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El traje de Benjamin Franklin

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El traje de Benjamin Franklin

Antes de declararse independientes, las colonias americanas fueron acusadas en el Reino Unido de insolidarias y de obligar a la metrópoli a pagar más tributos

30.06.13 - 01:49 -
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El traje de Benjamin Franklin
A la izquierda, el rey Jorge III. A la derecha, Benjamin Franklin.

La historiadora Barbara Tuchman sostiene en 'La marcha de la locura', un ensayo sobre los malos gobernantes y la insensatez que los caracteriza, que una de las razones por las cuales el rey británico Jorge III y los políticos que lo rodeaban perdieron las colonias americanas en 1783 fue por haber perseverado en un error: afirmar la supremacía al otro lado del Atlántico, a través de la palanca fiscal, sin pensar si realmente lo podían hacer. Tildar a los americanos de insolidarios, y sostener que el Reino Unido pagaba más tributos porque ellos no aportaban lo que les correspondía, fue el paso previo para acusarlos de rebeldes y sediciosos.

Casi dos siglos y medio después, el Reino Unido mantiene en pie la Commomwealth, y el primer ministro británico, el conservador David Cameron, prepara un referéndum de autodeterminación en Escocia con posibilidades de salir airoso. Sin embargo, en la segunda mitad del siglo XVIII la mención de la independencia de EE UU producía en las élites de Londres una sensación de catástrofe, pues creían que el imperio se vendría abajo. El tiempo demostró que esa percepción era incorrecta. Ni la secesión tuvo el impacto temido, ni el conflicto con los americanos había sido inevitable. Según Barbara Tuchman, para provocarlo fueron necesarios varios años de desatinos de la metrópoli; de intervenciones erradas y prolongadas que enfurecieron a las colonias, originalmente reacias a separarse, si se exceptúan unos cuantos activistas.

El propio Benjamin Franklin, antes de convertirse en un padre de la independencia de Estados Unidos, había defendido la unión y la federación, a través de proyectos que racionalizaban la administración. El destino lo arrastró desde el partido conciliador hacia otros derroteros. En 1774, después del Motín del Té en el puerto de Boston, fue sometido a un interrogatorio celebrado en Londres, en una sala conocida como el 'Reñidero', en la que decenas de miembros del Consejo Privado se dirigieron a él en un tono ofensivo y humillante. Al día siguiente fue destituido como subdirector del correo colonial. Fue un trago del que el interesado se acordó en 1778, cuando firmó con Francia el tratado que dio carta de naturaleza a Estados Unidos. En esa ocasión se puso el traje que llevaba cuando se burlaron de él, una prenda de terciopelo de Manchester.

"Más vale no hacer todo aquello a lo que se tiene derecho", escribió Franklin. Barbara Tuchman recuerda que esa era la tesis del político Edmund Burke, de origen irlandés, filósofo y defensor de la causa americana en la Cámara de los Comunes británica: ¿qué necesidad hay de demostrar un principio si tal demostración es contraproducente? Sin embargo, esa reflexión fue ignorada por una facción cercana a Jorge III que exigía a las colonias que contribuyeran a pagar las enormes deudas que había dejado la Guerra de los Siete Años y el despliegue del Ejército en su territorio.

No faltaban razones para reclamarles su parte en el gasto general. Aunque los aludidos también tenían sus razones: aducían que la Corona ya se beneficiaba del control del comercio y que los tributos que quería imponerles eran recaudatorios y los fijaba una institución, la Cámara de los Comunes, en la que no estaban representados. Pero quizá el problema no era ése, plantea Barbara Tuchman, sino que Jorge III y quienes lo rodeaban no parecían capacitados para encontrar una solución.

El aclamado William Pitt, lord Chatham, un hombre proclive a entender a los americanos, lideró uno de los gabinetes de la época, pero dimitió y se volvió intratable e impredecible. Se decía que sufría gota... también en la cabeza. La demencia no era una enfermedad extraña, y el propio rey la padeció. El Gobierno británico estaba en manos de aristócratas como el duque de Grafton, que prefería las carreras a las reuniones del consejo. Lord North, primer ministro cuando las colonias se perdieron, escribía cartas a Jorge III para presentarle la dimisión, describiéndose a sí mismo como una nulidad. Siempre andaba en apuros económicos -su padre era un avaro-, y tal circunstancia reducía su independencia para tomar decisiones.

En Londres había grupos y publicaciones hábiles para vilipendiar. El doctor Johnson tomó partido públicamente contra los americanos, pero en privado se mostraba más cauto. Lo cierto es que, durante los años previos al estallido del conflicto, ningún ministro se tomó la molestia de visitarlas. Desoyendo las señales que llegaban de Norteamérica y a los políticos prudentes, el primer ministro George Grenville impuso a las colonias en 1765 la ley del Timbre, que desencadenó un boicot comercial antibritánico y tuvo que ser suprimido. "Después de un error tan clamoroso que requirió una derogación -escribe Tuchman-, los políticos británicos podían haberse parado a reflexionar sobre la relación con las colonias y sobre el rumbo que debían seguir para obtener una lealtad ventajosa y para afianzar, por añadidura, la soberanía".

Podían hacerlo, pero no lo hicieron. Charles Townshend, ministro de Hacienda, un político capaz de dirigirse a los Comunes incluso bebido, según Edmund Burke, insistió en cobrar tributos a los americanos en 1767. A fin de ganar popularidad insistió en que sería posible bajar los impuestos en Inglaterra si se estableciera una recaudación en las colonias. La aristocracia rural le tomó la palabra y logró recortar un impuesto, la contribución territorial, dejando un agujero de 500.000 libras anuales en el presupuesto. No había otro camino que compensarlo con la imposición sobre las colonias... Por aquella pendiente se deslizó la secesión.

Lo más llamativo de todo es que en aquel tiempo los británicos vibraban con otras controversias, no exactamente políticas ni constitucionales. En 1768, mientras Norteamérica tronaba contra Londres, el duque de Grafton organizó un escándalo en la sociedad londinense al acudir a la ópera con su amante y coincidir allí con su exesposa y la reina. "El hecho de que Grafton la ‘exhibiera’ en público y la sentara a la cabecera de su mesa suscitó una peculiar indignación -relata Tuchman-. Esa noticia fue el cotilleo de la temporada. Nancy (la amante) eclipsó a los bullangueros colonos".

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