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BILBAO AL FONDO

Sentarse en Groenlandia

Llega la temporada atroz de las terrazas invernales. No hagan caso cuando un fumador les diga que hay sitio afuera

29.11.12 - 13:28 -
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Llegadas estas fechas, yo me acuerdo mucho del capitán Scott, el héroe de la Antártida. Es gracias a Trinidad Jiménez. También a Leire Pajín, supongo. Fueron las ministras que pusieron en marcha la Ley Antitabaco de 2011, la que prohibe fumar en recintos hosteleros cerrados y nos empujó a todos, fumadores y no fumadores, a uno de los escenarios más extremos e inhumanos que puedan imaginarse: la terraza invernal.

Sí, creo que también debo estarle agradecido a Leire Pajín. De hecho anoche, mientras luchaba contra el frío en una terraza del centro, me pareció oír su nombre. Era como si lo aullase un coro de lobos polares. Y como si su canto ascendiese propulsado por los vientos hiperbóreos. Ocurre que la mala perfusión cerebral provoca alucinaciones auditivas. Es un síntoma de hipotermia: «Pajín, Pajiiín, Pajiiiiiín».

Lo mejor de todo es que yo ni siquiera fumo. O sea que moriré por congelación en una terraza, pero de rebote. Porque yo no fumo, pero siempre hay a mi lado alguien que lo hace. Y suele ser alguien que ha desarrollado una extraordinaria habilidad para conducir grupos humanos hacia su propia aniquilación.

A ese alguien fumador le basta una frase en el momento preciso, antes de entrar al bar: «Hey, qué suerte, hay sitio en esa terracita». Y todos le seguimos. Da igual que la terraza esté vacía y que, para llegar a ella, haya que apartar estalagmitas a patadas. Yo creo que la clave está en el diminutivo. Terracita. Es un caso de eufonía catastrófica, uno de esos cantos de sirena del lenguaje. ¿Quién puede resistirse a una terracita, con todas sus felices connotaciones: verano, vacaciones, ocio, sol, chancletas?

Pero estamos en diciembre y se pone a granizar y la terracita es la embajada fantasma de Groenlandia en Bilbao. El temor a quedar como una nenaza te impide plantarte y decir que hace frío y que sería mejor entrar al bar y que el que quiera fumar salga y se las vea en solitario con la intemperie y con el Yeti. Sería tan sensato. Pues no. Un estallido de instrucciones logísticas y sillas que se arrastran te indica que ya es tarde para eso.

«Se está bien, ¿no?», dice el amigo fumador dejando la cajetilla y el mechero sobre la mesa. Y tú contestas que sí y piensas en cuál será el dedo que te amputarán primero. Entre la niebla gélida y el aguanieve, crees ver cómo sale un camarero del bar, envuelto en goretex y haciendo señales con una linterna, precedido por dos sherpas que gritan palabras desesperadas en nepalí.

A partir de ahí, comienzan a pasar las horas. Y el ocio se transmuta en una épica lenta y blanca. Yo no quiero exagerar, pero he estado a las once de la noche en terrazas de Bilbao que eran el frente de Stalingrado. Había en ellas castañeteos y convulsiones, narices congeladas, miradas perdidas, dificultades cognitivas y la certeza colectiva de una muerte absurda e inminente.

Todo eso, claro, mientras no dejaban de pedirse bebidas con hielo. Porque una cosa es la hipotermia y otra beberte un colacao y echar por tierra una reputación de años. En esas terrazas trágicas la gente disimulaba y desvariaba mientras repetía mentalmente la que tal vez sea la palabra más hermosa del idioma castellano: ‘calefacción’.

Comienza, en fin, la temporada de terrazas invernales. Díganle hola a eso que viene por ahí: es una neumonía. ¿Cuántas bajas habrá en las próximas semanas? ¿Qué espantosas escenas viviremos? Lo único bueno de todo esto es que los mensajes de móvil que se escriben a ciertas horas desde las terrazas polares quedan repletos de dignidad y desesperación, como aquellas cartas famosas del capitán Scott: «Querida, la situación es inhumana. Aguirre se ha pedido otro gintonic. Balbucea. Solo quedamos nosotros. Yo pienso en los niños: sé que les darás una buena educación. Ayúdales a conservar el recuerdo de su padre, que no salió a la aventura hibernal buscando gloria y placeres mundanos, sino rindiendo un alto servicio a la humanidad y a la hostelería. Una esfera blanca nos rodea, nos ciega, nos asfixia. El viento hiere como una lluvia de cuchillos. Aguirre ha pedido otro gintonic. Es hora de afrontar lo inevitable. Que Dios se apiade de nosotros».

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