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Modernos en bici, como nuestros bisabuelos

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Modernos en bici, como nuestros bisabuelos

Florecen las bicicletas en Bilbao, no importa que suela llover y haya cuestas

22.02.13 - 17:47 -
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Kebabs y bicicletas. He estado dándole vueltas y creo que es el binomio que mejor resume el espíritu de la vida cotidiana en el Bilbao del momento. Quizá signifique que nos vamos volviendo europeos. Al fin y al cabo, Europa siempre fue ese sitio que apesta a curry y en el que la gente va en bici. La gente en general, quiero decir; no solo los yoguis veganos y las artistas conceptuales sin depilar. La bicicleta ha sido siempre en Europa algo común y transversal. Yo conocí en Londres a un pulcro y prometedor economista que cada día montaba trajeado en su bici para llegar en aquel vehículo no contaminante a las oficinas de BP en la plaza de Saint James.

Entonces me di cuenta de que es difícil parecer mala persona montado en bicicleta. Es una de esas verdades a las que se accede por revelación. Pero funciona. Hice guardia el otro día frente a uno de los puestos donde se recogen y se dejan las bicis azules que promueve la municipalidad. Y todos los ciudadanos que pasaron por allí me parecieron ejemplares, irreprochables. Incluso me dieron envidia. Se intuye en esta nueva casta de ciclistas urbanos una evidente acumulación de virtudes: buen ánimo, piernas de acero, espíritu juvenil, calzado ambivalente, cierta sofisticación cosmopolita...

Y eso que, entre nosotros, lo del préstamo de bicicletas empezó mal. A los tres meses, el 57% de las bicis puestas a disposición de la ciudadanía habían sido robadas. «No se pueden trasladar a Poisonville las políticas públicas de la aldea de los pitufos», pensó entonces el lado conflictivo de mi cabeza. Pero qué va, sí se puede. En lo tocante a las bicicletas, la pitufización de Poisonville ha sido cuestión de tiempo y moda. Y ha terminado por funcionar, también entre nosotros, esa aleación tan contemporánea de beatitud y sofisticación. Para rematarlo, comenzaron a salir los famosos en los dominicales montando en bici. Y la bicicleta urbana pasó de ser un cachivache infantil y trasnochado a ser uno con encanto y significado: uno de esos objetos que dicen algo de su dueño.

El resultado es que, entre las bicis públicas y las bicis plegables, Bilbao se va llenando de bicis. El fenómeno salta a la vista: si algunos bares de Iturribide abriesen sus puertas a la vez, esto comenzaría a parecerse a Amsterdam. Parece que las bicicletas del servicio municipal de préstamo se utilizan en alrededor de 4.200 desplazamientos diarios. No está mal para una ciudad con cuestas en la que suele llover. Cierto es que, entre la gente que circula en bici por Bilbao, hay un porcentaje considerable que no parece saber andar en bici, pero eso es lo de menos. Lo importante es que han escogido la opción adecuada. Además de al sillín, han sabido subirse al espíritu de los tiempos.

Lo que ya es más raro es que ese espíritu novedoso sea al tiempo tan antiguo. Porque andar en bici no es exactamente una cosa moderna. Digamos que más bien es lo contrario. A finales de XIX la bicicleta causaba verdadera sensación. El anciano Tolstoi posaba con su bici en Yasnaia Poliana y la foto daba literalmente la vuelta al mundo. Zola y Dreyfus pedaleaban por París y aquello era lo más. Cuentan los cronistas que el torero ‘Bombita’ hacía lo mismo por Madrid. Y el famoso pelotari Sarasqueta por Eibar. «Te presento al futuro», le dice Paul Newman a Katharine Ross al final de ‘Dos hombres y un destino’. Y el futuro era aquella bicicleta en medio del Far West. Y qué decir del Nobel Echegaray. Él también descubrió la bicicleta en la edad madura y por lo visto no había quien le apease del velocípedo. Cómo debía rodar aquel hombre que aseguraba haber descubierto «la embriaguez de la velocidad». Es por eso por lo que yo veo este florecimiento de la bici en la ciudad y tengo una sensación extraña y mareante. De pronto llegamos a la vanguardia con siglo y medio de retraso. Estamos definitivamente a la última, como nuestros bisabuelos.

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