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El corazón de todas las Rusias

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El corazón de todas las Rusias

El Kremlin y la Plaza Roja de Moscú no solo abruman por su patrimonio arquitectónico, sino por el papel que juegan en el imaginario de un país inabarcable

25.01.13 - 18:01 -
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Por muy tieso que se conserve, empapado en formol y cubierto de parafina, más admirado aún que el brazo incorrupto de Santa Teresa, es fácil suponer que a Lenin no le entusiasme cómo ha terminado el cuento. Pensaba en ello la primera vez que entré en GUM, los grandes almacenes del Estado que dominan la Plaza Roja y el mausoleo en que descansa -es un decir, porque el trasiego es incesante- el ideólogo de la Revolución rusa. Antaño, la gente hacía allí colas que parecían no tener fin ante escaparates donde lucían, raquíticos, algún que otro par de zapatos y artículos de primera necesidad. Esa era, al menos, la impresión con la que volvían los turistas que viajaban a Moscú a comienzos de los 80, cuando las Olimpiadas eran otro escenario más donde las grandes potencias escenificaban sus diferencias y el gigante del Este vivía su particular Vietnam en las montañas del Hindu Kush. Treinta años después, cualquier parecido con aquella realidad es pura coincidencia. Los almacenes del pueblo, que ocupan un antiguo palacio y recuerdan a las milanesas galerías Vittorio Emanuele, sirven ahora de pasarela a marcas como Gucci, Chanel, Cartier, Armand Basi o Dolce & Gabanna. Allí se despliegan veladores en los que beber lo mismo una Baltika, la cerveza rusa por excelencia, que una copa de Moët. Incluso es posible ver a Mario Casas asomando del cartel de ‘Tengo ganas de ti’ para alborozo de estilizadas adolescentes a quienes las purgas y el Gulag les suenan a cuentos de vieja.

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La Plaza Roja es uno de esos lugares que abruman con su sola presencia. No son las catedrales o los museos labrados como joyeros, ni los muros ciclópeos, ni siquiera los desfiles con que el Ejército ruso trata de devolver el esplendor a un país inabarcable. Sencillamente, es imposible sobreponerse aquí al peso de la historia. Antes de que llegaran aquellos desfiles del 1 de mayo, entre regimientos orgullosos y misiles cargados con ojivas nucleares, por aquí pasaron Iván el Terrible, cuyo cadalso todavía se conserva al pie de la catedral de San Basilio; o Napoleón Bonaparte, supervisando desde la muralla el incendio de la ciudad que debía abandonar a la carrera; o Stalin, al que temían lo mismo sus amigos que sus enemigos. Desde las guerras contra suecos y tártaros hasta la Perestroika, el mundo no ha perdido nunca de vista este rincón, una de las plazas más imponentes que existen. La parafernalia soviética todavía asoma en las fachadas y a Lenin le han salido imitadores, la pose a cambio de unos rublos. Cada mañana, a las diez, las multitudes se deslizan hasta el mausoleo del padre de la patria. Una fila interminable que arranca en la consigna y que tiene prohibido detenerse, entre soldados de hechuras apolíneas y vestidos de gala. Nada de cámaras, silencio sepulcral y el mismo respeto que se respira en la cripta de San Pedro. Dio esperanza a mucha gente, pero sus herederos desataron también una época de tinieblas. Ryszard Kapuscinski habla de 50 millones de muertos en tiempos de Stalin, más de la tercera parte de la población actual de un país con la fortaleza de un oso pero demográficamente agotado.

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Según se accede a la plaza desde el río Moskvá, la silueta de la catedral de San Basilio atrapa todas las miradas, con sus cúpulas bulbosas de colores que envuelven nueve capillas, y con la que Iván el Terrible conmemoró la conquista de Kazán a los tártaros. Dicen que el arquitecto cometió la imprudencia de confesarle al zar que sería capaz de levantar otro templo igual de hermoso y este ordenó sacarle los ojos. El templo es como un cofre de orfebrería fina, el incienso reptando entre las salas y colándose tras el iconostasio, oculto a la vista de las fieles que se cubren el pelo y viven su fe con una devoción olvidada ya por estos pagos. O Santa María de Kazán, al otro extremo de la plaza, enfrentada al Museo Nacional de Historia con sus paredes de un rojo teja, y a la Puerta de la Resurrección, donde los turistas tiran una moneda de espaldas con la esperanza de que caiga dentro de un círculo de oro y se vean así bendecidos por la suerte. El espectáculo es sobrecogedor, no digamos ya si el viajero tiene la fortuna de coincidir con la parada militar y los coros del Ejército entonando todas las variaciones imaginables del himno nacional.

