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La guerra de Chen Agen

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La guerra de Chen Agen

Un nuevo libro sobre la Guerra Civil recupera la historia ignorada de un centenar de combatientes chinos que apoyaron a la República

09.06.13 - 00:00 -
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La guerra de Chen Agen
Una imagen del campo francés de internamiento de Gurs.

El mercado de títulos sobre la contienda española está saturado, pero aún es posible sorprender a los lectores. Lo consigue el libro ‘Los brigadistas chinos de la Guerra Civil’, editado por Catarata y que suscita como mínimo curiosidad. Los autores son He Wuei-Tsou y Len Tsou, un matrimonio de taiwaneses afincados en Estados Unidos que indagaron sobre el tema a raíz de un hecho casual: descubrieron varios nombres orientales en una publicación sobre el 50 aniversario de la Brigada Lincoln, la unidad en la que lucharon los norteamericanos del bando republicano. A partir de ahí reconstruyeron las peripecias de los voluntarios de Extremo Oriente: chinos, vietnamitas, filipinos... Un grupo heterogéneo cuya historia había sido relegada al olvido.

Los chinos que combatieron en las Brigadas Internacionales rondaban el centenar. La mayoría llegaron al frente procedentes de EE UU y de Francia, aunque dos residían en la Península, y uno de ellos se ganaba la vida como vendedor ambulante. Tan sólo uno, el comunista Chen Agen, viajó directamente desde China. Había nacido en Shanghai en 1913 y huía de las fuerzas nacionalistas de Chiang Kai-sheck, a las que no hizo gracia que hubiera organizado un sindicato.

Chen Agen, un joven fuerte y de ancho rostro, se enroló como pinche en un mercante francés, a las órdenes de un jefe de cocina vietnamita, un hombre culto, políglota y bien informado de lo que ocurría en el mundo que le dijo que había una guerra en España. Desembarcó en La Coruña y se marchó a combatir a Asturias, siendo capturado en Mieres durante el verano de 1937. Las tropas franquistas habían entrado en el Principado tras el desmoronamiento del frente en Santander y el pacto de Santoña. En enero de 1938, el brigadista chino ingresó en el penal del Dueso, en Santoña, donde meses antes habían sido recluidos soldados republicanos y gudaris del Ejército vasco. Por aquella prisión pasaron el nacionalista Juan Ajuriaguerra, el socialista Ramón Rubial, el dramaturgo Antonio Buero Vallejo, el poeta José Hierro...

Los internos del Dueso enseñaron a Chen Agen a coger cangrejos en la playa, utilizando los dedos como cebo y cociéndolos después en una olla. El libro de He Wuei-Tsou y Len Tsou cuenta que el preso asiático se hizo muy amigo de un marroquí, Julián Ben Raadi, que le ayudaba a pescar, y de otro brigadista estadounidense, Lou Ornitz, un gigante de casi dos metros con el que que volvió a coincidir en el campo burgalés de San Pedro de Cardeña.

Ornitz preguntó un día a Chen Agen por qué el cocinero vietnamita que conoció en el barco no se quedó a pelear en España. El chino confesó habérselo planteado, pero el cocinero respondió que debía acudir a un centro de la Unión Soviética. Tiempo después, Ornitz se preguntó si no podía tratarse del futuro líder norvietnamita Ho Chi Minh, que pasó por la Escuela Internacional Lenin. Los datos personales, dominio del francés, viajes en barco, estancia en la URSS, concordaban.

Chen Agen y Lou Ornitz se separaron en 1938, cuando el segundo fue liberado en un intercambio de prisioneros republicanos e italianos. El comunista chino permaneció recluido hasta 1942, cuando las autoridades franquistas lo soltaron en Madrid, donde se pierde su pista. Podría decirse que ese brigadista fue la contribución simbólica de Mao Tse Tung a la República española, ciertamente escasa si se compara con la de Stalin. Pero China había sido invadida por Japón, y a los comunistas -y a los nacionalistas de de Chiang Kai-sheck- les bastaba y sobraba con oponerse a los soldados nipones.

El propio Mao se disculpó ante sus correligionarios españoles en una carta abierta: “De no ser porque tenemos enfrente al enemigo japonés, iríamos con toda seguridad a integrarnos en vuestras tropas”. Es inevitable preguntarse -en tono irónico- qué habría ocurrido en España si Mao no habiera estado tan ocupado y realmente hablara en serio.

De todos modos, sin necesidad de una contribución china, la Guerra Civil se inundó de extranjeros, y no sólo con los 35.000 miembros de las Brigadas Internacionales, procedentes de medio centenar de países países, que pelearon por la República entre 1936 y 1938. “En términos generales, Mussolini envió 100.000 soldados y Hitler, 50.000», recuerda el libro sobre los brigadistas chinos. «Si a ello sumamos los 175.000 procedentes de Marruecos y Portugal, la cifra total de combatientes extranjeros que participaron en el bando rebelde es de cerca de 330.000”.

En realidad, al bando franquista no lo apoyaron sólo las potencias totalitarias. Las democracias oficialmente ‘neutrales’ no lo fueron tanto en la práctica. El Reino Unido permitió a los ‘nacionales’ utilizar las comunicaciones de Gibraltar para trabar contacto con Berlín, Roma y Lisboa. La petrolera Texaco, con el permiso tácito del presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt, les proporcionó 3,5 millones de toneladas de combustible pagado con préstamos baratos. General Motors y Ford les entregaron 12.000 camiones (frente a los 3.000 que enviaron alemanes e italianos). Y la empresa Du Pont les suministró proyectiles.

El destino quiso que un puñado de revolucionarios de Extremo Oriente irrumpiera en aquel trágico episodio de la historia. Cuando acabó la guerra española, muchos acabaron en campos de internamiento de Francia. Algunos volvieron a su país de origen para luchar contra Japón y uno -Xie Weijin- sería represaliado por ‘revisionista’. Los lugares por donde pasaron, el Dueso, San Pedro de Cardeña, Benicàssim, Belchite, se transforman con su presencia exótica y la de otros personajes singulares, como los médicos extranjeros que sirvieron con la República y luego marcharon a China a luchar contra los japoneses. A partir de entonces se los conoció como los ‘médicos españoles’.

No faltaron en el bando republicano combatientes filipinos con apellidos vascos: Manuel Lizárraga, Dimitri Gorostiaga... Y un voluntario de la isla de Hokkaido, el único japonés que combatió contra Franco. Se llamaba Jack Shirai y había viajado a España desde San Francisco. Se convirtió en el cocinero más famoso de las Brigadas Internacionales -su especialidad eran los garbanzos-, aunque le irritaba que le destinaran a un puesto auxiliar. Shirai puso dos condiciones para aceptar el papel de marmitón: tener su fusil y que lo acercaran a la zona de fuego. Y así fue como murió en la batalla de Brunete. “Al final, a este ‘cocinero armado’ lo mató una bala perdida mientras llevaba comida a la zona de combate”. Sus compañeros de armas lo enterraron bajo un olivo en Villanueva de la Cañada.

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