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Pepe Rodríguez: «Soy el canalla que se ha criado en la barra de un bar»

en la cocina de 'masterchef'

Pepe Rodríguez: «Soy el canalla que se ha criado en la barra de un bar»

El juez borde de ‘MasterChef’ es la sensación televisiva del momento. Tiene más pasiones que los callos:e s un «pequeño ultrasur» y un fan de los coches. Conduce un Jaguar rojo

29.06.13 - 00:01 -
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Pepe Rodríguez: «Soy el canalla que se ha criado en la barra de un bar»
Pepe Rodríguez, en los fogones de 'Masterchef'./ RTVE

Siguiendo el rastro de ese olor fuerte a vinagre que deja la perdiz escabechada, Pepe Rodríguez Rey (Illescas, Toledo, 45 años) recrea los pasajes de una infancia entre los fogones de 'El Bohío', un mesón de pueblo al que desde 1999 adorna una estrella Michelin. El reclamo, evidentemente, está en la cocina. En ese plato de ropa vieja que ha convertido los restos del cocido en delicatessen... y a su creador en el último descubrimiento televisivo. Pepe es el poli malo de 'MasterChef', el programa de TVE que ha transformado las cosas del comer en un espectáculo televisivo de masas (4 millones de espectadores los martes) y que ha dejado pequeño el comedor para cincuenta de su casa. «Con el 'friquiteo' de la tele llevamos un mes desbordados. Y falta nos hacía, porque la crisis que estaba cayendo era mundial».

Primero fueron sus abuelos, que al regreso de Cuba abrieron un modesto mesón en Illescas «con cuatro aguardientes en la barra». Y luego sus padres. El cabeza de familia lo intentó sin demasiado éxito con el toreo y la afición le llevó a probar más tarde como fotógrafo taurino, pero el destino le tenía reservado un puesto de camarero en el restaurante familiar. «Había unos cuernos de toro por casa. Mi hermana y yo nos los poníamos en la cabeza y perseguíamos a Pepito, que era muy cagón», desvela Diego, el hermano mayor de Pepe y jefe de sala de 'El Bohío'. A Pepe lo del capote no le gustaba. Él prefería la peonza, cascar nueces con el quicio de la puerta y el fútbol, claro. «Saltábamos la valla de un colegio y los árboles hacían las veces de portería. Mis padres pasaban el día en el restaurante, así que estábamos un poco salvajes».

De aquellas tardes doradas de verano jugando al balón no queda más que un recuerdo bonito al que no se entrega a menudo –«no soy de mirar atrás»– y una pasión incondicional por el Real Madrid. «Soy un pequeño ultrasur. Mi padre era antimadridista, pero mi madre, a sus 83 años, sigue siendo merengue hasta la médula. Cuando debutó Ronaldo, el brasileño, la llevé al Bernabéu. La mujer no había pisado el campo desde el año cuarenta y tantos y se asfixiaba de la emoción». No tiene carné, pero aprovecha los miércoles que cierra el bar para ir a ver los partidos de la Liga de Campeones. «De joven era muy seguidor de Michel y de Butragueño, que ha venido alguna vez al restaurante, aunque se cuida mucho, lleva una dieta muy rara. Su mujer no, ella es de buen comer. Otro tío sencillísimo es Karanka». ¿Y Mou?: «Sobraba, no hace falta ser tan soberbio».

Su hijo, jurado en el colegio

Lo suyo, más que soberbia, es una retranca que viene de fábrica. «Ese punto capullo es intrínseco», da fe su hermano. ¿No será pelusa...? «Siempre ha sido el ojito derecho de mis padres. Yo quería comprarme una moto y no me dejaban. Entonces él me dijo: 'En cuanto la pida yo, la conseguimos'». Y así se hicieron los hermanos con una Harley a medias que solo utiliza Diego. «A mí las motos me dan miedo, pero los coches me encantan. Si pudiera cambiaría de coche todas las semanas». ¿Para qué? ¡Si conduce un Jaguar XJ5 rojo!

Con él se irán a la playa este verano. «Nos marchamos 25 días en agosto a Murcia, a la playa. Que llevo cuatro meses seguidos trabajando, sin descansar un solo día». En casa, la tropa –está casado y tiene tres hijos: de 10, 8 y 4 años– le perdonan los excesos laborales. Otra cosa son los verbales. «Mi mujer todavía no me ha cogido ese punto irónico. El otro día le dije a un concursante que había echado tanto ajo que ya no iba a poder besar a mi novia y no veas la que ha montado... Igual debí decir 'mi mujer', pero lo de la novia quedaba más gracioso. Pero luego va al colegio a por los niños y la gente le dice: 'Anda que tu marido...'».

