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Taladro y estilo

BILBAO AL FONDO

Taladro y estilo

De pronto entiendes que el ruido que atraviesa las paredes de tu casa, no tiene que ver con el bricolaje y un vecino desalmado, sino con la pura inspiración

23.11.12 - 19:30 -
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Cierro los ojos, me concentro, afino el oído... Y no consigo escucharlo. Nunca antes había necesitado tantos esfuerzos para sentir su presencia. Se entenderá mi desconcierto. Porque, desde que no está, no hago nada a derechas. Me resulta imposible pensar y sacar adelante lo que escribo. Yo nunca imaginé que su ausencia iba a acarrearme esta orfandad, esta inquietud, este profundo desconcierto. Llevo una semana así. Una semana sin él. Y creo que comienzo a estar desesperado. Solo me queda dar un paso adelante y gritarlo aquí: ¿Dónde estás, vecino del taladro?

Mi pérdida es dramática. No recuerdo una etapa de mi vida sin vecino del taladro. Yo era un niño y ya me despertaba aquel sonido inconcreto y perforante, aquel rumor de broca desbocada. «Alguno que está de obras», decían los mayores. Pero pasó el tiempo y no podía ser. Nadie hace una reforma personalmente y durante años, día tras día, sin más herramientas que un solo taladro de pequeño calibre. Y ninguna reforma ajena se muda con nosotros cuando cambiamos de piso. Porque yo crecí, y me fui de casa de mis padres, y cambié varias veces de domicilio. Y el vecino del taladro se vino siempre conmigo.

Al principio, me sacaba de quicio. Yo era joven y arrogante. Me instalaba en un piso nuevo y al segundo día estallaba el soniquete metálico. Yo estallaba por mi parte en vistosos accesos de furia y componía terribles teorías sobre el ruido y sobre España. Bueno, y sobre el extranjero también. Porque incluso en mis viajes me acompañaba el vecino del taladro. Sé bien lo que es despertar en los hoteles del mundo y comenzar a escuchar el inconfundible estruendo asordinado. «¿Qué sofisticada clase de chiflado malnacido viaja por ahí con un taladro?», me preguntaba entonces fuera de mí. Y convenientemente puesto a tono mental, me echaba a la calle a hacer turismo. Ahora entiendo que el taladro matinal seguía sonando en mi cabeza cuando la Capilla Sixtina me parecía un cuarto cursi de calderas y Versalles un centro comercial de inspiración postsoviética.

De regreso a casa, dejar las maletas y brotar en el piso de arriba (¿por qué será siempre en el piso de arriba?) el ruido de un taladro era todo uno. Se trataba de una bienvenida, de una puesta a punto temperamental. Y hasta ahora no me he dado cuenta de que era la clave de todo. Porque yo después me sentaba a escribir. Y en su modesta medida mis textos parecían caer bien por su punzante punto de vista, por su ruido verbal, por su metálica ironía. ¿Cómo no supe verlo antes? En España las musas son el vecino del taladro. Era aquel ruido tosco y enervante el que me espoleaba la prosa y me iba esculpiendo el pensamiento. Impulsado por el omnipresente ruido del taladro, tenía yo rápidamente una opinión sobre cualquier asunto, un juicio irrebatible sobre cualquier persona. Y siempre eran mis posturas lo suficientemente tajantes, agudas y pendencieras.

Pero ahora, ¿dónde está mi vecino del taladro? Siete días sin él y me doy cuenta de que necesito de su sinfonía urgente y camorrista para volver a ser el que fui, para abrirme camino y tener una visión inmediata del mundo y de sus controversias. En silencio, maldita sea, no hay quien piense. Por eso intento hacer el ruidito del taladro con la boca («Trrrrr, trrrrr, trrrrrrrrrrrr»), pero no funciona. Y además lleno la pantalla del ordenador de babillas. La situación es desesperada. Mi única opción consiste en que el resto de los articulistas del país se hayan quedado también sin sus respectivos vecinos del taladro. En caso contrario, soy hombre muerto. Yo que ayer fui incisivo y seguro de mí mismo. Y aquí estoy ahora, huérfano de inspiración sin mi taladro, como un poeta lírico que se detiene ante una rosa y no consigue sentir más de lo que sentiría delante de una turbina, un ministro o un brócoli.

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