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Juan Bautista de Anza contra los comanches

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Juan Bautista de Anza contra los comanches

A finales del XVIII, en tiempos de Carlos III, un criollo de origen guipuzcoano se adentró en el Estado de Colorado para dar caza a Cuerno Verde, jefe indio orgulloso y temerario

23.06.13 - 20:33 -
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Juan Bautista de Anza contra los comanches
Escultura ecuestre de Juan Bautista de Anza.

En el Estado norteamericano de Colorado existen unas montañas bautizadas Greenhorn (Cuerno Verde) en recuerdo de un indio que se llamaba así. Era un caudillo comanche que, a finales del siglo XVIII, cuando reinaba Carlos III, atacó los asentamientos españoles de aquellas tierras y se convirtió en el azote de la Corona. Murió luchando contra el criollo de origen guipuzcoano Juan Bautista de Anza, un oficial que en 1779 reunió un ejército con un propósito de localizar al indio y acabar con él, según relata Ángel Martínez Salazar en el libro ‘Geografía de la memoria’.

Cuerno Verde y Anza (1736-1788) son dos personajes de frontera no muy distintos de los que un siglo más tarde poblaron el Oeste de las películas de Hollywood. El primero se convirtió en jefe de su tribu después de que los españoles mataran a su padre en uno de sus encontronazos con los comanches. Era orgulloso y temerario, y en el combate, a la grupa de su caballo, retaba a sus enemigos a que lo atacasen. El segundo, nacido en Fronteras (Estado mexicano de Sonora), era un explorador curtido en el contacto y las luchas contra las etnias del suroeste de Estados Unidos. Su padre era un militar y hacendado de Hernani que también se llamaba Juan Bautista y que murió en un enfrentamiento con los apaches en el desierto de Sonora en 1740.

Anza hijo tenía entonces 3 años. Heredó el espíritu aventurero de la familia y llevó diarios de sus viajes. Su prestigio se forjó en 1775-1776, cuando exploró la ruta terrestre entre México y la Alta California y estableció un asentamiento en la bahía San Francisco. Hasta aquellos parajes condujo una caravana que recorrió dos mil kilómetros desde el presidio (plaza defensiva) de Tubac, en la actual Arizona. La expedición la formaban decenas de soldados acompañados por sus familias, con el fraile catalán Pedro Font como capellán, un religioso escogido por su destreza para calcular latitudes.

Los colonos avanzaron durante casi seis meses, acarreando mil cabezas de ganado y el arpa del líder de la expedición. Cuando pasaron por la confluencia de los ríos Gila y Colorado, fueron acogidos en el poblado del cacique Olleyquotequiebe, un jefe de la etnia yuma. Más adelante se enfrentaron a una tormenta de nieve y a un terremoto. Tres niños nacieron durante el viaje, y una de las madres murió en el parto. Al llegar a su destino, los recibió fray Junípero Serra.

En 1779, con el grado de teniente coronel, Juan Bautista Anza recibió la misión que le enfrentó a Cuerno Verde. Fue nombrado gobernador de Nuevo México y se propuso dejar expeditas las comunicaciones entre Santa Fe, capital de ese territorio, y las regiones situadas al oeste; una franja que discurre a ambos lados de la actual frontera de México y Estados Unidos, y que estaba amenazada por los indios. Apaches, comanches, navajos... Eran tribus que se resistían a la dominación colonial y se dedicaban a robar caballos, al pillaje y a comerciar con el botín. Frenarlas era difícil porque los ranchos estaban aislados y desguarnecidos, de modo que lo mejor era concentrar a los colonos en presidios que formaran una red defensiva.

Al comandante general Teodoro Croix se le ocurrió combinar esa estrategia con expediciones punitivas contra los caciques díscolos. Juan Bautista de Anza comprobó en el camino a Santa Fe los daños causados por los comanches, que después de sus ataques buscaban refugio más allá de la frontera de Nuevo México, en Colorado. Era un avispero conocido como la Comanchería, al que se llegaba atravesando tierras peligrosas en las que los españoles y sus aliados, los indios pueblo, estaban en guerra permanente con los comanches y los ute; aunque ambas tribus también guerreaban entre ellas, y los segundos eventualmente podían unirse a los españoles.

