Paul Johnson lo describe como "el hombre más acaudalado del Imperio Romano y quizás el filántropo más destacado de toda su historia". Entre otras cosas, limpió los caminos de bandidos, reconstruyó el templo de Jerusalén y fundó Cesarea. Se sabe que en el 25 a.C., durante una gran hambruna, se deshizo de gran parte de su fortuna para alimentar a su pueblo. De nuevo Paul Johnson: "Su trabajo público -puertos, mercados, estadios, teatros, faros, carreteras, viviendas y jardines- fue muy apreciado: de ahí su popular sobrenombre, El Grande".
Estoy de acuerdo: cómo no sentir simpatía por semejante líder benefactor. Sin embargo, no deja de ser curioso que Herodes el Grande haya terminado pasando a la historia por una pequeñez. Lo de la matanza aquella. Todo es culpa de Mateo. Él cuenta en su Evangelio que, viéndose burlado por los Reyes Magos, Herodes "se enfureció en gran manera y ordenó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y sus alrededores".
Bueno, no sé, el típico pronto. Aunque ni siquiera hay pruebas de que aquello sucediese. Y, de haber sucedido, no es para tanto. ¿Quién no se ha enfurecido alguna vez con los chiquillos? Lo que ocurre es que uno no suele tener nada a mano y los chiquillos se llevan una colleja. Cuando lo que uno tiene a mano son las legiones de Roma, pues termina llenándose todo un poco de sangre.
El caso es que yo suelo acordarme de Herodes llegado el día de los Inocentes. Y sospecho que el único inocente en todo aquel asunto fue precisamente él: un filántropo fundador de faros y estadios que muy probablemente ni siquiera mató a los niños de Belén. Y, entre nosotros, tampoco podía haber tantos niños en Belén...
Poniéndonos en el peor de los casos, a Herodes los Reyes Magos le estaban toreando. Y ese hombre saltó. Puedo entenderlo. Existe un momento en que el indicador de la paciencia de cualquiera llega al límite. Es entonces cuando se nos acelera el pulso, se nos nublan los ojos y nos invaden unas ganas difusas pero apremiantes de armagedón. Y damos un puñetazo en la mesa. En esa fracción de segundo ocurre algo decisivo: un escafoides haciéndose añicos, un espíritu humano que se libera.
Derecho sagrado al mal carácter
El derecho sagrado al mal carácter debería contemplarse en la Declaración Universal de Derechos Humanos. Sobre todo en esta época nuestra tan propensa al emoticono moral y la autoconmiseración. También a cierto pragmatismo materialista. Enfadarse a lo grande es una cosa que no conviene, trae problemas. Puede que te despidan, que te detengan o que incluso pierdas amigos en Facebook. Sin embargo, también es algo que te sitúa en el mundo. Cuántas veces una mirada asesina lanzada a los ojos adecuados, un exabrupto cortante e inesperado, un portazo en el despacho preciso, son algo así como un GPS que nos localiza en el mapa despoblado de la dignidad personal.
Aguarda en el enfado de dimensiones bíblicas una gran virtud liberadora. La tarde de Navidad coincidí con una pareja en el semáforo de Alameda de Urquijo con Ercilla. Unos sesenta años, bien vestidos, cargaban con bolsas que hacían pensar en el regreso de una comida familiar. Ella parecía sofocada, nerviosa. "Qué animal eres, qué animal", repetía. "¿Cómo has podido decirle todas esas cosas a mi hermano?" Él, un hombre común, parecía haberse quitado un peso enorme de encima. "Pues ya lo has visto", le decía dulcemente a su mujer, cogiéndola del brazo. "Es que me he enfadado". Y sonreía. Y se elevaba un poquito sobre las puntillas. Y bajaba la cabeza. Daba la sensación de estar disimulando que era la persona más feliz del mundo. Como si supiera que, después de la que acababa de organizar, a él también iban a conocerle los siglos venideros como El Grande.










