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Cuando el infierno está en el paraíso

Literatura del crimen

Cuando el infierno está en el paraíso

La novela negra abandona las grandes ciudades para buscar nuevas víctimas en paisajes con frecuenca idílicos

11.02.13 - 20:22 -
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Reikiavik no es San Francisco ni Los Ángeles. Allí dos tipos duros como Sam Spade o Philip Marlowe no aguantarían ni dos telediarios. Ni dos capítulos. Simplemente no encajarían. Se morirían de puro aburrimiento contemplando el sol de medianoche y las auroras boreales de un país que tiene menos habitantes que cualquiera de las dos ciudades californianas y donde la Policía va desarmada porque el índice de criminalidad roza la nada. Islandia, con sus volcanes, géiseres, icebergs, fiordos y cascadas, es un paraíso natural. Un destino de ensueño para desconectar. El típico lugar donde nunca pasa nada?

Hasta que pasa. Hasta que un día, por ejemplo, encuentran asesinado a un camionero jubilado en Las Marismas, un tranquilo barrio de las afueras; o aparece acuchillado el pequeño Elias; o hallan un esqueleto en un lago...

El día que el cuerpo sin vida de Holberg, el camionero, apareció en las librerías españolas, Reikiavik saltó de las estanterías de las guías de viaje a las de la novela negra. Lo hizo, como toda una pléyade de escenarios nórdicos, gracias al impulso generado a partir de 2006 por la trilogía "Millennium", escrita en realidad bastante más tarde que "Las Marismas". De hecho, para cuando nosotros tuvimos noticia de la muerte de Holberg, en 2009, hacía ya casi diez años que el detective Erlendur Sveinsson había resuelto el caso. Ese y los siete que le asignó en ese tiempo el escritor Arnaldur Indridason. En sólo cuatro años, el autor islandés se ha convertido en uno de los favoritos de los fieles de la novela negra pese a ambientar sus tramas en un país sin apenas tradición en este género, sin violencia y con un paisaje (físico y social) que nada tiene que ver con las convenciones.

Tras el "boom" Larsson

Aunque menos conocido que Stieg Larsson, su obra podría marcar el arranque de la serie de asesinatos que asuelan el norte del continente, especialmente Suecia y Noruega. Una fatalidad que sorprende vista desde el sur. Sabíamos del carácter depresivo de sus gentes (tan poquitas horas de luz) y de su consecuente tendencia al suicidio, pero desconocíamos que eran tan dados al arrebato criminal.

Algunos nombres, como el de Henning Mankell -creador del inspector Kurt Wallander-, ya estaban ahí antes del "boom", pero ahora se refuerzan con la llegada de Asa Larsson ("Sangre derramada"), Camilla Lackberg ("Las hijas del frío"), Anna Jansson ("Hablaré cuando esté muerto"), Marie Hermanson ("El santuario del diablo"), Jens Lapidus ("Nunca la jodas") o Johan Theorin ("La hora de las sombras"); los noruegos Unni Lindell ("Muerte blanca"), Jo Nesbo ("Némesis") o Anne Holt ("Crepúsculo en Oslo"); la finlandesa Leena Lehtolainen ("Mi primer muerto") o la islandesa Yrsa SigurdarDóttir ("El último ritual").

Todos nos dibujan un escenario del crimen que, si no fuera por aquello del «alguien ha matado a alguien» que diría Gila, podría ser idílico. Con ellos, el género ha ampliado sus horizontes; le ha tomado gusto a los ambientes rurales, las pequeñas ciudades, las islas privadas, las casonas apartadas o los balnearios de lujo. Paisajes de retiro zen. Pero, ojo, casi mejor con guardaespaldas. «Escandinavia está llena de lugares pequeños y maravillosos, que, sin embargo, esconden peligros», avisa Unni Lindell para explicar que hemos idealizado el civismo de los vecinos del norte.

Como muestra de esos «lugares maravillosos» de cuyos peligros advierte, Stieg Larsson lleva a Blomkvist y Salander hasta la imaginaria isla de Hedeby, conectada sólo por un puente al también imaginario Hedestad, un pequeño pueblo «precioso en invierno». El inspector Wallander trabaja en Ystad, una ciudad (esta vez real) bañada por el báltico y orgullosa de su pintoresco casco medieval; Asa Larsson -nada que ver con Stieg- ambienta sus novelas en su Kiruna natal, una localidad minera que tiene ¡6.000 lagos!; y los personajes de Camilla Lackberg recorren las callejuelas de Fjällbacka, un pequeño pueblo de pescadores. Y eso sin movernos de Suecia.

Son ambientaciones inspiradas siempre en localidades pequeñas o incluso aisladas, donde funciona bien la que para Alicia Giménez Bartlett es una de las claves del género: «En una buena novela, urbana o rural, hay que crear un microcosmos que, en el fondo, siempre funciona igual, se ubique donde se ubique», explica la creadora de Petra Delicado.

Además, la novela negra aguanta bien el abandono de los bajos fondos de las grandes urbes porque, a pesar de ser el más cinematográfico, la ciudad no es un elemento fundamental. Sólo lo son el crimen y la investigación. Es cierto que el género, tal y como lo inventan Dashiell Hammett y Raymond Chandler, es netamente urbano. Lo es porque nace como heredero de la novela social -«"Crimen y castigo", con la impresionante creación que Dostoievski hace de Raskolnikov y Petrovitch, se puede leer perfectamente como una novela negra», justifica Itxaro Borda, autora de las novelas de Amaia Ezpeldoi- y en aquellos inicios la sociedad que tocaba retratar era la americana de entre guerras, que sufre la debacle económica y moral de los treinta. Los refinados modos de los detectives deductivos bien poco podían hacer en una corrupta jungla de asfalto dominada, desde las garitos hasta los tribunales, por mafiosos enriquecidos por la ley seca.