Así que de la escuela se encarga casi siempre él. «Les dejo en el cole antes de entrar en el restaurante. Los compañeros les dicen que salgo muy serio por la tele y cosas así. Ellos se creen que su padre es famoso. ¿Sabes? En el recreo juegan a un concurso de bailar que le llaman 'Masterdance' y a mi hijo lo han puesto de juez. ¡Ya apunta maneras de friki!».

El crío (8 años) es el mediano; las otras dos son niñas. «La mayor es jorobadita para comer, pero los otros dos no. Me dicen: 'Papa, danos fruta'. Sobre todo el chaval, que lo prueba todo. Un día estaba comiendo arenques y dice: ¡Ay qué rico! Y lo mismo con los callos, que es una cosa que me encanta; los he probado hasta en China, que no tienen nada que ver. Los ponen en tiras finas, como alambres... El caso es que el chaval me ha salido glotón y a mí me hace feliz». Ahora solo falta que saque su nariz para el vino. «Estoy enganchado al vino, con moderación, solo para cenar, aunque ahora me ha dado por el champán. A la edad de mis hijos ya lo había probado. Cuando estaba malo del estómago me daban uvas con aguardiente y yema de huevo con vino dulce».

Los tiempos de hoy han dejado en anécdota esos viejos remedios, pero las recetas de la cocina de su abuela siguen siendo la Biblia en los fogones de 'El Bohío', donde sirven una sopa de ajo, unas patatas con costilla y un 'atascaburras' (brandada de bacalao) que le han hecho merecedor de la única estrella Michelin que brilla hoy en Toledo. «La primera que me felicitó fue Carme Ruscalleda y luego Martín Berasategui, mi padre espiritual. El que pasa por sus manos es un rambo de la cocina». Como él.

«Jordi es el niño repelente»

«A mí no me gustaba lo del restaurante, pero ni mi hermano ni yo éramos los mejores estudiantes del país, así que en el instituto lo dejamos y echamos una mano en el negocio. Primero estuve de camarero y haciendo las compras. Con 18 años iba con 50.000 pesetas en el bolsillo a Mercamadrid. Cuando mi madre ya no pudo dedicarse a la cocina mi hermano Diego y yo nos empezamos a turnar. Un día cocinaba él, otro yo, el siguiente él, luego otra vez yo... Y al final me quedé, aunque jamás había cocinado. ¡Ni una tortilla! Mi madre me explicaba cómo hacer un sofrito, asar el cordero...».

Entonces le «picó» la curiosidad y empezó a meter el morro en cocinas ajenas, para aprender de los que sabían. «El cocinero Ignacio Muguruza me dijo: 'El abecedario empieza por la letra 'B' de Berasategui'. Yo a Martín no le conocía y cuanto peor me lo ponían, por esa fama de duro, más me picaba yo». Con 22 años se plantó en San Sebastián a pasar el verano y hoy son íntimos. «Pepe es muy humano, auténtico. No es un cocinero que se deje llevar por modas» – le alaba el chef vasco–.

– ¿Qué vio en él?

– Refinamiento, el don del gusto. Era muy próximo, sonriente.

– Pero un poco borde, ¿no?

– ¡Bah! Es un vacilón. Vale para cualquier papel.

En 'MasterChef' le ha tocado el de juez severo, el contrapunto a Jordi. «Él es muy guapete, pero yo soy más alto (risas). Jordi es el niño repelente que todo lo sabe, y yo el canalla que se ha criado en la barra de un bar». Aunque a Pepe nunca le gustó estar de cara al público. «Era lo más antimediático que he visto en mi vida. Cuando venían al restaurante clientes pomposos siempre me mandaba que les atendiera yo. No es de esos cocineros que salen a la sala con los clientes a darse un baño de multitudes», advierte su hermano Diego. «Es como el doctor Jekyll y Mister Hyde. Tiene un lado apostólico romano que le sale de vez en cuando. Con 20 años montó con un profesor una asociación en Illescas que se llamaba 'Ayuda a los marginados'. Trabajaban con drogadictos y gente que sufría desarraigo social y sacaron a mucha gente de la droga. En el pueblo le llamaban 'el niño de los pobres'. Es un hombre poliédrico que lo mismo invitaba a vagabundos a dormir en el restaurante que ahora resucita un pollo por la tele».

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