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Trujillo, todo un descubrimiento

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Trujillo, todo un descubrimiento

La ciudad cacereña celebra cada Domingo de Resurrección la fiesta del Chíviri, que reúne a miles de personas en un baile interminable

05.03.13 - 17:21 -
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Trujillo, todo un descubrimiento

La fiesta se celebra en torno a la imponente estatua ecuestre de Francisco Pizarro.

Me ha pasado más veces. Sales rumbo a una ciudad y cuando llegas, te encuentras con una fiesta inesperada. Camino de Alemania decidí parar a dormir en Eguisheim un pueblo de cuento que lleva una vida apacible a la sombra de los Vosgos. Esa jornada celebraban la fiesta de la vendimia y el jolgorio alrededor de la estatua de León IX, un Papa oriundo de esta localidad alsaciana del Alto Rhin, era indescriptible. Más cerca, bajando hacia Andalucía en busca del sol del Algarve, fijé el final de la primera etapa en Trujillo y me encontré a todo el pueblo en la calle, festejando la fiesta del Chíviri, haciendo corro a la imponente estatua ecuestre de Francisco Pizarro. Todo un descubrimiento en la cuna de aquel controvertido conquistador.

El viaje desde el País Vasco, por la autovía de la Ruta de la Plata, ya había resultado interesante. La primera parada, en Guijuelo, para desayunar y probar el magnífico jamón de esa tierra. Las cumbres de la sierra de Francia todavía presumían de nieve en sus cresterías más altas. Pronto llegamos a Plasencia, una ciudad que encierra muchos encantos, entre ellos la catedral, una joya del gótico. Un itinerario histórico te lleva por la plaza mayor y por unas calles con interesantes edificios renacentistas como las casas del Deán y del doctor Trujillo o el palacio del marqués de Maribel. En un enclave con pasado religioso no pueden faltar los conventos, como el de Santo Domingo. Podremos completar la visita en el viaje de regreso.

Seguimos. La carretera que une Plasencia con Trujillo ofrece un paisaje que se pega a las retinas. Entramos en una de las zonas del parque natural de Monfragüe, una reserva natural de la biosfera que cuenta con un ecosistema singular. Hay que dedicarle tiempo – ofrece la posibilidad de hacer senderismo y rutas a caballo– para disfrutar con calma de sus tesoros. Las dehesas de encinas y alcornoques son interminables. Invitan a detener el coche. Nos acercamos a uno de sus rincones emblemáticos, la Peña Falcón, más conocida como el Salto del Gitano, justo donde se estrecha el Tajo. Hay una colonia de buitres negros. Espectacular. No son los únicos habitantes de este espacio con tanto valor biológico, aunque se sienten las estrellas. También hay águilas imperiales, cigüeñas negras, ciervos, gatos monteses y linces. La fauna se esconde y caza en el valle, en la sierra y en el fondo del bosque. En los arroyos resaltan los fresnos, los sauces y los alisos. En zonas más altas, los madroños, los brezos y los enebros entre alfombras de tomillo. Un paraíso.

La huella de los árabes se encuentra ya en el nombre del parque y su castillo. Al Mofrag, que tras la reconquista pasaría a llamarse Monsfrag. La fortaleza sobresale en este ejemplo de monte mediterráneo. Hay que volver a este enclave para someterse a una sobredosis de naturaleza. Existe una gran hospedería y muchas casas rurales. Cuesta marcharse. Las praderías están verdes y la primavera se ha adueñado ya del territorio en el que anidan decenas de cigüeñas. Los cochinos no paran de comer en la dehesa. Volvemos a parar después de una recta interminable. Seguimos enamorados de esta zona protegida.

Trujillo amanece invadida

Trujillo nos espera. La Semana Santa se ha acabado, pero otro año prometemos conocerla con calma. Ha sido declarada como Fiesta de Interés Turístico Regional por su originalidad especial. Se celebra desde hace más de 500 años con procesiones el Jueves y el Viernes Santo en las que brillan tallas de madera de los siglos XVII y XVIII. Mañana es Domingo de Pascua y queremos callejear con tranquilidad. El hotel Izan es un remanso de paz. Se trata del antiguo convento de san Antonio, del siglo XVI, en el que destaca un gran patio-claustro central con pozo de agua. El parador era otra buena opción. También ocupa el antiguo convento de santa Clara, aunque eran monjas concepcionistas las que han vivido entre sus paredes entre 1533 y 1984. Extremadura también es tierra de conventos y monasterios.

