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Tívoli, el refugio de los poderosos

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Tívoli, el refugio de los poderosos

Roma no agota las sorpresas: a 25 kilómetros aguardan la villa de un emperador romano y el deslumbrante palacio de un cardenal

22.02.13 - 10:23 -
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Roma eterna, aunque sean cuatro días. Salpicada de lluvia, paseos nocturnos por el gueto y nubes que dejan entrever un chorro de luz cegador; vertical, como las fotos que surgen a medida que se recorren sus calles, después de horas buscando reflejos bajo los puentes del Tíber o en la Plaza de San Pedro, en el Foro o a la sombra del Coliseo. Aterricé allí un lunes de diciembre, después de un fin de semana infernal; la redacción del periódico convertida en un hormiguero efervescente, no recuerdo si a causa de unas elecciones o la ciclogénesis de turno. Tanto da que da lo mismo. Imagínense la escapada: chuzos de punta por la mañana, con la única excepción del jueves que marcaba el regreso; y caminatas de hasta doce horas, con dos cámaras colgadas al hombro que pesaban como una yunta de bueyes.

Tívoli, el refugio de los poderosos

Vistas de Roma.

 Roma no había cambiado. Después de todo, ¿qué son diez años comparados con 27 siglos? La Boca de la Verdad, el Vaticano, la Piazza Navona, el café San Eustaquio… La lista es interminable en una ciudad que se ha permitido el lujo de ser dos veces –durante el Imperio y, con permiso de los florentinos, en el Renacimiento- la capital del mundo. Del barroco más exuberante, presente en cada esquina ya sea en forma de fuente o escultura, al clasicismo labrado en mármol. ¡Y qué decir del romano! Elegante, orgulloso, zalamero… Inseparable de su ‘vespa’ en medio de un caos de tráfico que ignora los semáforos, con sirenas de ambulancia a todo pulmón, y coches de policía que nunca atrapan al malo. El romano, decía, se levanta cada día como si llevara escrito en la agenda “Hoy toca conquistar a Sofía Loren”. Que lo consiga ya es otra historia. Ante todo, dignidad en la derrota.

 Dos experiencias para recordar. Bueno tres, si se incluye un arresto por sacar fotos en el metro y con trípode. No me desvío. Un paseo por el Tíber en otoño. Las hojas secas rivalizan en belleza con los monumentos que se asoman al cauce y cuyo reflejo queda preso de las aguas. La misma corriente que se traga a los suicidas, que hace crujir los huesos de los mendigos que se acuestan bajo los puentes. La melancolía -la tristeza de los privilegiados, que decía el poeta- desaparecerá pronto en alas de los cormoranes que recorren el río en vuelo rasante. Acabo al pie de la columna de Trajano, el mercado a la izquierda y al frente esa tarta nupcial de 70 metros de altura que es el monumento a Vittorio Emanuele II. Un grupo de japoneses trepan por unas escaleras que flanquean tiendas de souvenirs, galerías y trattorias varias.

Tívoli, el refugio de los poderosos

Entrada a la Villa Adriana.

Me dejo llevar por la marea y acabo en una agencia de viajes donde ofertan excursiones a Villa Adriana y los Jardines de Hipólito d'Este en ese remanso de paz que son las colinas de Tívoli. ¿Por qué no? Un viaje en autocar a 25 kilómetros de Roma y probar así escenarios distintos. Nada como saltarse el guión establecido. Compro el billete y me sumerjo en ese mar de jubilados sonrientes y bajitos, impecablemente vestidos, pertrechados con equipos de fotografía que hacen palidecer de envidia. “Konnichi wa”, saluda un matrimonio cuando llego a su altura, mientras despejan de bultos un asiento. El bus abandona la estación y cruza la ciudad eterna que se diluye a las afueras en un universo de talleres mecánicos y parques desangelados. El paisanaje intercambia sandwiches y botellines de agua -“domo arigato” por aquí, por allá-, mientras al otro lado de la ventana desfilan los campos de cereal y colinas de tierra arcillosa, un árbol pelado, una iglesia que en Manhattan haría las delicias del Metropolitan y que aquí pasa desapercibida.

 Villa Adriana es un complejo residencial de 120 hectáreas que toma su nombre del emperador que gobernó en el siglo II y a quien no parecía entusiasmarle la corte instalada en el Palatino. Palacios, fuentes y termas han quedado reducidos a ruinas después de saqueos y actos vandálicos, pero todavía es posible saborear la tranquilidad del 'Canopus', el estanque de Antino, el favorito de entre los amantes del emperador, a quien éste no dudó en levantar una estatua en la casa de su aristocrática mujer. La lámina de agua está rodeada de columnas y cariátides, muestra del gusto por la cultura griega y egipcia. Hasta allí se acercan los gatos cada tarde, se supone que para pasar el sagutxu entre sorbo y sorbo. Cuenta la tradición que de la superficie emergía un cocodrilo esculpido con todo detalle, un homenaje al dios Serapis. Quién sabe, quizá decidió volver al Nilo. Otra estructura singular es el Templo Marítimo, un pórtico redondo con bóveda sostenido por pilares, que albergaba una villa con biblioteca, triclinium y baños; una pequeña isla rodeada de un anillo de agua.

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Palacio de Hipólito.

 Allí, rodeado de olivos centenarios, el guía habla de las bondades del lugar, a solo 25 kilómetros de la capital pero protegido de los rigores del termómetro. Un microclima tierra adentro. También explica que hay una galería subterránea diseñada con el ancho justo de una cuádriga para asegurar una vía de escape al emperador en caso de apuro. El yacimiento permite hacerse una idea del lujo que rodeaba a aquellos césares dueños del mundo, asomados a un Mediterráneo que habían convertido en el patio de su casa. Dicen que no hay mayor tristeza que volver al escenario de la infancia y descubrir que aquellos lugares han desaparecido para siempre. No es el caso, aunque la villa sufriera los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial y perdiera con ellos cualquier resto de esplendor.

Pero el destrozo no es solo fruto de siglos de vandalismo o de las incursiones de la aviación aliada. La aristocracia local también tiene parte de culpa, en particular Hipólito d'Este, cardenal renacentista que con esas mismas losas de mármol mandó levantar en las colinas próximas un palacio digno de un rey. Semejante capricho, sin embargo, pasará a la historia por los jardines con que engalanó la finca. El edificio, que ocupa un antiguo monasterio, estaba considerado a mediados del siglo XVI una de las residencias patricias más opulentas del mundo. No es para menos. Sus techos y paredes están cubiertos de frescos y trampantojos que firma Pirro Ligorio, por no hablar de los grandes ventanales, las escaleras de caracol, sus salones deslumbrantes. Se asoma a la ladera de la montaña, un auténtico recital de agua que orquesta la fuerza de la gravedad. El Paseo de las Cien Fuentes, la espectacular catarata, la Fuente del Órgano... Así hasta quinientos surtidores, que se dice pronto, salpican el recinto, que parece sacado de un grabado de Piranesi, las lánguidas copas de los sauces reflejadas en los estanques.

De vuelta a Roma, el tiempo que se echa encima. Quedan tantas cosas por contar como por hacer. Montar en un taxi al grito de ‘Presto, estación Termini’, con el conductor picado en su orgullo, derrapando en cada curva como si aquello fuera una persecución policial o un episodio de ‘La Piovra’. Quizá la próxima vez. Roma estará ahí siempre.

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