El Correo Digital
Lunes, 1 septiembre 2014
sol
Hoy 14 / 26 || Mañana 15 / 27 |
más información sobre el tiempo

los fogones de los presidentes

Las cocinas del poder

La línea de François Hollande ha sucumbido a los platos de Bernard Vaussion, uno de los miembros del selecto Club des Chefs des Chefs. Repasamos los responsables de otros fogones de bandera

09.06.13 - 00:01 -
En Tuenti
CerrarEnvía la noticia

Rellena los siguientes campos para enviar esta información a otras personas.

* campos obligatorios
Cerrar Rectificar la noticia

Rellene todos los campos con sus datos.

* campos obligatorios
Las cocinas del poder
La chef filipina Cristeta Comerford (segunda por la izquierda en la foto) fue nombrada cocinera jefa de la Casa Blanca en 2005. Es una gran defensora del ajo, ingrediente esencial en el adobo filipino, y una aliada de Michelle Obama en sus iniciativas por la alimentación sana. En la imagen vemos a las dos mujeres antes del rodaje de un programa de televisión, acompañadas por los ‘celebrity chefs’ Bobby Flay, Alton Brown, Mario Batali y Emeril Lagasse.

En su primer día en el Elíseo, Valérie Trierweiler, la pareja de François Hollande, bajó a las cocinas para definir las directrices de la alimentación en palacio. Allí dejó bien claro que uno de los objetivos era conseguir que el presidente, un hombre glotón y amante de la gastronomía rural, mantuviese la excelente línea que había conseguido durante la campaña: menos ‘cassoulet’ y liebre ‘à la royale’ y más pescado y verduras. Eso sí, el nuevo jefe de Estado quería recuperar el queso, esa pieza fundamental de la alimentación francesa que Sarkozy había eliminado de sus refrigerios siempre apresurados, más eficaces que placenteras. En la primera comida oficial, el compañero de mesa de Hollande fue Rajoy, y el menú buscó cierta moderación: ‘fondant’ de buey de mar con aguacate, lomo de rodaballo con jamón y pastel de fresa, acompañados por unos cuantos vinos de la bodega del Elíseo, ese lugar legendario y climatizado donde duermen 12.800 botellas.

Pero las precauciones no han funcionado como se esperaba: a Hollande se le ve hoy mucho más relleno que cuando accedió al cargo. En un año ha tenido que cambiar de trajes dos veces, porque los botones amenazaban con saltar bajo la presión de la barriga presidencial. El principal responsable de estas redondeces es Bernard Vaussion, que entró a trabajar de marmitón en el Elíseo allá por 1975 y alcanzó el puesto de cocinero jefe treinta años después. Vaussion, que tiene previsto jubilarse este año, reina –con permiso de la República– sobre unas cocinas de quinientos metros cuadrados donde se afanan veinte empleados, para saciar el hambre de unas doscientas personas cada día. Hace unos meses repasaba para la revista ‘Slate’ las singularidades de sus sucesivos jefes máximos, como la distancia altiva de Mitterrand –ni siquiera sabía el nombre de su chef–, la voracidad sin barreras de Chirac –se zampaba desde cabezas de ternera hasta especialidades vietnamitas– o la costumbre de Sarkozy de beber exclusivamente champán y su pasión desmedida por el chocolate. De Hollande sabemos que detesta las alcachofas, con lo bien que le vendrían para hacer dieta.

Vaussion es uno de los miembros del Club des Chefs des Chefs (algo así como el club de los chefs de los que mandan, aunque en la traducción se pierda la simpática redundancia del francés), una asociación que reúne a una veintena de cocineros de jefes de estado y a algún otro de jefes de gobierno o de instituciones internacionales. La fundó en 1977 el francés Gilles Bragard, propietario de la firma puntera en vestuario para profesionales de la cocina, una casa que empezó con ropa para pintores y escayolistas, creó después el delantal parisino de los carniceros y acabó convirtiéndose en la referencia indumentaria del universo de los chefs. A Bragard le gusta soltar frases como «si la política divide, la mesa junta» o «los presidentes vienen y van, los cocineros se quedan», y también suele recordar lo que le dijo el ministro Talleyrand a Napoleón: «Dadme un buen cocinero y os daré buenos tratados». Los miembros del club se reúnen una vez al año –en 2012 la cita fue en Berlín y París, este verano toca EE UU– y el encuentro suele propiciar un poco de moderado cotilleo.

