
Hay jugadores adictivos en la NBA. Los ve uno por primera vez y mira el calendario para comprobar en qué madrugada clandestina vuelve el canal de pago a ofrecer otro encuentro de sus equipos. Escribo, como ejemplos muy evidentes, de Stephen Curry (Golden State Warriors) y James Harden (Houston Rockets). A ambos les unen unas cuantas características: son exteriores, cumplen su tercera campaña en la Liga norteamericana, estimulan al espectador, lo excitan y le añaden una carga de cafeína reconstituyente para el cuerpo. ¡Ah! Y esto va para los puristas que se creen superiores y caben en un autobús: ambos resultan muy eficaces para sus respectivos conjuntos.
De casta le viene al galgo. Stephen estaba predestinado a concitar la atención del torneo por cuestiones genéticas. Es hijo de Dell, aquel tirador sublime de Charlotte Hornets a quien el inolvidable Andrés Montes bautizó dentro de su catálogo de apodos como “muñequita linda”. Cabellos de oro no tenía, pero apuntaba con la precisión de una mirilla telescópica para abatir aros rivales como sexto hombre. Se le consideraba un microondas, género que apenas necesita tiempo para alcanzar la temperatura de ebullición. Pero el padre era un especialista del tiro a larga distancia, mientras el vástago abre ampliamente el abanico de sus cualidades. Encima, el chico pertenece al capítulo de yerno ideal. En el verano de 2011 la NBA le premió con el título de la deportividad.
Se supone que al nacer Stephen, a Dell le comentaría la comadrona “ha tenido usted un fenómeno”. El chaval actúa en la posición de base con las condiciones propias de un escolta, distribuye la pelota dentro de un grupo dinámico, atacante y divertido, el lanzamiento le brota de la mano con una naturalidad asombrosa y su puntería parece de otro mundo. Castigado por las lesiones en los tobillos, el exterior de Warriors ha debido aguardar a esta temporada para reventar duelos con ese rostro de adolescente que aún parece cobrar la paga semanal. Todos los jugadores con talento y orgullo quieren asombrar en el Madison Square Garden, escenario a los largo de su legendaria vida de actuaciones individuales formidables. Como la de Stephen hace diez días, cuando metió 54 puntos con once triples de trece intentos. Y su equipo perdió 109-105 contra Knicks.
Quizá la mayor injusticia de los últimos partidos de las estrellas se haya registrado este año. Hay ausencias más clamorosas que algunas presencias, como la no convocatoria de Curry (promedios de 22 puntos y 7 pases) para el ‘All Star’ de Houston. Donde sí estuvo, menos mal, Harden (26 puntos, 5 rebotes y 6 asistencias). Es un chico de 23 años con aspecto mayor a una barba pegado. Dentro de la espesa y cuidada pelambrera negra que le nace del mentón y baja hasta la nuez podrían anidar golondrinas. James es un baloncestista especial, completo, jugador de calidad e implicado. Un tipo que vende entradas y fija las cámaras en él.
Curry fue el mejor sexto hombre en 2011 y Harden le sucedió en el podio. Resultó un factor determinante en la campaña pasada para el extraordinario rendimiento de Oklahoma City. Partiendo desde el banquillo apuntaló el baloncesto total de Thunder que se basa en el trípode Westbrook-Durant-Ibaka. Pero el club traspasó a James en verano y ahora nota el hueco que dejan hombres como él, volcánicos con materia gris sobre las cejas. Llegó a Houston, un grupo discretito que con el barbudo pelea por entrar en las eliminatorias por el título. Harden es de los que se carcajea cuando oye la perífrasis ‘tiempo de adaptación’. En su debú con Rockets el zurdo metió 37 puntos y al siguiente compromiso, 45. Solo Wilt Chamberlain y Michael Jordan habían logrado tal hazaña nada más bajarse del avión.
Tanto Stephen como James agotan el último año de sus fichas de novatos. Por la norma de la NBA ambos cobran sueldos modestos -lo que puede entenderse como tal en una Liga de millonarios- y en tres meses podrán negociar contratos de estrellas con la sartén por el mango. Habrá tortas por ofrecerles oro, incienso y mirra. No digo que habrá otra cosa porque los cardenales andan reunidos para elegir al Papa.









