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Sinfonía nacional

A grandes rasgos, el País Vasco es una comunidad autónoma formada por tres territorios históricos que se llevan mal

08.02.13 - 18:48 -
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Se llegó el diputado general donde el lehendakari y le dijo de fusionar las orquestas sinfónicas vascas. Fue entonces cuando comenzó ese ruido de fondo. Eran las costuras del país, tensándose. Y, bueno, se armó el lío. Fue el lío de siempre, el lío extraordinario, el lío fratricida. Lo cierto es que todo el mundo se comportó con la grandeza esperada. «Malditos vizcaínos», dijeron los guipuzcoanos. «Malditos guipuzcoanos», dijimos los bilbaínos. «Malditos seáis todos», imaginamos que dijeron en Vitoria, matizando un poco el asunto.

A continuación, y viendo que la situación requería grandes movimientos, lo que hicimos unos y otros fue bajar corriendo al bar, o al blog, y seguir pegando voces. San Sebastián: «Es la chulería bilbaína, quieren quedarse con todo, se construye con mi dinero el nuevo San Mamés.» Bilbao: «Es la envidia que nos tienen, quítale la Concha a San Sebastián y verás, se construyó con mi dinero el campo de Anoeta.» Vitoria: «Somos la capital, malditos seáis todos, pero un poco más los bilbaínos, se construyó con mi dinero el Guggenheim y el Euskalduna y el Puente Colgante y la reserva de Urdaibai...»

Unos y otros entendimos con rapidez lo que pasaba. Nos querían expoliar. ¿Quiénes? Ellos. Los vecinos. Esa gente que se aprovecha de nosotros, nos desprecia y nos envidia. Y esta vez su indignidad era mayúscula: querían robarnos, mancillar, abolir, menguar, exterminar nuestra orquesta sinfónica. Eso lo entendimos, por otra parte, al mismo tiempo que nos enterábamos de la existencia de esa orquesta. No importó demasiado. «¡Mi sinfónica! ¡Malditos! ¡Nunca!», gritamos poniéndonos de pie y agitando el puño frente a nuestra nariz y frente a la historia. Luego bajamos la voz y le preguntamos a ese amigo bien informado que todos tenemos: «Oye, explícame, esto de la sinfónica, ¿en qué consiste?, ¿desde cuándo tenemos una?, ¿lleva tilde 'sinfónica', no?»

La escaramuza de las sinfónicas es el último episodio de una guerra curiosísima. Porque, si se fijan, nuestro odio interprovincial no es tan atávico como pudiera pensarse. En realidad, la mayoría de ofensas que los unos atribuimos a los otros están recién hechas. Tienen que ver con infraestructuras novedosas, con rifirrafes deportivos de hace unos años, con aquello que dijo el tipo ese en la tertulia aquella de ETB.

Escuchándonos, da la sensación de que nuestra rivalidad de siglos va a cumplir cuarenta años. Y no es casual. Son los cuarenta años de democracia, los años de modernización del país, también los años del reparto de la tarta; unos años en los que nuestros políticos, en lugar de favorecer un discurso público de cierto nivel, han llevado a límites inverosímiles la dialéctica del agravio y el campanario. Lo han hecho, reconozcámoslo, con gran éxito. Y el resultado es fabuloso: su calculada mezquindad profesional ha terminado por justificar y propulsar nuestra pequeña mezquindad colectiva. Hoy incluso hablando de unas orquestas de música culta aflora la barbarie. Nuestra barbarie patriotera a pequeña escala. Malditos vizcaínos. Malditos guipuzcoanos. Malditos alaveses.

Lo que yo no sé es cómo vamos a arreglárnoslas el día en que ya por fin seamos independientes. Tampoco puede tardar mucho eso, no sé, con Laura Mintegi ahí, dándolo todo. Lo digo porque se da por hecho que la capital de la nueva Euskal Herria será Pamplona. Y, díganme, ¿quién demonios se creen que son en Pamplona? Tienen una sinfónica en activo desde 1873. Y la fundó personalmente Pablo Sarasate. Cuánta arrogancia. Qué presunción. Es del todo inadmisible. ¡Con mi dinero, maldita sea, con mi dinero van a hacer los Sanfermines!

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