Dónde comer
El itinerario con raquetas por el Parque Natural Saja-Besaya permite experimentar sensaciones muy diferentes en medio de la nieve. No solo por el trayecto a bordo del peculiar calzado o la inmensidad del paisaje. Impone porque se accede a un entorno muy diferente desde una atalaya de más de mil metros cercana a la ciudad. Es además una aventura con mucho de juego que pretende descubrir una escurridiza fauna, siempre hábil para anticiparse a la llegada de la expedición.
Naturea, proyecto autonómico que fomenta los espacios naturales cántabros, organiza rutas en Liébana, Montaña Oriental y Campoo, pero es en Saja-Besaya donde reúne más usuarios. Coincide con Liébana en su fácil acceso a cumbres de cierta altitud con parajes similares en los itinerarios ofertados, pero la mayor lejanía de los valles lebaniegos, separados por el espectacular desfiladero de La Hermida, favorece la afluencia al parque del Saja, en pleno corazón de Cantabria.
Los inscritos reciben las raquetas en el Centro de Interpretación y se desplazan en coches hasta puntos donde la nieve propicia el comienzo de la ruta. El guía traza un recorrido circular de cuatro horas a un ritmo razonable para adaptarse a la comitiva de doce personas máximo. Conviene caminar sobre sus huellas y así lograr un necesario ahorro energético. Ni es deporte ni se garantiza ver animales. El azar marca la pauta, y pueden llegar a distinguirse decenas de ciervos o regresar a cero al punto de partida. Los buitres o águilas reales están entre los posibles avistamientos, a diferencia de los esquivos jabalíes y lobos. Estos últimos evitan en mayor medida a los humanos, atestiguando su presencia con algunas pisadas y contadas porciones de pelaje
Rebaños de ciervos
Los prismáticos facilitados por los organizadores ayudan a acercar la imagen de los animales divisados a lo lejos, y de esta forma se ven ciervos apostados en laderas una vez se sienten seguros. Más accesible es el rastro que dejan en su recorrido, lo que permite interpretar su vida en condiciones extremas, el género o el tiempo transcurrido desde su paso. También ofrecen pistas los brezos mordisqueados o los agujeros excavados por su ávido hocico cuando la nieve los oculta. Hay que esperar a septiembre para disfrutar del festival orquestado durante la berrea, época de celo en la que amasan su harén.
Se suceden refugios para ganado, pastores y montañeros. Guaridas variadas y modos diferentes de entender el medio ambiente. Para los ganaderos es mejor aumentar las áreas de pasto allí donde la ecología insiste en una pequeña fauna compuesta por numerosos insectos. La terca naturaleza elude el debate, y se limita a recuperar el espacio cedido ante el fuego. Constantemente se percibe su amplitud, con una rica masa de robledal, sustituida por hayedos según se toma altura. La estampa de los ejemplares nevados mientras se avanza por la senda que los atraviesa es inestimable. El tiempo se congela en una fantástica fotografía.
Tampoco pasan inadvertidos los frutos rojos y las robustas hojas afiladas de los acebos. Símbolo navideño basado en la protección, éstas pierden sus aristas según se elevan y evitan el riesgo de los depredadores, adoptando un perfil más redondeado.
El agrupamiento de estos árboles sirve a los animales en invierno de refugio y alimento. Sin nieve, la ruta se mantiene sin raquetas, pero merece la pena que las cimas estén cubiertas para disfrutar de una imagen magnífica.