Anza reunió a los colonos y a los indios afectos y planeó una incursión hasta la Comanchería para asestar un golpe definitivo a los rebeldes. En agosto de 1779, reclutó un centenar de soldados de Santa Fe, doscientos voluntarios y más de doscientos indios, a los que se unieron en el trayecto tropas procedentes de Sonora y un puñado de guerreros utes y apaches. A estos últimos se les prometió que el botín se repartiría entre todos por igual.

Aquel abigarrado ejército llegó a los confines del ‘camino real’, ruta que comunicaba Nueva España con Nuevo México, y acampó en un poblado lamado Ojo Caliente, un lugar donde treinta familias de granjeros subsistían a merced de los indios, dispersas en un área de quince kilómetros. Por delante de los soldados, Anza envió exploradores para seguir el rastro de los comanches. A medida que se adentraba en su territorio, ordenó cabalgar de noche para ocultar el polvo levantado por las monturas, y también prohibió encender fogatas. Cerca de un paraje conocido como Las Perdidas, la nieve y la niebla obligaron a hacer un alto, y la tropa lo aprovechó para cazar medio centenar de búfalos.

El enfrentamiento

El primer encuentro con los comanches se produjo en septiembre. Anza dispuso a sus hombres en formación de guerrilla, y los guerreros y sus familias huyeron a caballo. Los españoles mataron a dieciocho enemigos e hicieron treinta prisioneros entre las mujeres y los niños, quedándose con quinientos caballos. Los cautivos contaron que Cuerno Verde había convocado a las tribus a la vuelta de una correría por Nuevo México, una ocasión perfecta para sorprenderlo. Los perseguidores decidieron dividirse, de modo que Anza se concentraría en el jefe indio mientras que sus aliados ute combatirían a las demás bandas.

El militar alcanzó a su enemigo en una cañada cercana al río Arkansas y le tendió una trampa. Primero lo persiguió, luego le hizo creer que desistía y finalmente lo atrapó junto a un pantano, donde, a lomos de un caballo brioso, el indio gesticulaba para que le atacaran.

El 3 de septiembre, con apenas cincuenta hombres a su lado, Cuerno Verde se parapetó con los caballos y se batió pie a tierra contra seiscientos enemigos. “Una tan vizarra quanto gloriosa defensa”, escribió Anza más tarde. Murieron el cabecilla comanche, su hijo primogénito, otros cuatro jefes, diez guerreros y un hechicero que le había convencido de que era inmortal. Estaba tan pagado de sí mismo que ni siquiera cargó su mosquete, sino que ordenó a otro que lo hiciera en su lugar. «Infiero que su muerte -agregó Anza- se la causó su propio arrojo, valor o desprecio, que quiso hacer de nuestras gentes cevado de las muchas ventajas que siempre había conseguido sobre ellas por los desórdenes que siempre se han gobernado en la guerra».

Los españoles odiaban a Cuerno Verde porque había asesinado a sangre fría a cientos de prisioneros. Atribuían esa crueldad a la ira que le produjo la muerte de su padre por las tropas españolas. Su perseguidor, que también había perdido a su padre cuatro décadas antes a manos de los apaches, bautizó el lugar de la victoria como Los Dolores de María Santísima (en las montañas Greenhorn).

Después de aquel combate, los españoles trataron de unir a las tribus comanches e invitaron a las comunidades ute a reconciliarse con ellas. Relata Ángel Martínez Salazar en su libro ‘Geografía de la memoria’: "Durante horas (los ute) se negaron, enojados como estaban, a fumar (la pipa de la paz) con Anza, e incluso a aceptar sus regalos". Sin embargo, el criollo de origen guipuzcoano los persuadió.Y prohibió a los colonos entrar en territorio indio.

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