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"Imagínate que el shaolín fuese marroquí"

la comunidad magrebí es la mayor entre los inmigrantes

"Imagínate que el shaolín fuese marroquí"

Los magrebíes, el colectivo inmigrante mayor y peor valorado por los vascos, se rebelan contra los prejuicios

23.06.13 - 00:01 -
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'Imagínate que el shaolín fuese marroquí'
Usuf Ibn Orofa, del Consejo Islámico del País Vasco, se toma un té en un local marroquí. /Ignacio Pérez

Una de las entrevistas en las que se basa esta información fue realizada en la terraza de una céntrica cafetería de la Gran Vía bilbaína. Tres hombres de apariencia claramente magrebí y quien escribe estas líneas charlaron durante una hora sin poder tomar nada. En todo ese tiempo fue imposible, pese a los múltiples intentos, pedir unas consumiciones. Los camareros esquivaban la mesa para servir a otros clientes. Khalid, Noureddine y Jamil sonreían resignados. Nada nuevo. «Será que les sobra clientela», desdramatizaban.

Es lo que tiene caer mal. Y no es solo una sensación. El último barómetro del Observatorio Vasco de la Inmigración, Ikuspegi, vuelve a situar a la comunidad magrebí como la que genera más rechazo en la sociedad vasca: en una escala de simpatía del 0 al 10, los encuestados les otorgan un 3,7. La nota más baja. También suspenden los ciudadanos del Este, con un 4,3. Chinos y latinoamericanos aprueban por los pelos, salvo los argentinos (5,9). Un 5,5 obtienen los subsaharianos. Caen mejor los europeos occidentales (6,3) y los estadounidenses (5,6).

¿Qué nos pasa con los marroquíes? «El factor principal es que somos una comunidad muy visible», se arranca Moulay Driss, presidente de Comunidad Sociocultural Marroquí Al Manar. De hecho, es el colectivo de inmigrantes más importante de Euskadi desde hace dos años, con 18.120 personas en 2013, según Ikuspegi. Más del triple que hace nueve años. Y, por supuesto, suponen la inmensa mayoría de los magrebíes, que suman 24.917 contando otras nacionalidades como argelinos, tunecinos o libaneses. Además de por su número creciente, son visibles porque «para integrarnos no queremos dejar de hablar árabe ni cambiar nuestra forma de vestir», continúa. «Este ya es un país multicultural y multiétnico, guste o no, y no somos todos iguales. Integración no quiere decir asimilación».

En la Asociación de Inmigrantes Marroquíes de Euskadi Azraf mantienen el mismo discurso. «Ahora que nuestro colectivo es visible quiere ser como es, no estar camuflado», explican a una sus portavoces, Khalid Amzir, Noureddine Ofakir y Jamil Bouzitoune. En este sentido, Yusuf Ibn Oroza, secretario general del Consejo Islámico del País Vasco, reivindica la eliminación de los «vetos» a mezquitas, la adaptación de menús en colegios, que la educación de religión islámica esté en pie de igualdad con la católica... «Que el Gobierno vasco aplique la Ley 26/1992, el Acuerdo de Cooperación del Estado con la Comisión Islámica», reclama. «Es necesaria la implicación de las instituciones, buscar puntos de encuentro entre la sociedad vasca y la comunidad islámica».

Pero no nos engañemos. Las diferencias religiosas son una mínima parte del problema. Solo hay que salir a la calle y escuchar los estereotipos que maneja buena parte de la ciudadanía vasca. O, si se quiere un análisis sociológico más científico, atender a las encuestas de Ikuspegi en las que un 64% de los autóctonos creen que los foráneos se benefician excesivamente de las ayudas sociales. Y un porcentaje similar dice que su llegada aumenta la inseguridad.

8% de la población reclusa

Esta es una percepción hinchada. Según el fiscal superior de Euskadi, Juan Calparsoro, únicamente el 10% de las 12.000 acusaciones anuales del Ministerio Público en causas penales van contra personas sin residencia legal, y aquí se incluyen todas las nacionalidades. «Es una minoría», señala. Y, en concreto, los marroquíes suponen el 8% de la población reclusa en las prisiones vascas (118 presos de un total de 1.495, según fuentes penitenciarias). Un porcentaje similar al que representan en el total de detenciones practicadas por la Ertzaintza.

«Abrimos negocios y somos el colectivo inmigrante que más aporta a la Seguridad Social en Euskadi, pero eso no se valora», critica Moulay Driss. «Solo se tiene en cuenta cuando alguien roba». En este punto, todos los responsables de los colectivos marroquíes apuntan hacia los medios de comunicación como parcialmente responsables de la imagen que de ellos se proyecta. A su juicio, revelar la nacionalidad de los protagonistas de sucesos brutales como la agresión a una trabajadora social en Bilbao el mes pasado pone el foco injustamente sobre el conjunto de la comunidad magrebí.

De hecho, perciben que la amenaza de la xenofobia se muestra abiertamente cuando una ofensa es sentida por la población local como doblemente ultrajante si quien la comete es un magrebí. «Imagínate que el shaolín fuese marroquí...», coinciden en señalar tanto el secretario general del Consejo Islámico del País Vasco como el presidente de Comunidad Sociocultural Marroquí Al Manar. «No quiero ni pensarlo», dice el primero, convencido de que la respuesta social estigmatizaría aún más a sus compatriotas. «Cuando un marroquí comete un delito se culpa a toda la comunidad».

Esto no significa que ignoren la existencia de problemas. Pero en su origen no está ni la religión ni la raza. Está la pobreza. «Quien roba es porque está mal», admiten desde Azraf. Y es este tipo de delincuencia la que incide en la inseguridad ciudadana y en la percepción social de determinado colectivo. «Buena parte de la población marroquí es pobre y es cierto que una mínima parte delinque. Lo injusto es estigmatizar a todos por unos pocos». Además, por pura proximidad geográfica, está el asunto de los «menores no acompañados que, por supuesto, crean alarma social», admite Khalid Amzir. «Hay grupos que están en exclusión social» y eso les convierte, a veces, en protagonistas de «robos y agresiones» que, eso sí, «son magnificados» por una sociedad que, a su juicio, «busca a los inmigrantes para que paguen los platos rotos de la crisis». Además, está la actitud de «ciertos políticos» que vinculan inmigración con delincuencia y de ese modo pretenden «desviar la atención del paro y la corrupción...», asegura.

¿Qué hacer para atajar esta situación? Fundamental sería acabar con los «ghetos» en los que, a juicio de Yusuf Ibn Oroza, se han convertido ciertos barrios de las ciudades vascas. Porque en las desigualdades sociales está el origen de todo, como bien saben en países como Francia. Además, «todos tenemos que ceder, aprender a convivir». ¿Qué le dice a quienes responden que deben ser ellos, los extranjeros, los que deben adaptarse a las costumbres de aquí? «Que yo soy musulmán, esas son mis costumbres, y soy de aquí».

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