Cuando los focos se apagan: la solidaridad que no se ve

La actitud mostrada por los ciudadanos de Angrois es un ejemplo digno de alabanza. Pero no es el único. Se da todos los días. En tu entorno cotidiano, aunque no salga en la foto

CÉSAR FERNÁNDEZBILBAO

De los acontecimientos más dramáticos emerge en ocasiones lo mejor de las personas. Algo de esperanza para reconciliarse con la especie humana y a la que aferrarse en estos tiempos inciertos. Lo hemos vivido hace escasos días en Angrois tras la catástrofe del Alvia, pero ya lo hemos visto otras veces. En los recientes incendios de Andratx o de Tiétar, por ejemplo, cuando hubo quienes se echaron al monte para ayudar en los trabajos de extinción; en las costas de Galicia (otra vez Galicia) cuando miles de voluntarios acudieron en masa a retirar chapapote del Prestige... Todos ellos ejemplos claros de altruismo con gran repercusión. Pero hay otros muchos que no acaparan las portadas de los medios. Se trata de la solidaridad cotidiana, la del día a día, la que no surge de las grandes tragedias sino de esos pequeños dramas diarios. La que no vemos pero que también está ahí. A veces mucho más cerca de lo que pensamos. Personas y asociaciones que sacrifican parte de su tiempo y esfuerzo a ayudar a quienes peor lo están pasando o simplemente a quienes más lo necesitan. Las vidas de estos cuatro vizcaínos constituyen un claro exponente de ello.

Iker Gutiérrez, ingeniero informático de 34 años. Bilbao.

Iker consideró hace casi un año que tenía que dar un paso al frente y se decidió por la Asociación Uribe-Kosta de Leioa, especializada en la prestación de apoyo a personas con discapacidad intelectual de Bizkaia y a sus familiares y que lleva en activo desde 1981.

"La conocí a través de una amiga y como ya tenía ganas desde hacía tiempo de colaborar con alguna ONG, decidí dejar de quedarme mirando e involucrarme". Tanto él como el resto de voluntarios ayudan en labores de acompañamiento y apoyo a los usuarios de la asociación. Ha acudido a varias excursiones y eventos, e incluso a unas colonias la pasada Semana Santa. "La experiencia es muy gratificante. Tú les aportas muchas cosas a ellos, pero ellos también a ti, así que nuestra labor es muy positiva en ambas direcciones. Otra cosa que suele pasar también es que te encariñes con ellos y eso haga que repitas".

Los objetivos son la plena integración de este colectivo en riesgo de exclusión social para que puedan disfrutar de su tiempo de ocio con normalidad. O en palabras propias de la asociación, "mejorar su calidad de vida para que tengan una existencia digna a nivel moral, social y material".

Tanto a Iker como al resto de voluntarios les puede tocar desde acudir a un concierto de David Bisbal en el Euskalduna, a participar en un taller donde enseñarles a elaborar recetas de cocina, pasando por salidas al Pagasarri o a presenciar un partido del Bilbao Basket en Miribilla. "Yo, por ejemplo, también he participado como monitor acompañante en unas colonias en Semana Santa y es una labor intensa pero regresas con muy buen sabor de boca. Se hacen querer", nos confiesa este informático bilbaíno. La Asociación Uribe-Kosta combina personal cualificado con el trabajo de los voluntarios y, en palabras de Idoia Díez, trabajadora del centro, "si no contáramos con la colaboración altruista de todas estas personas voluntarias, la gran mayoría de los proyectos que llevamos a cabo no podrían salir adelante".

Caridad del Pozo, comerciante jubilada de 70 años. Barakaldo.

Otra labor encomiable es la de esta baracaldesa que conoció la asociación Nagusilan también por una amiga y que colabora con ella desde hace tres años en labores de acompañamiento a personas mayores en soledad. "Siempre había sido una persona con inquietudes y esta me pareció una labor preciosa. Vamos a los hospitales cuando están ingresados, a las residencias de ancianos, les peinamos... Hasta les afeitamos. Puede parecer una causa de importancia menor pero con todas estas pequeñas cosas les aportamos ilusión, fuerza y, sobre todo, ganas de seguir viviendo a quienes no tienen a nadie más y que están completamente solos".

Caridad colabora con este colectivo que cuenta con grupos activos en Bilbao, Lekeitio, Bermeo o Mundaka y que atiende en el local que les facilita Bolunta, la agencia para el voluntariado y la participación social, en el Casco Viejo bilbaíno. Nagusilan lleva 15 años realizando labores de apoyo a estas personas con demencia senil, ingresadas en hospitales o en residencias. En su caso son más imprescindibles aún los voluntarios, puesto que, tal y como señala su responsable Loli Bilbao, "solo existe una persona que cobra y todo el resto es gente voluntaria que pone su tiempo a disposición de este proyecto". Como dato reseñable, Loli constata que "solo en el año 2012 los aproximadamente 190 voluntarios que colaboran con nosotros dedicaron más de 30.000 horas a la ayuda solidaria. "A raíz de esta crisis, es curioso, pero está llamando algo más de gente para ofrecerse", subraya.

Juana, diplomada en Trabajo Social de 24 años, y José Luis Iriarte, profesor jubilado de 83.

Juana y José Luis son el claro ejemplo de que nunca se es demasiado joven o demasiado mayor cuando se trata de arrimar el hombro. Ellos, que ya llevan seis y ocho años respectivamente colaborando con diversos colectivos, saben de lo que se trata. Ambos acuden habitualmente al comedor social de San Antonio de Iralabarri de los Franciscanos en Bilbao.

José Luis, el decano del comedor, se inició en el voluntariado desde muy joven en una leprosería situada en las cercanías de Alicante, donde aprendió que "necesitaba hacer algo por los demás porque ayudarles llena su vida pero también llena la mía". En sus palabras, "aquí en el comedor social no solo damos comidas. Esto es mucho más que ponerles un plato encima de la mesa y alimentar sus estómagos. Muchos vienen necesitados de cariño y compañía".

Juana, por su parte, lleva ya, a pesar de su juventud, seis años colaborando aquí y realiza una reflexión interesante: "ahora con la crisis todos los problemas se han hecho más evidentes y, entre eso y que mucha gente en paro tiene más tiempo para pensar, quizá haya más personas que se han planteado echar una mano a los demás". Acto seguido, no obstante, lanza un reproche en voz alta: "aún así seguimos siendo pocos y hace falta más solidaridad y más constante".

Con capacidad para unas 100 personas, en el comedor de Irala, tal y como nos detalla su responsable Toño Pérez, "damos comidas y cenas todos los días desde 1954 a quien carece de recursos". Como dato curioso, Toño también señala que en los últimos tiempos "está descendiendo el número de usuarios inmigrantes y aumentando el de familias de origen español", aunque "aún hay mucha gente pasando hambre en su casa por vergüenza a que les vean acudir aquí o por el qué dirán. Sufren en silencio las penurias".

Iker, Caridad, Juana y José Luis son casos de ciudadanos que a cambio de nada sacrifican parte de sus vidas para ayudar a los demás y que nunca tendrán reconocimiento público a su labor ni gran repercusión. pero cuya labor es igualmente importante y necesaria. Ciudadanos anónimos que, ya sea en Bizkaia o en Angrois, nos siguen dando grandes lecciones de humanidad. Y que nos permiten seguir creyendo en la bondad del ser humano y en que un mundo mejor es posible.

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