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Niños malditos en el valle del río Omo

HISTORIAS DE ÁFRICA

Niños malditos en el valle del río Omo

Los 'mingi' son hijos de la superstición, condenados a muerte por nacer de madre soltera, sufrir malformaciones o salirles primero los dientes de arriba

19.08.13 - 00:01 -
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Niños malditos en el valle del río Omo
África en estado puro. Un niño se recorta sobre el horizonte cerca de Jinka, al sur de Etiopía./ Sergio García
Niños malditos en el valle del río Omo
Un niño mira con desconfianza a la cámara./ Sergio García
Niños malditos en el valle del río Omo
Adolescentes de la etnia karo juegan en un talud desde donde se domina la legendaria curva del río Omo./ Sergio García
Niños malditos en el valle del río Omo
Estampa familiar en una aldea hamer./ Sergio García

Podría pasar por el Jardín del Edén, por supuesto sin electricidad ni agua corriente. Los chicos adornando con flores su cabeza y labios, la madre moliendo harina de sorgo, el hombre de más edad luciendo pinturas rituales mientras el río Omo discurre a sus espaldas, una cinta de color marrón que envuelve un meandro espectacular. Tan privilegiada terraza pertenece a los karo, una de las numerosas etnias que pueblan Etiopía y en particular la región conocida como Naciones del Sur. Al contrario que sus vecinos, son sedentarios. Pastorean el ganado, igual que sus vecinos hamer, cultivan mijo y sorgo, recolectan miel y capturan en el río peces-gato, grandes como siluros, algo prohibido hasta hace poco. Reciben a los extraños con la mano extendida y se prestan a que les fotografíen. Las horas pasan sin nada mejor que hacer que contar las lunas y observar los termiteros que sobresalen entre las acacias de la sabana.

Parece el paraíso, pero no lo es. «Hasta hace poco arrojaban a sus hijos al río, les sacrificaban. Y lo hacían por pura superstición». Mamush Eshetu, un guía turístico de 43 años y educado en el extranjero, conoce las bondades de Occidente y no encuentra la ignorancia pintoresca en absoluto. En el poblado de Korcho, una de las pocas aldeas de etnia karo que perviven, los ancianos tenían hasta el año pasado la potestad de condenar a los recién nacidos, no importaba lo que dijesen sus padres. ¿El motivo? La tradición, mezclada con grandes dosis de superchería. Nacer fuera del matrimonio o no haber comunicado al jefe de tribu la intención de procrear, sufrir alguna malformación, que al bebé le salgan primero los dientes de arriba, que vengan gemelos... «Los jefes de la tribu no quieren 'mingi', traen mala suerte, desgracias para el poblado si llegan a la edad adulta». Un argumento difícil de tumbar en un país tan pronto sometido a sequías y hambrunas, como a inundaciones.

El sentido común y la cooperación internacional han conseguido quitarles esta idea de la cabeza a los karo, una etnia en vías de extinción que suma poco más de mil individuos repartidos en tres poblados. Los hamer, mucho más numerosos, siguen en sus trece. Y la sangría continúa. No importa las advertencias lanzadas desde el Gobierno para atajar una práctica atroz; ni los cocodrilos del Omo ni las hienas de la sabana dejan rastro de sus presas, lanzadas al río o abandonadas a su suerte en los matorrales, privadas de comida y agua. En un país que no puede garantizar a sus ciudadanos las necesidades básicas, ¿quién dice que las víctimas no lo han sido por desnutrición o causas naturales?

Nadie sabe cuándo empezaron los sacrificios, puede incluso que hace siglos. Una decisión cruel en manos siempre del consejo de ancianos, hombres reputados de la tribu aunque no sepan leer ni escribir y cuyo único mérito es la edad. De nada sirven los lamentos y las quejas de las madres, que asisten desoladas a un ritual atávico: las demás mujeres abriéndose camino hasta su choza en plena noche y desapareciendo después con el fruto maldito de su vientre. Pero su grito desgarrador ha encontrado eco.

Tradición vs modernidad

Lale Labuko pertenece a la etnia karo y ha logrado hacer historia. Desde que siendo un adolescente fue testigo de cómo arrebataban una niña de dos años a su madre, ha consagrado su vida a acabar con esta lacra. Para ello ha construido un orfanato en la ciudad de Jinka –dos horas en coche, se diría que concebidas para correr rallies– donde da refugio a estos niños. Sus historias, recogidas en la web de omochild.org son espeluznantes. Como la de Musse Dikara, 5 añitos, rescatado de la aldea hamer de Dimeka después de que se rompiera un diente al golpearse con una roca y quedara maldito a los ojos de su tribu. O Zino Karmi, de 7, un niño normal hasta que a la edad de tres años le salieron los incisivos. Los de arriba. Así hasta 37 historias de una dureza que deja sin aliento. Asisten a la escuela, juegan con otros niños... viven.

La cruzada de Labuko y de otros como él, sin embargo, no ha hecho más que empezar. Los karo son como una gota de agua en el océano; pero los hamer son mucho más numerosos –se calcula que unos 45.000 miembros– y por lo que a ellos respecta, las espadas continúan en alto. Son populares entre los turistas por su exotismo, el pelo de ellas huntado en arcilla y grasas animales; ellos cubiertos de escarificaciones, brazaletes y collares, siempre cargando con el 'borkota' una pieza tallada en madera de acacia que lo mismo utilizan como banqueta que para echar la siesta. Pero la superstición va de la mano del pintoresquismo, incluso en una región donde se construye la presa más alta de África y empiezan a surgir como setas las explotaciones de algodón y azúcar en manos de firmas extranjeras. Un panorama que no permite albergar muchas esperanzas sobre la pervivencia de culturas que encajan mejor en el Neolítico que en pleno siglo XXI. Con todas sus virtudes y defectos.

Mamush tiene el raro privilegio de haber visto más allá de las montañas y, fruto de ello, una mente crítica. Su padre murió en la guerra de Somalia, y el presidente Mengistu, brutal genocida pero entonces el héroe que destronó al emperador Haile Selassie, le envió a Cuba junto a otros 4.000 chavales para formarle en las virtudes del socialismo. Mamush, el mayor de once hermanos, escapó así a su destino: estudió una carrera y volvió hablando castellano. No tardó en descubrir que ganaba más como guía turístico que llevando a la práctica sus conocimientos sobre conservación de alimentos en frío. Desde entonces, no hay un solo día que sus clientes no le pregunten sobre la pobreza endémica, la sequía, las corruptelas... Encaramado a la curva del río Omo repite por enésima vez la tragedia de los mingi, su sacrificio inútil, tan parecido al de aquellos espartanos que se desprendían de sus hijos 'defectuosos'. También le preguntan por la ablación. «¿Mis hijas? Ni hablar, es monstruoso», exclama como marcando distancias. Sabe, sin embargo, que pasarán años hasta que esa costumbre desaparezca, «quizá la próxima generación». Es la misma esperanza que anida en el corazón de los padres de los niños malditos. Pero estamos en Etiopía. «A mí –explica mientras se frota la frente–, por ayudar a mi mujer con las labores del hogar, mis vecinos me tienen por débil, me tildan de afeminado», dice Mamush con resignación.

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