Aunque estos cocineros suelen cerrarse como ollas exprés ante las preguntas de la prensa, siempre dejan escapar alguna banalidad curiosa. Nos enteramos así, por ejemplo, de que el Kremlin mantiene un servicio de catadores para evitar envenenamientos, de que Obama aborrece las remolachas pero es «muy aventurado» a la hora de probar recetas nuevas, de que la reina Isabel de Inglaterra no soporta el ajo y desayuna cereales Special K o de que a Angela Merkel, alemana ortodoxa, le privan la sopa de patatas y las salchichas especiadas. No es el único caso de patriotismo a ultranza: el veterano presidente de Italia, Giorgio Napolitano, come un montón de espaguetis con tomate, aunque también es verdad que el chef Fabrizio Boca se los guisa en versión de lujo, combinando tres variedades de la hortaliza, aceite de Viterbo, cebolla de Giarratana, apio de Terni y sal de Cervia. Estos cónclaves también son un buen momento para evocar anécdotas históricas, como cuando Eleanor Roosevelt sirvió ‘hot dogs’ a los reyes británicos o aquella vez que Margaret Thatcher felicitó a un cocinero por un plato de ternera con colmenillas pero, a continuación, se quejó porque la carne «era muy cara». El vínculo entre los cocineros de distintos países resulta muy ventajoso en las fechas previas a visitas de Estado, cuando permite llamar al colega correspondiente para conocer las preferencias y rarezas del invitado.

Los jefes de Estado suelen recurrir a cocineros del propio país, aunque los reyes de Dinamarca tuvieron durante un tiempo un chef japonés. La otra excepción a la norma es Cristeta Comerford, la mujer que manda en los fogones de la Casa Blanca, una filipina que llegó a Estados Unidos con 23 años y empezó su carrera en lo más bajo, aliñando ensaladas en un hotel Sheraton de Chicago. ‘Teta’, la hija de Honesto y Erlinda, no paró de prosperar y se incorporó al equipo de cocina del presidente en 1995. Fue Laura Bush quien la encumbró diez años después, entusiasmada con esa versatilidad que le permitía preparar sofisticados menús para las visitas europeas y también enchiladas, ‘burgers’ y sandwiches de mantequilla de cacahuete para el poco ceremonioso George. Cristeta dispone de cinco empleados y cobra unos 80.000 euros anuales.

Las guindillas del Rey

Otra ‘estrella’ dentro del selecto club es el inglés Mark Flanagan, cocinero de la reina Isabel desde 2002, a quien han comparado alguna vez con el televisivo Gordon Ramsay por sus malas pulgas. Quizá la equivalencia no sea la más oportuna, dado que Ramsey declaró una vez que la comida en Buckingham era «una mierda» (lo dijo, de hecho, tres veces seguidas) y añadió que sus canapés tenían pinta «prehistórica», pero el caso es que Flanagan es otro hombre de genio vivo, que al parecer ha logrado enviar a algunos subordinados a la enfermería con solo echarles una bronca. Claro que la encomienda más complicada en este grupo de profesionales le corresponde a Daryl Schembeck, el neoyorquino que se ocupa de la comida en la ONU: él no tiene que satisfacer a un líder antojadizo y pagado de sí mismo, sino a 193.

¿Y qué hay de los españoles? Del cocinero de Rajoy no sabemos nada: «Lo consideramos parte de la vida privada de la familia del presidente», se excusan en La Moncloa. En La Zarzuela oficia Antonio Paredes, que procede del restaurante Jockey, local de confianza de la Familia Real desde hace décadas. Paredes, que no forma parte del Club des Chefs des Chefs, puso fin a siglos de mando militar en las cocinas de palacio, con su tufillo a rancho cuartelario, y ha sabido satisfacer los gustos de una reina vegetariana y abstemia y un rey zampón y gozón. En su libro ‘La cocina de la Casa Real’, la periodista Eva Celada reveló que don Juan Carlos siente aversión por las setas, algo que quizá tuvo su origen en motivos de seguridad, y adora el picante hasta el punto de haber llevado durante mucho tiempo un pastillero con guindilla.

«Tenéis un cometido difícil y exigente, pero muy útil para las relaciones internacionales –les dijo François Hollande a los cocineros de Estado cuando se juntaron en París–. Que una negociación salga bien o mal depende de vosotros. Proporcionáis un poco de felicidad a quienes nos visitan». Y a él y a su sastre, está visto que también.

TAGS RELACIONADOS
En Tuenti
pliega/despliegaLo más comentado
pliega/despliegaLo último de elcorreo.com
elcorreo.com

EN CUALQUIER CASO TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS:
Queda prohibida la reproducción, distribución, puesta a disposición, comunicación pública y utilización, total o parcial, de los contenidos de esta web, en cualquier forma o modalidad, sin previa, expresa y escrita autorización, incluyendo, en particular, su mera reproducción y/o puesta a disposición como resúmenes, reseñas o revistas de prensa con fines comerciales o directa o indirectamente lucrativos, a la que se manifiesta oposición expresa.