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Úbeda, la Florencia andaluza

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Úbeda, la Florencia andaluza

La plaza de Vázquez Molina es una de las cumbres del Renacimiento español, el capricho de un hombre que empezó de escribano y acabó controlando las arcas del Nuevo Mundo

07.02.13 - 20:07 -
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Llegué a Úbeda casi sin proponérmelo procedente de Bailén, mientras Joaquín Sabina cantaba desde el salpicadero a las mujeres que en Linares-Baeza torean con el bolso a los tranvías y llevan medias negras. Había dejado atrás la plaza del Pópulo, una catedral que fue mezquita y antes templo visigodo, y el instituto de Bachillerato donde Antonio Machado impartió clases de gramática francesa. El día era radiante y la Sierra de Cazorla se recortaba en la lejanía como un acantilado del que me separaba un mar de olivares. Me habían dicho que Baeza y Úbeda eran como las dos caras de una misma moneda, que la Unesco las había distinguido como Patrimonio de la Humanidad, y que atravesar Andalucía y no visitar ambas era como ir a Roma y no ver al Papa. Vamos, que esa noche dormía en Úbeda y no había más que hablar. Y yo, obediente, me plegué a los deseos de quienes, confiaba, basaban su entusiasmo en la experiencia. Me informaron bien.

Dicen los libros de historia que hubo un tiempo en que el hombre más rico del mundo vivía en Jaén. Si hubiera nacido cuatro siglos más tarde, Francisco de los Cobos y Molina hubiera encabezado la lista Forbes y no habría tenido ningún reparo en mirar por encima del hombro a Bill Gates o a Donald Trump. En el corazón de Úbeda se levanta una plaza, la de Vázquez Molina, una de las cumbres del Renacimiento europeo, deudora en gran medida de los trapicheos de un hombre que labró su brillante porvenir primero como escribano de la Corte y que después supo abrirse paso como nadie en una época de guerras furibundas, intrigas sin número y aventuras colosales. Entró al servicio de la reina Isabel la Católica y a su muerte viajó a Gante para traerse a España al futuro Carlos V, que se asomaba a la historia del siglo XVI como quien lo hace a un avispero armado con una traca de petardos. Su imperio comenzaba a ensancharse más allá del océano y decidió pagar a Francisco los favores prestados y su buen juicio nada menos que nombrándole ministro de Economía y tasador del oro y la plata que llegaban de la recién descubierta América. Católico ultramontano, eso no impedía que viviera como un sultán de la morería. Amarraba en concepto de comisión nada menos que el 1% de todas las riquezas que llegaban del Nuevo Mundo, por no hablar de las salinas del Perú, que también controlaba. Y eso, cuando Francis Drake aún no había tomado su primer biberón, era un pico. Por muchas tormentas que se conjurasen en tu contra y por muchos galeones que la fatalidad enviase al fondo del mar. 

Úbeda, la Florencia andaluza

Capilla de El Salvador.

De los Cobos fue el Lorenzo de Medici de la época, protector de las artes, admirador de Erasmo de Rotterdam y, en definitiva, perejil de todas las salsas. Hasta tenía bula papal, lo que traducido al román paladino significa que hacía, pura y llanamente, lo que le venía en gana. Y eso que nunca recibió títulos nobiliarios. Tan larga era la sombra de Francisco que, a lo largo de sus 70 años de vida (1477-1547), supo rodearse de lo más granado de las finanzas y del arte. La mejor muestra del poder de este señor, que multiplicó su buena fortuna uniendo su linaje al de María de Mendoza, es la plaza de Vázquez Molina, algo así como un faro del Renacimiento en medio de un manto de aceitunas. El espacio está presidido por la Sacra Capilla del Salvador, un joyero de piedra de abrumadora belleza que, pese a lo que pueda parecer, no es iglesia, sino panteón familiar, y como tal, privado. Francisco encargó el proyecto a Diego de Siloé, aunque se encargaría de tomar el testigo Andrés de Vandelvira, paradigma del Renacimiento español y autor, asimismo, del Convento de las Cadenas, el actual Ayuntamiento. Cuando la fachada plateresca del Salvador abrió sus puertas, Cobos-Molina llevaba muerto 8 años y la tumba se había convertido en la empresa más audaz de la arquitectura religiosa de aquel entonces. Los restos se trasladaron a la rotonda que hay bajo el altar, mientras el pueblo podía seguir las ceremonias desde la nave que servía de antesala. Separados, eso sí, por una verja espectacular, que Dios dijo juntos, pero no revueltos.

Úbeda, la Florencia andaluza
Rincones, calles y tejados.

La plaza Vázquez Molina es un tesoro, y como el resto de Úbeda, parece pensada para pasear y perderse en ensoñaciones. Uno puede hacer un alto en el bar ‘La Imprenta’, acodado en la barra con una Alhambra, la cerveza del lugar, mientras prepara el asalto al corazón de la ciudad. Descolgarse por la calle Real hasta la de Juan Montilla y una vez allí imaginarse un mundo de inquisidores y licenciados, de soldados de fortuna, hidalgos venidos a menos y lazarillos con aspiraciones, de artesanos y buhoneros. Los mimbres de un imperio donde no se ponía el sol. El Parador Nacional ocupa desde 1930 el antiguo palacio del Deán Ortega, arrimado al Salvador y al que fuera solar familiar de los Cobos y Molina, sillares de piedra hasta donde alcanza la vista, alternando con paredes encaladas y coquetos jardines mientras desde los balcones esquinados se asoman verjas de hierro forjado. Que Úbeda fue –y sigue siendo- ciudad de abundancia es algo de lo que da testimonio el casco antiguo que se desparrama más allá de la plaza, 25 hectáreas guardadas como oro en paño por dos murallas concéntricas que sucumbieron a las luchas intestinas de los irreconciliables Aranda y Trapera -de ahí la puñalada ‘trapera’-, siempre a la greña por el control del alcázar. Por eso a nadie causa extrañeza que las furgonas de la Policía aparquen junto a una comisaría que antes fue almacén de grano, trigo y cebada, ni que los chavales hagan botellón a los pies del convento de las Siervas de Jesús, abandonado hace seis años por falta de vocaciones, y antes ocupado por la que fuera suntuosa vivienda de Pedro de Toledo, virrey de Perú.

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Iglesia de Santa María de los Reales Alcázares.

Mirando al sur, pegado a lo que en otro tiempo fue el lienzo orgulloso de la muralla, se levanta Santa María de los Alcázares, un templo con vocación de catedral aunque relegada a la condición de segundo espada por la vecina Baeza. La iglesia acaba de concluir una restauración que dio inicio en 1983 y con la que se pretendía maquillar los desastres de la guerra, en este caso la Civil española, que destruyó todas las imágenes y el coro del siglo XVI, y convirtió el recinto en cuartel. Las tallas fueron expoliadas y quemadas durante los primeros compases de la contienda. Cuentan los más viejos del lugar que los milicianos arrastraron por el claustro y con una soga al cuello la figura de Jesús de las Aguas, para después destrozarla a hachazos y prenderle fuego. Se ignora qué males pretendían conjurar los exaltados con semejantes actos, pero les salió el tiro por la culata. La Virgen de Guadalupe fue salvada por un desconocido de entre las llamas y alimentó la leyenda. El artesonado de los techos apenas tiene cuatro años. Su factura es moderna como la de muchos pasos que allí buscan refugio y a los que los fieles les profesan la misma devoción que si tuvieran mil años.

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