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BILBAO AL FONDO

Chicas de Deusto

Era un miércoles tranquilo de noviembre y de pronto el móvil se me llenó de muchachas desnudonas...

06.12.12 - 16:57 -
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Eran las cinco de la tarde de un miércoles y el móvil comenzó a centrifugar, chiflar y llenárseme de tías en pelotas. «Qué existencia salvaje la del columnista», pensarán ustedes. «Tías en pelotas... ¡En día laborable!». Por desgracia, el fenómeno no tenía que ver con mi vida personal, sino con el perfil de mi agenda de contactos. Digamos que yo sí conozco a la clase de individuos que, entre levantar el país y difundir porno, eligen siempre la segunda opción. Los tengo agrupados en ‘Amigos del alma’.

Mientras el móvil se me iba volviendo un vibrante souvenir de Sodoma, llegaba el ‘crescendo’ de noticias alarmadas: el wifi de Deusto pirateado, cientos de fotos de alumnas desnudonas, profesores detenidos, una de las estudiantes suicidándose en no sé dónde... El histerismo era notable y yo hice lo que tenía que hacer: encerrarme en mi estudio, encender el flexo de reflexionar y comenzar a repasar las fotos, una por una, minuciosamente, al máximo detalle, movido por mi conocido amor por la verdad humana y mi inquebrantable compromiso con la profesión periodística.

Entonces reparé en aquel papel pintado. Una de las presuntas ‘pin-ups’ de La Comercial posaba sobre un fondo de anchas rayas turquesas y grises. Y ese papel pintado no era español. En nuestro país las ‘pin-ups’ resaltan siempre sobre fondos inequívocos de gotelé. Delante de un Gernika tallado en madera regalo de la Caja de Ahorros, las más comprometidas con la escenografía. «Más que de Deusto, esta muchacha me da a mí que es de Connecticut», decreté yo entonces, sabiendo como sé que ese papel pintado de rayas insostenibles es muy del gusto de cierta clase media desorientada de Connecticut.

Con mi hallazgo, di por zanjado el asunto. A partir de entonces ni siquiera dejaba hablar a la gente que me venía con lo de Deusto: «Nada de Deusto, Connecticut. Y no tengo más que decir.» El bulo tardó unas horas en desactivarse, probablemente gracias a la perfección fungible de la historia y a la torpeza de quien olvidó que reaccionar ante un rumor es siempre apuntalarlo. Pero, bueno, aquellas fotos no eran de chicas de Deusto; llevaban meses circulando por la Red. Lo increíble es que al día siguiente hubo en Deusto una concentración beatífica de alumnos. Condenaban el asalto a su privacidad. Fue uno de esos episodios que nos definen a la perfección: la solemne, decidida y ejemplarizante repulsa de un hecho que no ha sucedido.

«Las nuevas tecnologías tienen cosas buenas, pero también cosas malas», le dijo una de las alumnas concentradas a los periodistas. Por su asertividad y tensión dialéctica, debía de ser estudiante de Filosofía. «Es una cosa que nos puede pasar a cualquiera», dijo otra, obviando algo que para entonces ya parecía claro: que era también una cosa que no había pasado en absoluto. La prensa aseguró que incluso había profesores en aquella toma de postura colectiva contra la ficción. Se conoce que también los profesores son capaces de cualquier cosa con tal de no ir a clase.

Y lo mejor es que el eco de lo de Deusto reverbera. Todavía hay quien se rasga las vestiduras por las fotos de las chicas sin vestiduras. Y no sorprende más su indignación que su incredulidad. "Las nuevas tecnologías", dicen. A mí me recuerdan un poco a las damas del Ejército de Salvación hablando del demonio del alcohol en Tucson City. Porque yo pensaba que todos sabíamos ya que la Red es un gran salón donde se celebra la inteligencia y un antro lleno de borrachos que buscan pelea; una biblioteca sofisticadísima, de dimensiones inconcebibles, y un patio de vecinos, del mismo tamaño, atiborrado de chismosos crueles y malintencionados. La Red es una plaza soleada donde aguardan descubrimientos decisivos y también un callejón donde habrá muchachos que se equivoquen y destrocen sus vidas. La Red es el mundo. Sin más. Y en una universidad debería mantenerse la calma ante las cosas del mundo. Porque lo que fue será y lo que se hizo se hará: no hay nada nuevo bajo el sol. Y esto no lo digo yo, lo dice el Eclesiastés, ese libro estupendo que acabo de consultar con el móvil, en un segundo, tras pedirles a las chicas expansivas de Connecticut que se hagan a un lado, por favor.

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