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Exiliados de Doña Casilda

BILBAO AL FONDO

Exiliados de Doña Casilda

Hace más de tres años que se desinstalaron las legendarias canastas del parque. En su lugar queda una extensa cicatriz de color chicle

25.01.13 - 19:44 -
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Propulsado por mi zancada demoníaca, atravieso Gregorio de la Revilla. Soy un sputnik civil y ensimismado. Sorteo viandantes, sobrevuelo obstáculos, desafío la autoridad de los semáforos. Yo sí soy de esos tipos que andan rápido. Me arrojo a la calzada en la Gran Vía. Los coches celebran con pitidos mi audacia. Nada puede pararme. ¿Acaso no sigo siendo joven? ¿Y no es el mundo un lugar prometedor? Como una centella, entro al parque por Conde Arteche. Mi ímpetu desconcentra al niño lector de Lucarini y causa en la terraza del Toledo un rumor de vajilla desplazada.

Dos pasos más allá me paro y desfallezo. Me falta el aire, se me doblan las piernas. Y en un instante me hago viejo. Mi pensamiento, que era todo audacia y propulsión, también se detiene y se adensa, se hunde melancólico. Era un sputnik y soy de pronto un filósofo sufriendo una subida de ‘ubi sunt?’ Un señor me ayuda a incorporarme y me pregunta qué me pasa. Yo señalo hacia ese vacío y recito con voz débil: «Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora... campos de soledad, mustio collado».

Así todos los días. Es cansadísimo. Entrar en el parque y venirme abajo es todo uno. ¿La razón? Las canastas. O mejor aún: su ausencia. Su ausencia clamorosa y toda la carga de sinsentido que ésta implica. «¿Cómo hemos podido llegar hasta aquí?», pienso mientras retomo mi camino a paso de penitente. «Hemos cambiado unas pistas deportivas céntricas, llenas de vida y colorido, un generador de energía urbana, por un triste pasillo alfombrado de poliuretano: una desértica explanada del color del chicle viejo».

¿Ustedes no lo ven? Queda un hueco deprimente donde ayer estaban las canchas del parque. Ese hueco es un derroche y es una concesión. Es el «despedazado anfiteatro» que Rodrigo Caro identificó en las ruinas de Itálica. Lo es al menos para mí, que pasé tantas horas de mi juventud en esas pistas, jugando pachangas con amigos y desconocidos, elevando personalmente la práctica indiscriminada del tiro exterior a unos niveles que, sin exagerar, bien podrían hacernos pensar en una octava bella arte.

Dos decibelios fueron los culpables. Dos. Los vecinos del edificio Lezama Leguizamón denunciaron los ruidos que ocasionaban las pistas y un juez mandó desinstalar las instalaciones. Yo no entiendo mucho de leyes, pero en su momento leí la sentencia. Y me pareció que aquello que se prendía fuego y saltaba por la ventana era el principio de proporcionalidad. Si el problema era una cantidad mínima de ruido, ¿por qué no se acababa con el ruido en lugar de con las canchas? Prueben a trasladar ese maximalismo. «Parece que tiene usted un poco de presbicia», nos diría el médico sacando del cajón una inquietante jeringuilla. «Podríamos ponerle unas gafas y solucionarlo, pero será más lógico sacrificarle.»

Han pasado tres años desde que se desmontaron aquellos aros y todo se ha desvanecido. Hubo en su día protestas y hubo un concejal de Deportes que publicitó ampliamente cada una de sus sucesivas ocurrencias para resolver un asunto que nunca resolvió. El Ayuntamiento montó unas canchas nuevas en Abandoibarra. Y la trasera del edificio Lezama Leguizamón se convirtió en un silencioso cementerio urbano. Desde entonces reina allí el olvido previsto.

Yo a veces pienso que en otras ciudades, en otros países, la ciudadanía habría salido a defender las canchas del parque con civismo y argumentos. Al fin y al cabo, constituían un patrimonio colectivo, dotaban de vida al corazón de la ciudad y en ellas se daban con naturalidad muchas de esas cosas con las que tanto petimetre se llena en nuestro tiempo la boca y los bolsillos: deporte, multiculturalidad, juventud, integración. Sin embargo, nada de eso pasó. Es sabido que entre nosotros el asociacionismo ciudadano está infectado de política y la política es sencillamente una trama de ciencia ficción apocalíptica.

«Las torres que desprecio al aire fueron», escribió Rodrigo Caro frente a las ruinas de Itálica famosa. Y yo, cuando paso por el parque y veo las ruinas de las canastas, me hago deprimo y me hago viejo y creo que no entiendo nada. Aunque tengo la sospecha de que el clásico no hablaba de torres, sino de aleros exiliados e invencibles, con muelles en lugar de tibias y dos aros grabados a fuego en las retinas.

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