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La vida después del susto

cuatro historias tras un infarto

La vida después del susto

José Antonio Ardanza, Iñaki Goirizelaia, Eva Arguiñano y Haimar Zubeldia relatan su vida después de que su corazón les diera un aviso

28.07.13 - 12:27 -
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La vida después del susto
Ardanza, Arguiñano, Zubeldia y Goirizelaia posan con un cojín en forma de corazón. / Ignacio Pérez y Luis Ángel Gómez

El corazón es una de las máquinas más perfectas que se conocen. «Lo tengo averiado. Una parte de él se necrosó, pero no es algo que me obsesione. Vivo perfectamente bien», asegura el lehendakari José Antonio Ardanza.

La doble bomba que se encarga de distribuir por el cuerpo humano vida en forma de oxígeno y nutrientes pesa de 200 a 400 gramos y late a una velocidad media de 70 veces por minuto. El último latido, según estos cálculos, bien podría hacer el número 3.000 millones. «Los ciclistas -detalla el corredor Haimar Zubeldia- controlamos la frecuencia cardiaca a través de una pantalla colocada en el manillar. Ese pequeño dispositivo nos aporta abundante información sobre el estado de salud y rendimiento».

Durante la noche, salvo en la fase de sueño profundo, el ritmo cardiaco, como el respiratorio, se vuelve más lento. Pero el corazón, a diferencia del hígado, los pulmones, incluso el cerebro, nunca duerme. Como un auténtico corredor de fondo, repone fuerzas sin detenerse, acompasando su marcha a las necesidades del reposo. «Durante mi convalecencia recibí un mensaje que decía "eres imbatible". No sé si tanto. Lo que sé, por experiencia, es que la actitud con la que te enfrentas a una enfermedad grave cuenta casi tanto como ponerse en buenas manos», añade el rector de la UPV-EHU, Iñaki Goirizelaia.

Como ingeniero y catedrático de Telemática, el máximo responsable de la universidad pública vasca sabe -ahora mejor que nunca- que hasta la máquina más perfecta, el ingenio mejor diseñado, puede fallar. Por eso, el órgano que oculta la fecha de caducidad humana también se rompe. «"Tengo que estar muy mal", pensé para mí, "porque hasta mi hermano Karlos ha venido a visitarme a la UCI"», recuerda Eva Arguiñano, que hace tres meses sufrió un extraño accidente cardiaco del que aún está recuperándose.

La cardiología es una de las disciplinas de la medicina que más ha mejorado en la última década. Nuevos tratamientos y terapias cada vez más avanzadas han permitido reducir la cifra de fallecimientos de manera significativa (más de un 40% desde 1990) y dar a los pacientes una calidad de vida que a finales del siglo pasado hubiera parecido ciencia ficción. En un mundo cada vez más envejecido, parece lógico que las enfermedades cardiovasculares sean la primera causa de muerte y que, irremediablemente, a lo largo de la vida el corazón nos dé algún susto. Pero hoy es posible superar con relativa facilidad toda angustia y disfrutar de la vida. Lo saben bien y lo cuentan para los lectores de EL CORREO José Antonio Ardanza, Eva Arguiñano, Iñaki Goirizelaia y Haimar Zubeldia.

La vida después del susto

Iñaki Goirizelaia, 55 años Rector de la UPV. Angina de pecho.

«Quiero volver a bailar»

El rector de la Universidad vasca celebra su cumpleaños tres veces al año. Iñaki Goirizelaia (Bilbao, 1958) tenía 35 cuando tuvo que batirse por vez primera con la muerte a causa de un tipo de cáncer en la sangre con nombre de pirata, linfoma no Hodgkin. Un 11 de enero lo dio por vencido. Prueba superada. La segunda "reválida" la pasó el 26 de mayo último. «No fui consciente de la gravedad de lo que me pasaba hasta que los médicos me dijeron "tienes obstruida una vena del corazón"».

Había pasado la última noche en la cama, revolviéndose sin poder dormir a causa de un intenso dolor en el pecho. «Tenía una mala sensación general, ganas de vomitar, pero en ningún momento fui consciente de que me estaba pasando algo tan grave», reconoce. A la mañana siguiente, después de «seis o siete horas en vela», decidió acudir al hospital. «Tenía que haber ido en el primer minuto». No se equivoca, porque podía haber sido fatal.

