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Las tías

Reunido en la esquina de la mesa familiar, aquel senado enjoyado y genealógico irradiaba oleadas de nostalgia

03.01.13 - 16:53 -
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Las recuerdo en las largas sobremesas de las reuniones navideñas de antaño, sentadas en una esquina de la mesa, impecables y contenidas, serias, extrañas, benefactoras, componiendo una especie de senado estricto y genealógico. Nos miraban las tías con una mezcla de amor incondicional y reprobación preventiva. Nos querían de lejos, nos conocían de cerca. A todos. Porque ellas estaban allí, en la familia, desde el principio mismo de los tiempos y nos veían al resto, también a nuestros padres y nuestras madres, a nuestros tíos más imponentes y resolutivos, como aquellos chiquillos llorones y caprichosos a los que tantas veces tuvieron que consolar y cambiar de pañales.

Nos daban muchos besos las tías al llegar. Nos agarraban la cara fuerte, con las dos manos, y notábamos entonces la transparencia fría de su piel, y un perfume antiguo y almizclado, y un crescendo de pulseras y sortijas agitándose. Venían las tías como de otro tiempo y se manejaban por la casa con rara familiaridad. Dejaban sus abrigos oscuros sobre alguna cama, también los bolsos invariablemente acharolados, las estolas fascinantes en las que los niños buscaríamos más tarde las garras monstruosas de un zorro estupefacto.

Concretando un poco, las tías eran tías carnales y tías abuelas, tías lejanas que llegaban de pueblos semilegendarios, tías solteras, altas, ancianísimas, a las que se les asociaba a veces el nombre de una calle misteriosa que yo no sabía situar en la ciudad. «Vienen a cenar las tías de Manuel Allende», decía alguien por la tarde, en la cocina, entre un rumor confortable de charla y cacerolas.

En aquellas reuniones, tras los postres, las tías cerraban más su flanco de la mesa y se abstraían por completo de la conversación general. Animadas tal vez por algún licor aceptado a regañadientes, comenzaban a hablar entre ellas. Lo hacían con una ligereza desconocida, abandonando su seriedad cardada y pantocrática. Y hablaban siempre de lo mismo, del pasado. Lo hacían con una fascinación profunda e incontestable, casi fanática. Sonriendo, cruzando las manos y mirando hacía el techo, desenfundaban recuerdos y ponían en pie un tiempo en blanco y negro en el que en la ciudad se daban bailes formidables y en el que la gente parecía tener otra consistencia.

El Bilbao del que hablaban entonces las tías parecía un lugar pequeño, seguro y hermoso. Todo allí estaba lleno de encanto. La música que sonaba por la radio era más bonita, la gente era más honesta, la comida sabía mejor, los seriales eran bárbaros y los artistas eran todos semidioses. Las tías recordaban con detalle en qué cine vieron cada estreno, dónde vivía cada vieja amiga, por qué calles paseaban los días de fiesta, a qué familia pertenecía cada comercio. Era aquel mundo del que hablaban un lugar lleno de gracia y tranquilidad. Había más dificultades, decían, pero también más alegría.

Las tías parecían convencidas de que el pasado no solo era entrañable; para ellas, también era superior. Y no parecían albergar ninguna duda al respecto, aunque incluso yo podía intuir que en su comparación había un fallo decisivo: ellas no parecían entender realmente el presente. Por supuesto, nadie en la mesa les decía nada. Las tías son el coro griego de las familias y los personajes que están en escena jamás contestan al coro.

Las tías, hoy lo sé, eran sentimentales, severas y profundamente inocentes. Me acuerdo mucho de ellas -son cosas mías- cuando alguien de mi edad me viene entusiasmado con la canción de los ochenta, Naranjito, el fútbol en la calle y la Bola de Cristal.

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