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Los hombres del toro

01.09.13 - 00:00 -
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Los hombres del toro
Félix Tejada Prieto, flanqueado por sus hijos y un operario ante uno de sus famosos toros./ J.C. Barbera

Pedro, Jesús y Félix recorren España en una Ford Transit a la caza de toros de Osborne. No se trata de fans incondicionales del astado más famoso del país, sino de los encargados de su reparación y mantenimiento. Antaño lo hicieron su padre y su tío –Félix y José Tejada– a lomos de un incansable Land Rover. «Los operarios hacen muchísimos kilómetros al año, dependiendo de dónde se encuentren los toros deteriorados: hoy en Lugo, mañana en Tudela o por Andalucía...», explica el director de comunicación del Grupo Osborne, Iván Llanza. Cada dos años se repasan todos los toros de pintura y durante la época estival se acicalan aquellos que hayan sufrido algún daño, aprovechando que los cultivos de los campos se han recogido y el acceso a las siluetas es más sencillo, aunque también es cuando más sudor aflora.

El toro de Osborne es un ejemplo inequívoco de la España cañí, que floreció bajo el yugo de Franco y se ha convertido en un símbolo del folclore nacional. Curiosamente, fue un destacado militante comunista, Manuel Prieto, el creador de la silueta que dio pie a la valla publicitaria más reconocible del país. Y fue en el taller de sus sobrinos, José y Félix Tejada Prieto, donde en 1957 se comenzó a forjar su leyenda. Desde entonces, los Tejada han dado más de cien vueltas a la Península en misiones de transporte, hormigonado, limpieza de caminos, excavación, cimentación, pintado de las chapas, colocación de las vallas... e incluso de relaciones públicas del toro. Es ahora, tras más de 50 años fabricándolo en las fraguas de la empresa Tejada en el Puerto de Santa María de Cádiz, cuando los hijos de Félix han tomado el testigo para encargarse de su producción y mantenimiento. El último ejemplar ha sido instalado en Melilla, y el próximo año otro toro negro engrandecerá con su presencia un paisaje de Murcia. «A cada nuevo toro que se fabrica, la familia Tejada le dedica cuatro trabajadores, a jornada completa, durante cuatro semanas», indica Llanza.

Sin embargo, los operarios no gozan del don de la omnipresencia. Cuentan con 'chivatos' repartidos por todo el país que se encargan de ofrecerles la última hora sobre el estado de los toros. «Los primeros en dar el aviso suelen ser los propietarios de los terrenos donde están ubicadas las vallas; también se encargan de ello los comerciales del grupo que se encuentran de ruta visitando clientes; e incluso cualquier persona que detecta algún problema en una valla durante sus viajes procede a dar la advertencia. Hoy por hoy, con la web es bastante sencillo contactar con nosotros directamente y hacernos llegar cualquier incidencia», detalla el director de comunicación de Osborne.

Los costes de conservación y mantenimiento de los toros corren por cuenta de la empresa bodeguera, que sigue siendo la propietaria de la silueta aunque ya no pueda anunciarse en ella. «El gasto es elevado, pero el retorno en imagen y la satisfacción de poder disfrutar de su visión integrada en el paisaje no tienen precio», asegura Llanza. La testuz –la frente y los cuernos– y la punta del rabo son las partes del astado que más se deterioran por causa natural. Así, el viento provoca frecuentes daños en la cabeza y los animales son los culpables del desgaste del rabo, ya que aprovechan su pico para rascarse, doblando y descolgando la chapa.

Aún quedan 94 ejemplares en pie de los más de 500 que llegaron a extenderse a lo largo y ancho del territorio. «¿Mi favorito? Cuesta quedarse con uno, todos tienen su particularidad. Pero destacaría el de Cabanillas de la Sierra, que fue el primero que se colocó, en el año 1957», confiesa Llanza.

Los primeros eran de madera

Los primeros eran de madera y medían apenas cuatro metros. Para su emplazamiento se buscaron lugares con buena visibilidad desde las carreteras y paisajes propicios para reforzar su simbolismo. Se hicieron diferentes pruebas de decoración y rotulación de la silueta: al principio tenían los cuernos blancos e incluso se llegó a hacer una prueba con unas copas que se situaban en la testa a modo de ojos. El rápido deterioro que sufrían las figuras obligó a sustituirlos por otros en chapa de siete metros de altura. En 1962, una normativa de tráfico obligó a situar las vallas publicitarias a mayor distancia de la carretera y el toro creció hasta los 14 metros –y 4.000 kilos– para permitir su visibilidad recortado sobre el horizonte.