Un tapón de grasa había obstruido momentáneamente una de sus arterias coronarias, que son las que riegan el corazón, y le había provocado una angina de pecho. En un accidente cardiaco, el tiempo resulta definitivo. «Todavía no ha llegado mi hora», advierte el catedrático. «Tengo mucha vida por delante».

El fallo en su coronaria pudo corregirse mediante una sencilla intervención que consiste en colocar una malla llamada "stent" en la parte interior de la arteria dañada para facilitar el paso de la sangre. Ya se ha incorporado al trabajo. «Tenemos una gestión complicada, pero no siento agobio, ni estrés. Tengo un equipo de trabajo excelente que me ayuda y me arropa». Pasa el verano sin prisas, cumpliendo las recomendaciones de la doctora que supervisa su recuperación. Dieta sana, ejercicio moderado, incorporación progresiva al trabajo. «Mucha gente se me ha acercado a darme ánimos y a contarme cómo les va. Un montañero, por ejemplo, me dijo que acababa de subir al Sollube. Había sufrido un infarto hace cinco meses y lleva una vida absolutamente normal».

Goirizelaia está convencido de que así será también para él. «Lo que más me preocupa es volver a bailar. Llevo un grupo de baile en Mungia y este año no he podido actuar en fiestas. Quiero conseguirlo, porque eso significará que otra vez estoy en condiciones de hacer una vida completamente normal». Palabra de rector.

La vida después del susto

Haimar Zubeldia, 36 años Ciclista profesional. Arritmia.

«No quería colgar la bici»

El corredor vasco del RadioShack tiene más lejana su experiencia. A Haimar Zubeldia (Usurbil, 1977), se le revolucionó el corazón en febrero del año pasado, mientras preparaba la temporada entre los volcanes de Gran Canaria, en compañía de su esposa y sus dos hijas. Una mañana, el medidor de la frecuencia cardiaca de su manillar se disparó. 180 pulsaciones por minuto, por momentos 200. «Me asusté y esa misma tarde acudí a un hospital para tranquilizarme. Curiosamente, todos los análisis me dieron bien».

No lo estaba. Al día siguiente, su ordenador de a bordo se puso testarudo. Otra vez 180... 200 pulsaciones. Con la edad, y más si se practica deporte a nivel profesional, el músculo cardiaco pierde grasa y se hace más fibroso, lo que a menudo genera que se desencadenen arritmias. Su corazón, a causa del esfuerzo, había perdido el compás.

Las vacaciones en Canarias se interrumpieron bruscamente y el médico del equipo, entonces Kepa Zelaia, lo organizó todo para que le atendieran lo más rápidamente posible a su regreso a Euskadi. «Le estaré siempre agradecido, porque contribuyó enormemente a mi tranquilidad personal». Para recuperar su pulso normal, el ciclista guipuzcoano tuvo que someterse a una cardioversión, un procedimiento que se utiliza para devolver al músculo cardiaco su ritmo normal. «Fue como en el cine. Me durmieron durante cinco minutos con "propofol", que es el anestésico que mató a Michael Jackson; y me pusieron unas palas de reanimación en el pecho». El tratamiento de rehabilitación se prolongó durante cinco semanas. «Lo pasé mal, porque no quería dejar el ciclismo así, de repente, sin haberlo decidido yo».

Pasado ese tiempo, Haimar Zubeldia fue incorporándose poco a poco al equipo y, cinco meses después de la crisis, conquistó el sexto puesto en el Tour de Francia. «Al terminar la ronda francesa quise compartirlo con el público. Quería contar que esto se supera y que hay problemas mayores en nuestro día a día. En dos meses aprendí mucho sobre las cosas importantes de la vida», admite sin rubor.

La vida después del susto

Eva Arguiñano, 53 años Cocinera. Accidente cardiaco.

«El miedo nada aporta»

A Eva Arguiñano (Beasain, 1960), el corazón le falló en medio del funeral «por una persona muy querida». Ocurrió el pasado mes de abril. «Estaba llorando, muy a gusto, sintiendo profundamente el momento que estaba viviendo. Al terminar la misa, vi a una persona muy afectada y verla tan mal me llegó muy adentro. Empecé a notar cierto malestar». Comenzó a toser sin parar y sintió que se atragantaba, como si le faltara el aire. La tos se volvió incontrolable y una sensación de malestar general se apoderó de la afamada repostera.

