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Calles y fantasmas

BILBAO AL FONDO

Calles y fantasmas

Una lista de escritores de Bilbao: Unamuno, Larrea, Blas de Otero, Chesterton, Nabokov, Cyril Connolly, Hunter S.Thompson...

18.01.13 - 19:52 -
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Por ejemplo: Unamuno nació en la calle Ronda y creció en el 7 de la calle de la Cruz. Su Bilbao infantil fue un laberinto breve y sombrío: Arenal, Encarnación, Plaza Nueva, Santos Juanes... Juan Larrea nació en el número 2 de Henao y estudió en los Escolapios de Ajuriaguerra. Hizo la carrera en Deusto, donde conoció a un estudiante tímido que venía de Santander y se alojaba en el 44 de Iparraguirre. Se llamaba Gerardo Diego; pronto inventaría una generación. Blas de Otero vivía en el 4ª derecha del número 30 de Hurtado de Amezaga. Estudió en los Jesuitas, hizo tertulia en la Concordia. Siendo niño, se cruzó con Lorca en la plaza del Arriaga.

Pero mejor aún: a veces creo ver a Julio Ramón Ribeyro fumando en un mirador de la Ribera. Tiene el perfil afilado y el pelo como una tormenta de betún. Fuma locamente, Ribeyro. Bebe vino. Espíritu delicado, se resiste con ferocidad a emitir una opinión. Anoche gastó en unas horas el dinero que tenía para todo el mes. Mientras observa el ajetreo que hay frente al mercado, piensa en quién podrá dejarle lo necesario para seguir adelante. La alternativa es vender el centenar de libros que le acompaña desde hace años de hotel en hotel, de ciudad en ciudad. Son libros por los que siente un amor que no se atreve siquiera a describir.

Y ¿por qué no?: Chesterton vive al comienzo de Ibáñez de Bilbao. Su casa es antigua y sensata. Tiene techos altos, viejas alfombras. Está muy desordenada. Chesterton sale de ella dando un portazo y baja las escaleras -todo retumba- como un diplodocus que se fuga. La calle le ve aparecer despeinado y envuelto en abrigos extensísimos, vistiendo sombreros chafados, corbatas mal anudadas, bufandas que ha cogido sin darse cuenta del armario de su mujer. Más que con descuido, parece que viste con enfado. Pero él no puede verlo. Va demasiado embebido en sus pensamientos. Su cabeza centrífuga controversias, teorías, paradojas: es una máquina expendedora de argumentos. Chesterton entra a misa a San Vicente y se contiene para no rebatir al párroco. Por un momento le ha parecido que era Bernard Shaw. Después, da vueltas por los jardines de Albia, y fulmina con la mirada a un filisteo, y le hace fiestas en el pelo a un chiquillo mientras piensa si la lluvia de Abando es como la de Kensington y si será su nuevo barrio suficientemente épico, primario y fundado en la llama sagrada.

Hunter Thompson se ha mudado a uno de los pisos con terraza de las torres de Isozaki y ahora mismo toma el sol vestido con un pantalón corto y una camisa hawaiana. Lleva gafas de espejo y una gorra transparente de croupier. A su lado tiene una jarra de vodka y un maletín lleno de fichas de casino, notas para artículos y pastillas: pastillas multicolores para subir, para bajar, para chillar, para dormir, para saltar, para reír. Algunas noches Hunter Thompson saca un revólver de ese maletín y dispara contra el cielo de Bilbao mientras canta a gritos ‘Mr. Tambourine Man’.

Vladimir Nabokovabre la puerta de un sólido edificio burgués de Elcano y se detiene en la penumbra del portal. Ha olvidado cuál era la palabra en vasco que el encargado de las casetas de la playa de Biarritz utilizaba cuando él era un niño para referirse a las mariposas. ¿Misericoleta?

O Cyril Connolly, que ocupa un piso alto de las torres de Etxezuri. Tiene allí miles de libros y un lémur llamado Epicuro. Anochece y Connolly hojea el ‘Mauberley’ de Ezra Pound frente a los ventanales. «Este es el fin del capitalismo», se dice mientras observa las luces de la ciudad que se extiende a sus pies como una maqueta en llamas. «Es un juicio contra todos nosotros». Connolly dormirá después hasta el mediodía y bajará a desayunar al diminuto pub Rasputín de José María Escuza. Traje de tres piezas, sombrero ‘homburg’, cinco o seis periódicos y el último número de ‘Country Life’. Sentado en un taburete junto a la foto enmarcada de un cosaco, Connolly beberá café y leerá la prensa. De vez en cuando, una anotación con letra apretada en el margen del periódico: «Una ciudad no es más que la proyección conjunta de las certezas de sus habitantes. Y últimamente los fantasmas corren de mi cuenta. Ayer me pareció ver a Montaigne hablando con Byron junto a un taxi en Charing Cross».

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