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Nada más que un juego

La muerte de un linier en Holanda y varios sucesos bochornosos en campos de fútbol vascos obligan a una reflexión

12.12.12 - 17:20 -
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Alrededor de 12.000 personas despidieron el pasado lunes en Almare, cerca de Amsterdam, a Richard Nieuwenhuizen, el juez de línea fallecido como consecuencia de los golpes que le propinaron tres chicos de 15 y 16 años, jugadores del equipo juvenil del Nieuw Sloten. Como no podía ser de otra manera, el suceso ha tenido un impacto enorme en Holanda, país de futbolistas. Las reacciones han sido las esperadas: estupor, preocupación, indignación, extrañeza... Michael van Praag, presidente de la Federación Holandesa de Fútbol, tuvo que salir a la palestra y aseguró que los jugadores jóvenes deben aprender la diferencia «entre el enfado y la agresión», que es una de esas frases que le dejan a uno pensando. ¿Tan mal estamos como para que una perogrullada semejante sea lo máximo que se le ocurra en un momento así a la máxima autoridad futbolística de un país?
Sin llegar a un nivel tan trágico como el del caso Nieuwenhuizen, por estos lares llevamos unos días leyendo noticias bochornosas sobre sucesos acaecidos en partidos de fútbol de categorías inferiores. Hace un par de semanas, el padre de un jugador del Romo no tuvo mejor idea que soltar un botellazo en la cara al delegado del Santutxu en el campo de Mallona. Y todo por una pequeña discusión intrascendente, que es como, bien mirado, deberían serlo todas las que se producen durante un partido. Y más si los que lo juegan son niños. Hace unos días, trascendió también una bronca entre padres en Barrika. Jugaban alevines. La cosa terminó con uno de los equipos abandonando el terreno de juego. ¡Qué imagen patética la de unos niños de once años retirándose del campo, entre insultos de unos y otros!
El pasado fin de semana, esta carcoma –la de la estupidez, se entiende– llegó al fútbol femenino, al que uno, en su ingenuidad prejuiciosa, creía algo más modosito. Pues bien, de eso nada. Al término de un partido de la Segunda División de la Liga Vasca, dos jugadores del Pauldarrak de Barakaldo propinaron un puñetazo a la portera del Castejón de Tudela y le rompieron el frenillo de la boca. Según confirman algunos testigos, antes y después de la refriega se escucharon insultos y hasta amenazas de muerte. Un espectáculo de lo más reconfortante, vaya.
Como sucede en estos casos, la pregunta surge de inmediato, cargada de indignación más o menos sacrosanta. ¿Qué está pasando? Cada cual tendrá su respuesta. Reconozco que la mía no es muy original. Sinceramente, no creo que esté pasando nada. Nada nuevo, quiero decir. Hace bastante tiempo que el fútbol, en sus categorías escolares, ha dejado de ser, en gran medida, esa escuela de vida a la que se refirió con admiración y nostalgia Albert Camus. Supongo que las razones por las cuales el fútbol ha perdido buena parte de sus facultades educativas son muchas y variadas. Como lo son, por decir algo, las razones que empujan a tantos millones de personas a consumir televisión basura o las que han provocado que los comas etílicos entre los adolescentes vascos, según se informaba en la edición del lunes de este periódico, hayan aumentado en un 155% durante la última década.
Sin ser un experto, puedo decir que he consumido fútbol escolar en cantidades suficientes como para atreverme a dar una opinión, aún a riesgo de hacer sociología de baratillo. Nadie discute que los juegos son educativos. Nada más bonito que ver a un niño pequeño jugando (y si es solo, absorto en el mundo fascinante que él mismo crea, mucho mejor). El problema surge cuando de lo que se trata es de hacer educativa la competición. Aquí empieza a agrietarse el edificio, tirado abajo por aquéllos que, por muchos años que hayan cumplido, por muchas canas que peinen y guardias en frías garitas hayan hecho, siguen teniendo un sentido absolutamente infantil de la competencia. Ya saben: son esa gente que sufre las derrotas como una afrenta personal en su orgullo, como un castigo siempre inmerecido, y se desvela y necesita hacer verdaderos esfuerzos para no perder los estribos cuando el rival le supera, y acaba buscando excusas hasta debajo de las piedras, sin ningún sentido del ridículo. Los hay a porrillo en las gradas de cualquier deporte. Incluso en los mejores banquillos. Suelen decir de sí mismos que son muy competitivos. Por supuesto, no se pierden un partido de sus hijos.
Viendo sus reacciones, uno no puede dejar de entender lo que ocurre por esos campos de Dios, escenarios de tantas emulaciones. Porque la competición deportiva sólo sirve para educar cuando, entre sus enseñanzas, aparte de virtudes casi canónicas como valor del trabajo bien hecho, el tesón, el esfuerzo, el afán de superación, la bravura y el carácter, incluye un par de atributos imprescindibles. El primero es el aprendizaje de la frustración. Hay que sabe perder como un caballero. Lo ideal sería exhibir la contención extrema de aquel lord inglés que, en el funeral de su suegra, viendo cómo a su mujer se le escapaba una lágrima delante del ataúd de su madre, se lo recriminó con sequedad: «Basta ya, querida. No somos italianos». Sin llegar tan lejos, qué menos que exigir estilo y nobleza en la derrota, y sentir que no hay mayor ridículo que protegerse con excusas. El segundo atributo tiene que ver con algo parecido a la sensatez. Si educar es también enseñar a establecer prioridades, ¿cuántos deberían recordar que esto no es más que un juego?
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