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Laudrup como paradoja

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Laudrup como paradoja

Sin más razón que una buena temporada con el Swansea, el danés ha pasado de ser un técnico de poco caché en España a convertirse en el mejor colocado para sustituir a Mourinho y en el preferido de la afición madridista

02.03.13 - 11:54 -
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Pocas cosas hay tan volubles, inciertas y desconcertantes como el fútbol. En eso pensaba el otro día mientras leía varias informaciones en las que se aseguraba que Michael Laudrup, aupado por su victoria con el Swansea en la Capital Cup, era uno de los entrenadores mejor colocados para sustituir a Jose Mourinho la próxima temporada (si es que hay que sustituirlo) y el preferido para el cargo por la afición madridista. En la encuesta que realizó la edición digital del diario AS, hasta un 73% de los votos (un porcentaje enorme en este tipo de consultas) fueron a parar al exfutbolista danés. Mi sorpresa fue mayúscula. Reconozco que no pude resistirme a la captura de una curiosa paradoja –es superior a mis fuerzas– y que me puse a hacer memoria de inmediato. No quise ir muy atrás, hasta los tiempos de Laudrup en el Brondby o en el Getafe, aunque de éste último siempre me quedará el recuerdo imborrable de aquella maravillosa eliminatoria de la UEFA ante el Bayern. Me limité a recordar su última aventura en los banquillos de la Liga española, al frente del Mallorca, a donde llegó tras una breve, fría y decepcionante experiencia en el Spartak de Moscú.

Seguro que muchos de ustedes la recuerdan. En su primera temporada, el equipo de Laudrup tuvo un comportamiento extraño. Durante más de tres cuartas partes del campeonato, su Mallorca fue un equipo asentado en mitad de la tabla que hacía un fútbol aceptable y cuya permanencia nunca pareció peligrar. Un desplome morrocotudo en los últimos partidos, sin embargo, le tuvo al borde de la muerte en la última jornada. Tanto es así que, si el Deportivo de Lotina no llega a cometer el delito de perder en Riazor ante un Valencia que no se jugaba nada, el Mallorca hubiese perdido la categoría. Aquel susto tremendo dejó secuelas en la relación entre Laudrup y Lorenzo Serra Ferrer, máximo accionista del club bermellón. Comenzó a escucharse que el técnico danés no era, precisamente, un ejemplo de estajanovismo y que se había dejado ir lamentablemente un mes antes de que terminara la Liga.

Pese a todo, Laudrup comenzó la siguiente temporada. Eso sí, no duró mucho en el cargo. La tensión era evidente y, poco después de que la directiva despidiera a su ayudante Erik Larsen, Laudrup negoció su baja. Sólo habían pasado cinco jornadas y el Mallorca se encontraba en mitad de la tabla con 6 puntos. No fue, pues, una cuestión de resultados. El Mallorca no estaba hundido en absoluto, como suelen decir todavía algunos periodistas amigos del que fuera su sustituto, Joaquín Caparrós, siempre interesados en cantar hazañas redentoras del técnico de Utrera, aunque sean imaginarias. Fue una cuestión personal, una pérdida de confianza mutua.

El caso es que Michael Laudrup desapareció del mapa del fútbol español. En aquel momento, a finales de septiembre de 2011, era imposible imaginar que el genial futbolista danés fuera a tener una gran carrera en los banquillos. Ni por lo más remoto parecía destinado a ofrecer como técnico el extraordinario nivel que ofreció como jugador en algunos de los mejores clubes de Europa: Lazio, Juventus, Barcelona, Real Madrid o Ajax. Seamos sinceros: con su fama de vaguete, su imagen todavía joven, su cuenta bancaria esplendorosa y su conocida afición a la buena mesa y a los grandes vinos, a Laudrup le veíamos dejando pronto la vida errante de los banquillos inciertos o disfrutándola en algún lugar exótico, en algún emirato de esos con hoteles de siete estrellas y un gasto en aire acondicionado y jardinería mayor que el PIB de algunos de sus países vecinos.

El pasado verano, sin embargo, surgió la opción del Swansea, que también tenía en mente a Ernesto Valverde, y Michael Laudrup aterrizó en la Premier, el mejor escaparate futbolístico del mundo. El club le venía como anillo al dedo. Como él mismo ha reconocido con la sinceridad del caballero que es, se trataba de un destino ideal. No había caído en el Stoke City, para entendernos, ni en ningún otro de esos equipos británicos en los que, cuando se dan tres pases seguidos por el suelo, el público comienza a sentir los retortijones del miedo al abismo. Fichaba por un equipo bien encarrilado, con un estilo de toque implantado por Roberto Martínez al que Brendan Rodgers había dado continuidad.

Laudrup está haciendo un buen trabajo en el club galés, que tiene a Michu como máxima estrella esta temporada. El Swansea marcha en mitad de la tabla y acaba de ganar la antigua Copa de la Liga, la tercera competición de Inglaterra, tras apabullar en la final por 5-0 al Bradford, un modesto club de la cuarta división. Ahora bien, ¿se puede decir que haya hecho méritos suficientes como para pasar de ser un entrenador sin mayor caché en la liga española a estar entre los principales candidatos al banquillo del Real Madrid y ser el preferido de los aficionados merengues? Yo, desde luego, no los encuentro. Ojalá los acabe haciendo –no puedo ocultar mi admiración por el danés–, pero no creo que los haya hecho, sinceramente.

Todo esto, la verdad, me parece un signo de los tiempos. Qué le vamos a hacer si todo es tan superfluo, si la banalidad campea a sus anchas, si triunfa cualquier moda peregrina y si las voces que más se escuchan son las de algunos idiotas que ejercen de Robespierre cazurro en las tertulias. De repente, Laudrup existe. Más que eso. De repente, Laudrup es el mejor y el más deseado. Con permiso de Mourinho, por supuesto. Y es que, después del 1-3 en el Camp Nou, me temo que el portugués arrasaría en las mismas encuestas que hasta hace bien pedían para él la picota más alta de Madrid. Así es este juego.

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