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¿Navidófilo o navidófobo?

BILBAO AL FONDO

¿Navidófilo o navidófobo?

Llegan las navidades y el mundo se declara a favor o en contra de las fiestas con una determinación incuestionable

14.12.12 - 19:38 -
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Hay gente acumulando provisiones en el sótano del que no saldrán hasta el 7 de enero, gente que baja esas escaleras misantrópicas sin más luz que la que proyectan sus ojos inyectados en sangre, gente que comprueba los cerrojos mientras encadena sustantivos funestos: «villancicos, mazapanes, paparruchas...»

Hay gente, en cambio, que coloca en su casa los adornos con el cuidado con el que ajustarían las piezas de un universo feliz que está por estrenar. Es gente que tararea canciones que hablan de renos aunque ellos jamás han visto un reno. Se trata de gente que intuye el reflejo de esas luces y simplemente se siente bien, como si de pronto les hubiese empezado a guionizar el espíritu Frank Capra.

Ya está aquí la Navidad, un periodo de multitudes, festines y regalos. También uno de posiciones contundentes. Porque la gente, que se muestra tan timorata para tantas cosas, se declara a favor o en contra de las fiestas con una determinación incuestionable. «Me encantan estas fiestas», dice el familiar que exuda boletos de lotería y conspira amigos invisibles por las esquinas. «Detesto la Navidad», asegura el compañero de trabajo que boicotea cócteles de empresa y asegura que cenará solo, y en un chino, el día 24.

El nivel de significación es máximo. Todo el mundo se proclama navidadófilo o navidófobo, según toque, sin términos medios. Y yo echo de menos un poco de indefinición. Porque también deben de existir los que no tienen muy claro si les gusta o no la Navidad, los que no se han parado a pensarlo, a los que les da más bien igual. Lo confieso: yo estoy entre ellos. A mí me preguntan si me gusta la Navidad y me encojo de hombros. Si estoy especialmente locuaz, puede que entre en detalles: «Psé, ¿sabes? Un poco, no sé, como que psé, pero bien, claro. Y eso. ¿Me explico?».

Todo es muy raro. A mi alrededor la gente apuesta por la felicidad o por la depresión y es como si yo no hubiera tenido tiempo a ponerme con el tema, como si hubiese llegado tarde a la reunión de las conclusiones navideñas. Para mí la Navidad es un poco psé, ¿no?, más o menos... Y además es un trampolín divagatorio. Porque yo me paro a pensar sobre el asunto y me acuerdo de mi abuelo. Mi abuelo era carlista, manco y de Balmaseda. Llegadas las fiestas, repetía que lo de los árboles con luces era una costumbre pagana. Yo me acuerdo de eso y me río al ver los árboles que la municipalidad distribuye por la ciudad. El ejemplar de la plaza de Indautxu, por ejemplo, tan enorme con sus bolas rojas y plateadas...

«¿Cómo le explicará semejante trozo de paganismo Azkuna al obispo?», me pregunto mirando el árbol de Indautxu e imaginando que se trata nada más y nada menos que del Idrail, el árbol del universo que, según la mitología nórdica, separa el Valhalla de los infiernos. Porque parece que sale de ahí la costumbre del abeto. Y conste que mis conocimientos de cultura hiperbórea no provienen de los libros de antropología, ni de las lecciones de mi abuelo, sino de los tebeos de Thor. Fue la Marvel nuestra ‘Enciclopedia’; fue Jack Kirby nuestro Diderot.

Si ya les digo que todo es muy raro: yo veo un árbol de Navidad y me acuerdo de mi abuelo, que era manco y de Balmaseda, y luego de Thor, que era rubio y más bien de Asgard. Para esas alturas ya me he distraido y ni siquiera recuerdo por qué estoy mirando el árbol de Navidad que tengo delante. Así no hay quien tenga una opinión sobre las cosas. Luego en una fiesta multitudinaria y triste alguien que lleva un gorro de Santa Claus me preguntará si he puesto el árbol y yo contestaré muy serio que eso es una costumbre pagana. Y, de vuelta a casa, en medio de la Gran Vía incendiada de azul intenso, rodeado de escaparates nevados y carboneros mágicos que ascienden fachadas, me diré a mi mismo, durante un segundo, que espabile. Porque alguna impresión deberá causarme todo esto.

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