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Con las cenizas del perro en el salón

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Con las cenizas del perro en el salón

Cada vez más vizcaínos optan por incinerar a su mascota y guardar sus restos en una urna o dentro de joyas

08.12.13 - 00:02 -
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Vídeo: Virginia Melchor / Pablo del Caño

En una urna y tan cerca como en el salón por el que hasta hace unos días correteaba. El sacrificio o la muerte del animal que ha sido fiel compañero durante años no implica necesariamente la separación definitiva. Cada vez son más las mascotas, especialmente perros y gatos, que siguen con sus amos en Bizkaia después de muertas. La integración en vida es a menudo tan estrecha que algunas familias deciden incinerar al perro y recuperar luego sus cenizas, guardadas en una urna funeraria en casa. “Cada mes realizamos un centenar de incineraciones colectivas, con los restos de varios animales a la vez, y cuarenta individuales para que se puedan llevar las cenizas a casa”, apunta Lorea Polo, de la incineradora Inade en Orozko, que lleva en marcha dos años y medio.

A falta de cementerios de animales, como en otros países, la cremación constituye el mejor sistema para deshacerse del cadáver de una mascota. Pero para algunas personas tener sus cenizas cerca implica un consuelo. “Lo llevan al veterinario para certificar que está muerto, y después lo mandan aquí para poder cerrar el proceso de duelo”, explica Polo. La legislación europea establece la obligatoriedad de incinerar a los animales muertos “porque se consideran residuos”. Una cuestión de salud pública que en muchos casos se convierte en un ritual funerario muy similar al de las personas. “Lo normal es que la familia incinere a su mascota con su pelota, manta o juguete favorito, pero también hay quien introduce rosarios o estampitas”, dice Polo.

La mayor parte de las incineraciones son colectivas porque son más baratas. “Cuestan 50 euros pero no se pueden recuperar las cenizas”, explica. Las individuales (con transporte, velatorio, cremación y urna incluidos) rondan los 200 euros, aunque depende del tamaño del animal.

La misma empresa se encarga de recoger la mascota, en casa o en la clínica veterinaria, y de llevarla al crematorio. En Inade también tienen preparada una pequeña sala donde los dueños se despiden de ella y en la que, según Polo, “se han derramado muchas lágrimas”. No es necesario, lógicamente, presenciar el final del proceso, que dura en torno a hora y media, aunque las familias tienen la posibilidad de ver a través de un cristal cómo se introduce a su mascota en la incineradora. “A la mayoría le gusta comprobar que es su animal el que va a ser incinerado. Hubo una señora que se sentó frente al horno durante todo el proceso porque no quería perder de vista a su perrito”.

Los demandantes de este servicio son, fundamentalmente, dueños de perros y gatos, aunque hay excepciones. “Hemos tenido conejos, cobayas, loros, tortugas…y hasta una rana”, recuerda Polo. Y es que el cariño no entiende de tamaños ni de fidelidades. Ni de ritos. Porque ha habido quien ha preferido seguir un ritual budista para despedir a su animal.

Hay urnas de todo tipo, a gusto del cliente. La estándar, que entra en el precio de la incineración, es de madera, de metal o de cerámica. Éstas últimas están pintadas a mano por una vecina de Orozko, para “transmitir el cariño por los animales desde el recipiente”. También hay otros diseños más exclusivos, que ya no se incluyen en el precio de la cremación, como las que imitan la silueta de un animal o las biodegradables, que se usan para poder enterrarlas o para echar las cenizas al mar. Junto con la urna, los propietarios reciben un certificado que garantiza la cremación. “Se les exige en los cementerios a quienes quieren introducirlas en un panteón familiar”. Y no faltan los que prefieren guardar parte de las pavesas en una pequeña joya para llevarlas siempre consigo. "Algunas señoras dejan la urna en casa y reparten los colgantes entre sus hijos", explica Polo.

"El animal no sufre"

La decisión previa a la incineración también resulta difícil para los dueños. ¿Qué hacer cuando el perro está moribundo? Los veterinarios no lo dudan: la eutanasia es la mejor opción. “Le ponemos una pequeña inyección y se queda dormido”, explica Juan José Martínez, traumatólogo y neurólogo de la clínica veterinaria Indautxu. Lleva más de treinta años poniendo inyecciones letales a animales de compañía domésticos. Solo en el pasado mes de noviembre se practicaron en su clínica diecisiete eutanasias. “Se me ha caído alguna lágrima porque es un trabajo que no te acostumbras a hacer”, confiesa.

A pesar de ser una “muerte dulce” para el animal, los dueños “lo viven como algo muy doloroso”. En función de su entereza, les invita a pasar o a quedarse fuera. “La gente te sorprende. Puedes encontrarte con una señora mayor que te da una lección de serenidad o con un chicarrón de dos metros que llora desconsolado porque el perro era su vida y, en ese caso, es mejor que se quede con la imagen que tenía de él”.

Para Juanjo su profesión entiende más de sentimientos que de bolsillo. Por eso, al cabo de unos días envía un email a los clientes que peor lo pasaron mientras practicaba la eutanasia a su animal para interesarse por cómo están. También les adjunta un emotivo powerpoint con imágenes y frases sobre perros. “Puede parecer de locos pero el amor que se siente por ellos es algo que solo podemos comprender quienes tenemos uno”.

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