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Del compromiso extremo a las bajas pasiones

ARCA DE NOÉ

Del compromiso extremo a las bajas pasiones

Al menos 120 monjes tibetanos se han inmolado desde 2009, mientras otros religiosos budistas sucumben al encanto del lujo

26.06.13 - 00:01 -
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Del compromiso extremo a las bajas pasiones
Un monje tibetano se quema a lo bonzo frente a un templo de Bouddha, en Katmandú, el pasado 13 de febrero

La pasada semana se cumplieron cincuenta años desde que Thich Quang Duc, un monje budista, decidió prenderse fuego en protesta por la discriminación de los religiosos budistas en el sur de Vietnam, gobernado por el clan procatólico de Ngo Dinh. El fotógrafo Malcom Browne, de la agencia Associated Press, captó aquel momento con la imagen de un religioso envuelto en llamas, lo que le valió un Premio Pulitzer. Luego hubo un 'efecto contagio' a la hora de escoger ese dramático formato para realizar protestas políticas, sobre todo en el ámbito del nacionalismo. Por ejemplo, contra la invasión de Checoslovaquia por las tropas del Pacto de Varsovia, en 1968, para sofocar la Primavera de Praga. En Euskadi, Joseba Elosegi, un histórico nacionalista, se quemó a lo bonzo ante Franco, en septiembre de 1970, cuando el dictador presenciaba un partido de pelota en Anoeta. «Quería llevar ante sus ojos el fuego que destruyó Gernika», se justificaría luego Elosegi, que sobrevivió al intento de inmolación.

Esta forma de protesta política extrema continúa en la actualidad. Es lo que está pasando ahora con los monjes tibetanos. El último caso se produjo el pasado 12 de junio, en la provincia china de Sichuan, donde una monja se quemó a lo bonzo cerca del monasterio de Nyatso, en protesta por el control que el Gobierno de Pekín impone en las zonas tibetanas. Esta inmolación eleva a 120 el número de protestas de este tipo desde comienzos de 2009, cuando Tenzin Sherab, de 31 años, murió a causa de sus quemaduras en la región de Adril, en el este del Tibet.

China asegura que el Tibet es desde hace siglos parte inseparable de su territorio, por uniones dinásticas y conquistas en la época imperial, mientras que los tibetanos argumentan que la región gozaba de cierta independencia hasta que fue ocupada por las tropas comunistas en 1951. Los tibetanos protestan por la represión de su religión y su cultura por la que consideran una dominación cada vez más importante en el Tibet de los Han, la etnia mayoritaria en China. El Gobierno de Pekín, en efecto, persigue a los movimientos religiosos porque considera a sus miembros una amenaza para el Estado. Acosa a los católicos (los vinculados al Vaticano), a los uigures musulmanes y, por supuesto, a los budistas del Tibet. Por cierto, un jesuita portugués, Antonio de Andrade, fue el primer europeo que cruzó el Tibet, en 1624, donde llegó a fundar una pequeña misión.

Los tibetanos exigen también el regreso de su líder espiritual, el Dalai Lama, –premio Nobel de la Paz en 1989– exiliado en Dharamsala (India), a quien China acusa de instigar este tipo de revueltas. Las inmolaciones se están repitiendo en las provincias de Gansu, Sichuan y Qinghai –estas dos últimas puertas de entrada a la región autónoma china del Tibet–, donde existe una gran población de etnia tibetana. El acceso a la prensa internacional está prácticamente restringido y cada vez que se produce una protesta, las autoridades cortan la comunicación en las redes sociales e Internet. Según algunas agencias, en la zona se vive una alta tensión y hay desplegadas un gran número de fuerzas de seguridad chinas. Estados Unidos ha mostrado su «inquietud», un término apropiado para el lenguaje diplomático de un país que no cuestiona la soberanía china sobre el Tibet. Han pasado muchos años desde que la CIA se infiltró en el Tibet y apoyó el fallido levantamiento contra el régimen comunista.

¿Budistas religiosos o étnicos?

La represión de 2008 generó una ola de inmolaciones, una acción de protesta extrema más propia del budismo que se practica en Japón o en India. Para los tibetanos no se trata de un acto suicida, sino de una reivindicación política en favor de un bien colectivo. Pero no deja de ser dramático. Los expertos creen que hay un cambio generacional. «Los jóvenes no son ya budistas religiosos sino étnicos», interpretaba para la BBC Mario Aguilar, investigador del Centro de Estudios de Religión y Política de la Universidad escocesa de Saint Andrews, quien considera que se trata de un punto de inflexión para los tibetanos. Las inmolaciones, con un gran impacto simbólico, son una forma de llamar la atención ante lo que consideran «un genocidio cultural».

Hay otros monjes budistas que, sin embargo, tratan de pasar desapercibidos. Pero llaman la atención. Mientras hay monjes que protagonizan esta forma de protesta política extrema, otros, avariciosos y nada austeros, sucumben al encanto del lujo. Es lo que está pasando en Tailandia, donde se han reproducido casos de bonzos que se han entregado a las más bajas pasiones y han abandonado los pilares básicos del budismo, tras haberse dejado seducir por una sociedad próspera y consumista.

En un vídeo difundido recientemente por Youtube –y que ha recibido más de medio millón de visitas–, tres monjes lucían teléfonos de última generación, gafas de sol de marca y bolsos de viaje de Luis Vuitton, mientras viajaban en un jet privado, cuyo propietario resultó ser Luang Pu Nen Khum, el abad del monasterio de Pa Khantitham, en el este del país. Tailandia, con un 95% de la población budista practicante, cuenta con 61.000 monjes.

La mayoría de estos monjes, según relataba Jordi Calvet en una pieza desde Bangkok para la agencia Efe, son jóvenes que entran en el monasterio por la tradición que considera el ordenamiento temporal en algún momento de la vida como requisito para ser considerado apto para el matrimonio o para ejercer de líder comunal. El año pasado más de 300 monjes o novicios fueron amonestados por protagonizar una vida impropia para su condición. Algunos, incluso, se han visto involucrados en casos de pederastia, pornografía y prostitución.

Y ya no se libra ni Birmania, donde los monjes fueron objeto de admiración cuando plantaron cara a la junta militar en la Revolución Azafrán de 2007. La vida monástica exige sacrificio, una de las reglas del budismo. Pero mientras unos se sacrifican, otros se enriquecen. Pasa en todos los lugares del mundo. En todas las religiones cuecen habas, y en la mía a calderadas, dirían algunos.

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