
Piénselo un instante, ¿hace cuánto tiempo que no brota en Bilbao una nueva farola novedosa? Estoy de acuerdo: demasiado. La situación roza el escándalo. Ahora mismo, hay en la ciudad solo dos tipos de farolas: las viejas farolas y las viejas farolas novedosas. No hay nuevas farolas novedosas. En este aspecto, sufrimos un abandono intolerable.
Escudados en una repentina austeridad, los mandamases han dejado de apostar por las farolas imponentes. Se trata de los mismos mandamases que ayer destacaban por su compromiso con la alta creación farolística. En los últimos años ha vivido Bilbao un periodo de asombroso farolismo. Para demostrarlo, ahí están las farolas steampunk de Abandoibarra, las farolas-árbol del Euskalduna, las farolas extraplanetarias del Guggenheim, las farolas cromosómicas de la Plaza de Zabalburu...
Qué tiempos felices, ahora lo entendemos. Habitábamos un ‘Quattrocento’ de la farolería. La excelencia era entonces cotidiana. Había que remodelar, no sé, la placita del Bombardino Somorrostro y se planeaba allí un desembarco artístico de primer nivel. Y aparecía un diseñador lumínico italiano, o japonés, que hablaba de la Luz, pronunciando la mayúscula y sin quitarse las gafas de sol. «Bombardino Somorrostro pide unas farolas de convergencia sómbrica que faciliten lo que yo llamo el efecto tundra», decretaba. Y quinientos mil euros. Pero qué farolas.
Hoy en cambio se prioriza el ahorro y algo que llaman ‘gasto social’. Malditas, malditas guarderías. De pronto no hay dinero para farolas gigantescas, expresivas, arriesgadas. ¡Como si no fuese ese un gasto social! ¿Acaso no necesita nuestra pequeña sociedad nuevos estallidos de genio lumínico? ¿Acaso puede dejársenos ahora, después de haber estado tan arriba en el cielo con diamantes del faroleo, sin nuestra dosis de farolas gigantescas, expresivas, arriesgadas?
Y sería un error pensar que los años de bonanza farolística nos proporcionaban solo enormes cantidades de diseño y estupefacción. El beneficio era también intelectual. Y perdura. Un estudiante de psiquiatría, por ejemplo, puede quedarse mirando una de las farolas de la Plaza de Zabalburu y aprender, en diez minutos, más sobre patologías mentales de lo que aprendería encerrándose un año con Freud en los baños del Café Landtmann.
Pero ahora, ya lo ven, nos han cerrado el grifo. (¿Y cómo no recordar las fabulosas farolas que rodean la Plaza de Indautxu al escribir la palabra ‘grifo’?) El problema es que, farolísticamente hablando, los bilbaínos tenemos el gusto acostumbrado a lo mejor. Y hoy sentimos que vivimos iluminados por farolas previsibles, pasadas de moda. Necesitamos material nuevo y las autoridades deberían pensárselo. No me extrañaría que la ciudadanía terminase echándose a la calle para reclamar violentamente más farolas de mucho diseño.
Mientras eso ocurre, quiero recordar a los diseñadores de farolas con mensaje. No lo estarán pasando bien. Puedo imaginarles en sus estudios, barbudos y harapientos pero con las gafas de sol puestas, siguiendo su estricta dieta habitual de tequila, gominolas y LSD, profundizando en sus lecturas (Walter Gropius, Wittgenstein, Ezra Pound, El Caso, Hogar Hoy, el Necronomicón...) y dibujando compulsivamente en sus cuadernos. ¿Qué dibujan? Proyectos maravillosos, duele decirlo, que no podrán llevar a cabo por culpa de la cobardía política y de las malditas, malditas guarderías: la farola rebosante de vacío, la farola termogramatical, la farola infinita, la farola efímera, la farola tiranosaurio-rex...