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El Kremlin es como se conoce en Rusia a las fortalezas amuralladas, centro del poder político y religioso. El de la capital, famoso por sus almenas de ladrillo rojo y sus veinte baluartes, comenzó siendo de madera cuando lo ordenaron levantar los primeros príncipes moscovitas, allá por el siglo XII, y domina la colina Borovitsky. Inaccesible al público hasta que Kruschev llegó al poder, el lienzo de la pared tiene un perímetro de 2.250 metros y las mejores vistas se disfrutan desde el otro lado del río. El conjunto es colosal, desde los jardines de Alejandro y la Tumba del Soldado Desconocido, donde acuden a diario las parejas de recién casados para inmortalizar el momento; hasta el rosario de torres, con nombres tan evocadores como del Secreto, el Salvador, la Trinidad o del Arsenal. Allí, en los jardines cuajados de parterres y fuentes monumentales, están las taquillas para acceder al interior de este castillo palaciego, donde es posible contemplar obras tan prodigiosas como una plaza a la que se asoman cinco catedrales. Las colas, una vez más, se forman desde primera hora, y constituyen un catálogo del Imperio más grande de todos los tiempos, que abarca desde el Báltico hasta las Kuriles. 166 etnias, desde coriacos y chechenos hasta uzbekos o buriatos. Ojo con los bultos que uno lleva consigo, sobre todo si se quiere acceder a la Armería o al Fondo de los Diamantes. La visita a la consigna es obligada, como se encargarán de recordarle después de una larga hora de espera.

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Una vez cruzado el puente de la Trinidad, la vista vuela al campanario de la Torre de Iván el Terrible, hasta la llegada de los soviets el edificio más alto de la ciudad y desde donde se domina la plaza de las catedrales. Allí están las de la Asunción, la iglesia de la Deposición del Manto de la Virgen, San Miguel Arcángel, La Anunciación... Todas maravillas de la simbología ortodoxa, frescos fabulosos trepando por las paredes, la luz macilenta de las ofrendas y volutas de humo elevándose a los pies del Pantocrátor, los popes enlutados y vigilantes ante cualquier atisbo de una cámara, con flash o sin él. Dicen que durante la Segunda Guerra Mundial, y con los nazis a las puertas de Moscú, el propio Stalin ordenó que se oficiara una misa en el corazón del Kremlin para atraer el favor divino. Y eso después de años de persecuciones. Las visitas tampoco pueden pasar por alto el Palacio de Los Patriarcas y la Cámara de las Facetas, cubierto de losetas renacentistas y considerado el edificio civil más antiguo de Moscú. Entre tanto lujo y derroche arquitectónico todavía hay sitio para el Gran Palacio del Kremlin, donde reside el presidente del país y se alojan las autoridades que le visitan. Con 700 habitaciones es difícil no encontrar una que se ajuste a los gustos más exquisitos. El goteo de turistas es incesante, previo paso por el Cañón del Zar y la campana de Anna Ivanovna, un gigante de bronce de más de seis metros de altura y 210 toneladas que nunca llegó a tañir. La fosa de fundición donde descansaba sufrió un incendio y el agua con que la enfriaron fracturó la estructura, arrancando un cascote de 12 toneladas. Las parejas y los niños se han encargado de que sea el rincón más fotografiado intramuros.

Hay, por lo demás, dos citas ineludibles en cualquier visita al Kremlin; dos museos que tienen la virtud de provocar admiración incluso cuando el atracón de arte roza ya el empacho. Se trata de la Armería y el Fondo de los Diamantes, dos museos que consumen una mañana y que son absolutamente deliciosos. El primero es, a decir de los expertos, el mejor del mundo en artes aplicadas, donde disfrutar lo mismo de una colección de relojes o de Biblias repujadas en oro, que de los famosos huevos Fabergé con que se agasajaban entre sí los miembros de la Familia Real. El más impresionante es el del Gran Ferrocarril Siberiano, pura filigrana rematada con un tren de oro y platino que lleva un rubí por faro. El pabellón, sin embargo, toma el nombre de las armaduras y pertrechos con que se equipaban todos los ejércitos que han pasado por este país, desde los tártaros hasta las huestes de Pedro I, vencedor sobre los suecos y artífice de la Rusia moderna. Y atentos, una exposición de arreos y carruajes. Lo que oyen, joyas de madera con estucados de fantasía que pertenecieron, entre otros, a Catalina la Grande, amante no solo de los jóvenes apuestos de la Corte sino de la velocidad.

En el mismo edificio se encuentra el Fondo de los Diamantes, una cámara de los tesoros donde admirar, por ejemplo, el zafiro más grandel mundo y el diamante de 190 kilates que Catalina regaló a su amante Grigori Orlov. O las tiaras y diademas que han ceñido las cabezas más ilustres del país, entre ellas la Gran Corona Imperial, cubierta con 5.000 brillantes y cincelada en oro y plata. Un remate de lujo para una visita imposible de olvidar, lo último que uno espera encontrarse en el palacio del proletariado.

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