Explicaba Chandler en "El simple arte de matar" que el género habla de un mundo «en el que nadie puede caminar tranquilo por una calle oscura porque la ley y el orden son cosas de las que hablamos, pero que nos abstenemos de practicar». «Desgraciadamente, frente por ejemplo a los casos de corrupción tan frecuentes hoy, la ficción resulta más resolutiva que la realidad», apostilla Gonzalo Garrido, que acaba de debutar en el género con "Las flores de Baudelaire", cuya trama transcurre en el Bilbao de la industrialización, es decir, precisamente cuando la villa empieza a transformase en una gran ciudad.

Hay autores, como José Javier Abásolo, que apuntan que igual que el "crack" del 29 puso los cimientos de la novela negra, la actual crisis está detrás del redescubrimiento de los paisajes rurales. «La huida de la ciudad al campo es el reflejo de la anterior huida del campo a la ciudad. La gente, y más en época de crisis, busca algo diferente a lo que tiene, pensando que así mejorará su vida. Y se lleva consigo lo que ya tenía, tanto lo bueno como lo malo. La novela negra es un instrumento idóneo para describir las sociedades en crisis», dice el padre literario del ertzaina Mikel Goikoetxea, Goiko.

La misma naturaleza

Es lo que venía a decir miss Marple: «La naturaleza humana es igual en todas partes». Lo mismo te pueden envenenar el té en la vicaria de Saint Mary Mead que en el lujoso salón del hotel Bertram de Londres. O en Cabot Cove, donde residía su trasunto televisivo, Jessica Fletcher, quien cada semana aligeraba el censo local sin que por ello el enclave dejara de ser "acogedor".

Sin salir de los paisajes abiertos, mucho antes de que los detectives se encerraran en las salas de autopsia, David Lynch y Mark Frost fundaron Twin Peaks, un pueblo de montaña en Washington donde quién mató a Laura Palmer era al final lo de menos. La serie, explica Silvia Sesé, editora en España de "Millennium", «es toda una referencia visual para los escritores jóvenes».

«Es normal que traten de sorprendernos, de buscar nuevos escenarios. Hoy todo está muy conectado. Leemos sobre lugares que conocemos, nos gustaría conocer o nos parecen exóticos», explica Sesé. Como muestra, Itxaro Borda, por ejemplo, se va hasta Botswana o Australia para recomendar a Alexander McCall o Arthur Upfield. «La verdad es que desde Larsson salen autores de todas partes... Menos mal que sus verdaderos amantes hemos conspirado y el género está volviendo a su cauce», bromea Paco Camarasa, comisario de la Semana Negra de Barcelona.

"Déjà vu" americano

Hay quien, como él y Alicia Giménez Bartlett, cree que esta búsqueda de nuevos escenarios coincide con un cierto declive del género en Estados Unidos. «Todos conocemos ya de sobra cómo funciona la Policía de Los Ángeles. La novela americana es ya un "déjà vu"», explica el responsable de BCNegra. «La fórmula americana está un tanto agotada, pero ellos son bastante permeables a todo lo que llega del exterior. No piensan en clave de "tendencia general", sino que sólo parece llamarles la atención una obra en concreto. Compran la idea y crean la versión americana. Como en la literatura eso no se puede hacer, pasan», resume Bartlett.

Sin embargo, en una tradición tan amplia como la de la novela negra americana también hay crímenes en bellos parajes y, además, hay escritores dispuestos a continuar cometiéndolos. «Entre los clásicos, Jim Thompson ambientó su mejor obra, "1280 almas", en un pequeño pueblo del oeste americano, y Tony Hillerman situó su serie en una reserva del pueblo navajo en Arizona y Nuevo México. Entre los últimos, quizá más parecidos al norte europeo, destacaría a Steve Hamilton y James Thompson, un yanqui que vive en Finlandia y que podría ser el enlace perfecto, o incluso John Connolly, que es irlandés y se ha marchado a la zona de los bosques de Maine, allá por Nueva Inglaterra, junto a Quebec» enumera Jokin Ibáñez, lector irredento experto en el género. A esta lista, la editora Blanca Rosa Roca añade a «John Verdon, autor neoyorquino, que se mudó al campo, al norte del estado de Nueva York, y ambienta allí las tramas de sus novelas, o Karin Slaughter con historias que suceden en Atlanta».

En cualquier caso, como explica Abásolo, «el paisaje no cambia a las personas, simplemente hace que sus crímenes (o sus virtudes) se adapten al medio». Si el escenario es ahora más bucólico, el crimen es, por regla general, más violento. «Muchas veces no hay premeditación. Se mata con lo que se tiene a mano y en el campo no suele ser un revólver. Más bien se tira de hacha o, si acaso, de veneno», dice Camarasa.

Y también sobrecoge más. Por inesperado e incluso por cercano. Una cosa es que Philip Marlowe no consiga restablecer el orden al final de la novela -¿qué probabilidades tiene el lector medio de toparse con un hampón de la mafia?-, y otra quedarse con la desazón de que cualquier vecino es capaz de matar.

Al final, Reikiavik sí va a ser como San Francisco o Los Ángeles, aunque, como diría precisamente Marlow, «¿qué importaba dónde uno yaciera una vez muerto? ¿En un sucio sumidero o en una torre de mármol en lo alto de una colina? Muerto, uno dormía el sueño eterno y esas cosas no importaban. Petróleo y agua eran lo mismo que aire y viento para uno».

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