Una ley aprobada en 1988, por la que se prohibían las vallas publicitarias en las carreteras, estuvo a punto de mandar a los morlacos al matadero. Los primeros momentos fueron de incertidumbre y tristeza. Después, la increíble reacción de los españoles en defensa de su toro fue abrumadora. Toda España se volcó con la familiar silueta, medios de todo el país acudieron en masa a las instalaciones de la familia Tejada y cientos de cartas pidieron el indulto de este símbolo nacional. Pero fue Bigas Luna quien puso la nota curiosa cuando, en una tertulia con Julio César Iglesias en Radio Nacional, ofreció en directo una finca de su propiedad en los Monegros para comprar todos los toros y ponerlos allí en el caso de que hubiera que retirarlos del paisaje. Merced al indulto que le concedió el Tribunal Supremo en 1997 –y a que fue declarado parte del patrimonio cultural y artístico del paisaje español–, el toro de Osborne pudo continuar su andadura por campos y prados y no hizo falta 'recluirlo' en el terreno del director de 'Jamón, jamón'.

Pese a que hay regiones en que su simbolismo no es correspondido, no hay una zona específica en la que el toro sufra un mayor maltrato, según sus cuidadores. «Les afectan más los vientos dominantes en cada lugar», matiza Llanza. De este modo, la influencia de las ventoleras convierte al de Tarifa en el más castigado. Es cierto que a lo largo de los años el toro de Osborne ha sido víctimas de innumerables tropelías: lo han pintado de Superman, de vaca, de sevillana; lo han castrado; Greenpeace le colocó una mascarilla en la A-1 de Madrid para protestar por las emisiones de CO2... Pero, sin duda, la peor parte se la llevó el único toro que resistía en Cataluña, en el municipio de El Bruc. En 2007 fue derribado por un grupo independentista catalán que reivindicó la «limpieza de la silueta de la sagrada montaña de Montserrat de la inmundicia cornuda española que pretendía ensuciarla». No fue repuesto.

Después de más de cincuenta años campando en los cambios de rasante, el anecdotario en torno al toro no se limita al vandalismo. «En una ocasión, tras desmontar un toro para repararlo, llamaron desde Aena para preguntar cuándo iba a ser restituido», cuenta Llanza. «Tras informarles de que se procedería de manera inmediata, quisimos conocer cuál era el problema y, para nuestra sorpresa, nos contaron que los pilotos que aterrizaban en el aeropuerto próximo lo utilizaban como señal para sacar el tren de aterrizaje».

Hasta Copenhague

La imagen del toro ha traspasado fronteras. Recientemente un equipo de la televisión danesa se personó sin previo aviso en las oficinas del grupo en El Puerto. Llevaban consigo una carta del Ayuntamiento de Copenhague en la que solicitaban un toro que sería plantado en un nuevo parque de la capital de Dinamarca. «Estudiamos el proyecto y finalmente lo aprobamos. Los vecinos habían pedido que se instalara un toro de Osborne porque les recordaba sus buenas vacaciones en España», indica Llanza.

En la actualidad, su carga simbólica permanece intacta y la imagen sobrevive, e incluso se expande gracias a las constantes peticiones que llegan a las oficinas del grupo. Proceden de organizadores de eventos culturales y artísticos de todo el mundo y de particulares que solicitan a la bodega la fabricación de toros a distintas escalas para adornar municipios, salas de exposiciones y hasta parcelas y viviendas privadas. Ejemplo de estos defensores del morlaco es el Ayuntamiento del Puerto de Santa María, que ha colmado una rotonda de 'toritos'.

La dimensión que ha alcanzado la obra que creó Manuel Prieto es inconmensurable. De ser la imagen de una bodega a convertirse en patrimonio cultural, de erguirse por primera vez en un cerro de Cabanillas de la Sierra a su salto al cine o a un parque de Copenhague... ¿Quién no ha visto alguna vez en cualquier carretera esa inconfundible figura negra recortada sobre en el horizonte? Ese símbolo de la España cañí ha trascendido lo publicitario para convertirse en un distintivo a nivel internacional. Parece que forma parte del paisaje, que siempre ha estado ahí, representando a esa ‘piel de toro’ en la que pasta todavía a sus anchas.

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