Por suerte tenía cerca a Antonio Maza, «un buen médico, buena persona y buen cuñado», que le condujo al hospital de Zumarraga, donde fue atendida en un primer momento y con posterioridad trasladada a la Policlínica Guipuzcoana. De todos los tradicionales factores de riesgo para sufrir una cardiopatía, Eva Arguiñano no cumplía ni uno. No tiene el colesterol alto, ni sufre hipertensión, ni cuenta con antecedentes familiares. Tampoco hace una vida sedentaria, nada. «Los médicos lo llamaron "accidente"», explica.

Una de las arterias que riegan su corazón falló. Las tres capas que la conforman se abrieron, como si se despegaran unas de otras, y la sangre comenzó a filtrarse por su interior. «Debe ser algo bastante raro», confirma Arguiñano. «El corazón dejó de recibir la sangre necesaria y se produjo el infarto», relata.

Nunca llega a saberse a ciencia cierta por qué se producen este tipo de accidentes. Los investigadores los atribuyen a la realización de algún esfuerzo físico fuerte, pero la causa última en el caso de cada paciente es muy difícil concretar. Un "by-pass" con una vena extraída de un pecho posibilitó recomponer los daños. El proceso de rehabilitación se prolongará hasta septiembre. «Hago bicicleta, ando bastante, pero noto mucho el esfuerzo con determinadas tareas domésticas, como pasar la aspiradora a una alfombra».

Eva Arguiñano cuenta emocionada que lo que más le ha impresionado en este tiempo ha sido «esa sensación de encendido y apagado», que tuvo al descubrir que estaba viviendo un proceso vital, batiéndose en duelo con la muerte, sin miedo. «No fue una decisión, simplemente no lo he tenido. Si supiera la receta para poder vivir algo así sin temores lo diría, porque me ha parecido algo fantástico. El miedo -sentencia rotunda- no aporta nada».

La vida después del susto

José Antonio Ardanza, 72 años Lehendakari 1985-1999. Infarto.

«Ya no temo a la muerte»

«En un quirófano del hospital de Galdakao, eché una partida con San Pedro y le gané. Vi el final, porque tuve una experiencia de la premuerte, que afortunadamente me permitió superar mi miedo a morir. Estaba pasándolo muy mal y, de golpe, entré en un estado de placidez total. Dejé de sufrir. "¡Qué bien estoy! ¡Qué bien me han puesto!", decía para mí. En ese momento, oí a uno de los médicos decir "ya estamos terminando". Recuperé la conciencia de golpe y volvieron los dolores». El lehendakari José Antonio Ardanza (Elorrio, 1941) recuerda así la primera intervención en el hospital de Galdakao para reparar los daños del episodio que el 3 de marzo de 2010 estuvo a punto de acabar con su vida. Vivió un «infarto duro», que requirió una segunda operación a corazón abierto para restaurar sus coronarias.

Pero mereció la pena. «Llevo una vida totalmente normal y, de verdad, si no me pide que le reconstruya lo ocurrido, ya ni me acuerdo», sostiene. Llevaba una vida sana y había dejado atrás incluso los «dos o tres cigarrillos» que fumaba al día. «Busqué antecedentes familiares y una prima me dijo: "Sí... el abuelo José Antonio murió de un infarto en la huerta a los 68 años. "¡Qué casualidad!", pensé. ¡A mi misma edad!».

Después de una vida intensa, el corazón quebró cuando comenzaban en su vida los momentos de mayor placidez. «Los médicos dicen que debe ser la herencia genética... Ya se lo digo a mi hijo. ¡Vete preparándote!», bromea. Aun así, no le da ninguna importancia al asunto. «Siendo lehendakari había tenido muchos más motivos para tener veinte infartos, pero ocurrió cuando llevaba una vida razonablemente dulce, como presidente de Euskaltel». Hoy forma parte del pasado.

En la actualidad, Ardanza goza de la vida como nunca al lado de su esposa, Gloria Urtiaga, sus dos hijos y los tres nietos que le han dado. «Con 72 años disfruto de lo que nunca pude hacer. Con la edad ves las cosas con otra filosofía, te las tomas con más tranquilidad. Mi vida hoy es mucho más placentera y del infarto, de verdad, ni me acuerdo».

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