperación que hace que los jugadores de los equipos rivales, cuando tienen la pelota, se sientan como Indiana Jones cuando ha encontrado un tesoro y tiene que salir pitando de alguna cueva tenebrosa perseguido por una jauría de tipos terribles que se lo quieren comer. El Barça, en fin, necesitaba correr. Correr con fe y alegría, más que nadie o al menos tanto como el que más. Necesitaba reencontrar esa humildad primordial que ha hecho grandioso su fútbol. Lo hizo el martes y el Milan tuvo la mala suerte de pasar por allí. Creo que en eso pensaba El Shaarawy al final del partido, cuando se acercó a Messi para pedirle la camiseta y le miró con una mezcla de admiración e inquietud, como si estuviera observando un relámpago rasgando el cielo, una gran ola rompiendo en la playa, la inmensidad del desierto egipcio, que sé yo... Algo bello y fatal.

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