El otro día, en un restaurante famoso, hablé con un cocinero renombrado. Él iba vestido de cocinero y yo me acordé sin querer del cocinero sueco de los Teleñecos. Imagínense la escena: aquel hombre me contaba cosas muy serias sobre «lenguajes» y «paradigmas» y yo recordaba a la querida marioneta feliz y bigotuda que terminaba siempre lanzando espumaderas por los aires, cantando chifladamente en sueco y diciendo «¡Bork, bork, bork!»
Digamos que la comunicación entre el cocinero famoso y uno mismo fue del todo imposible. La culpa fue mía, claro. Desde aquí eximo de cualquier responsabilidad al cocinero famoso. También, ya puestos, al cocinero sueco de los Teleñecos. Ambos son criaturas compuestas de materiales blandos que viven haciendo extravagancias y peleando contra el olvido. Bastante tienen con lo suyo.
Lo curioso, creo yo, fue que el cocinero dijese «paradigma». Eso no ayudó mucho a nuestro entendimiento porque a mí me dicen «paradigma» y me entran ganas de contestar «epistemología» y a partir de ahí ya me distraigo. Pero, díganme, ¿qué hace un cocinero hablando de paradigmas? ¿No debería hablar más bien de tradiciones o escuelas de cocina? O mejor aún: ¿un cocinero no debería cocinar?
Conozco a un gestor cultural -o algo parecido- que en lugar de decir «charla» dice «externalidad activa volcada a la interrelación». Este hombre a su propia vida -o lo que sea- la llama «espacio biográfico de proyección individual». También tengo localizado a un político local que acostumbra a declarar ante los periodistas que tiene una opinión «no negativa» sobre tal o cual asunto. No es raro, ahora que lo pienso, que los periodistas llamen «mercurios» a los termómetros y «esféricos» a los balones. Y el otro día escuché a uno de esos gurús de la empresa moderna explicar en público, frente a una pantalla muy chula en la que iban apareciendo alfabetos y caballos trotando junto al mar, que las personas somos «lingüísticamente generativas».
El Padre Isla ya ridiculizó en su novela famosa a los clérigos que medraban llenando sus prédicas de palabras ampulosas y majaderías rimbombantes. Doscientos y pico años después, se diría que esos clérigos se han multiplicado. Lo cierto es que están por todas partes y acumulan éxito y reconocimiento. Hoy los clérigos aparecen disfrazados de políticos, líderes de opinión, 'coaches' empresariales, gestores culturales, consultores, analistas, tertulianos, entrenadores 'chics' y cocineros vanguardistas. Todos utilizan expresiones rarísimas. Todos dicen con diez palabras lo que podría decirse con una.
Lo llamativo es que su truco, tan viejo, sigue causando gran efecto y confundiendo al público. La gente se traga del todo el anzuelo hipersilábico. Como si la acumulación de sobresdrújulas, sintagmas enrevesados y conceptos emperifollados no escondiese en el mejor de los casos a un vanidoso y en el peor a un timador. Teniendo en cuenta que la realidad suele apostar por el término medio, la mayoría de las veces lo que queda detrás de los gerundios es un timador vanidoso. Y, reconozcámoslo, resulta fascinante verlo en acción. Ese tipo que se planta con su micrófono inalámbrico frente a un auditorio boquiabierto para decirles lo mismo que decía el viejo y querido cocinero sueco de los Teleñecos, o sea, la pura nada: Bork, bork, bork. Y el cocinero sueco estaba al menos hecho de gomaespuma, llevaba una pajarita rosa y tenía muchísima gracia manejando aquel cuchillo.