¿Callejear con tranquilidad? Trujillo amanece invadida. Es la fiesta del Chíviri. En la plaza mayor no cabe ya un alfiler. Miles de personas de todas las edades, cuadrillas y familias de larga parentela bailan sin parar y cantan al ritmo de unos conjuntos que se alternan en un escenario. Hay txoznas pero mucha gente se ha traido su propia comida de la que luego disfrutará en el campo. Resaltan los embutidos de la comarca. Me recuerda a Cornites, la fiesta de Santurtzi, pero en el esfalto, en lugar de en el monte Serantes. Muchos de los que bailan llevan trajes o prendas típicas. Ellas, refajos, enaguas y pañuelos muy llamativos. Ellos, chambras y pañuelos rojos. Bajo la imponente estatua de Francisco Pizarro parece un ejército dispuesto a conquistar Perú. Tras el recogimiento y el luto de la Semana Santa, la gente se suelta el pelo y recibe a la primavera.

La fiesta sigue todo el día. En la plaza acaba a media tarde, y luego sigue en forma de botellón en plazuelas y jardines. Esa es la parte menos atractiva del asunto. A la caída del sol, Pizarro aparece derrotado. Este conquistador que pasó a cuchillo a medio imperio inca de Atahualpa ha sido incapaz de impedir que sus conciudadanos respetaran la plaza. Kilos de basura se amontonan en el recinto y trepan por las escaleras que te acercan hasta la iglesia de San Martín. Parece que al ayuntamiento se le ha amontonado el trabajo. Habrá que volver al día siguiente para disfrutar de este singular rincón en el que sobresalen esbeltas fachadas de históricos edificios, tanto civiles como eclesiásticos.

Otra vez la huella árabe aparece en Trujillo, la antigua Turgalium de los romanos. Cinco siglos estuvieron los árabes en esta ciudad de conquistadores. El castillo es uno de los restos de aquel dominio musulmán. Las vistas desde el cerro son espectaculares en un día de sol y cielo azul cobalto bajo el que reverbera el riquísimo patrimonio artístico de esta ciudad. Pronto topamos con la iglesia de Santa María la Mayor. Hay un grupo de visitantes vascos que señalan y fotografían como japoneses compulsivos ante una máquina herramienta en un taller de Mondragón: en una de las torres hay esculpido un escudo del Athletic. ¿En un edificio de 1270? Resulta que en 1972 el cantero que reconstruyó la Torre Julia, Antonio Serván, forofo del club rojiblanco, quiso inmortalizar en piedra al equipo de sus amores. Al arquitecto y al director técnico de las obras también les gustaba este club, así es que no hubo pegas. La condición que le pusieron, según se cuenta en un blog sobre la Historia de Extremadura, es que no debía repetir el escudo en los 52 capiteles de la torre, como se hacía en el Románico. Trujillo tierra de conquistadores de grandes Copas. Pero esa es otra historia.

En 1232 la ciudad fue recuperada por el rey Fernando III el Santo. Comienza una época dorada con grandes privilegios bajo los auspicios de la Corona. Trujillo gusta a los reyes. Y descollan vecinos que pasarán a la Historia por sus andanzas en las Américas. Pizarro conquistaría Perú. Orellana descubrió el Amazonas. García de Paredes fundó Trujillo en Venezuela, una da las muchas ciudades que llevan ese nombre en el continente americano. En la ciudad extremeña hay muchos vestigios de aquella época. Palacios, casonas e iglesias.

Desde Trujillo se pueden descubrir otros destinos singulares. En la Comarca de Las Villuercas, Guadalupe está marcada en rojo. Un pueblo de callejuelas empedradas arracimado al monasterio, Patrimonio de la Humanidad. Cáceres es punto y aparte. Es una ciudad monumental en todo su conjunto a la que hay que dedicarla tiempo. El remate puede intentarse por la comaca de la Vera o, sin desviarse demasiado, por el valle del Jerte. Sobre todo si coincide con la floración de sus miles de cerezos, que proporcionan un festín de color y primavera en sus cuidados e inolvidables bancales.

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