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Mujeres sin nombre

Pero la víctima tenía nombre. Se llamaba Ada. Y así lo gritó con la garganta y con las tripas su amigo

07.06.13 - 19:08 -
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Conducía hacia casa rumiando mis problemas cotidianos mientras caía la tarde. En la radio un locutor daba cuenta de los últimos datos del caso del falso monje shaolin, presunto y múltiple asesino. Y entonces le escuché. Creí entender que era un amigo de una de sus víctimas. La primera que se encontró. La que se aferraba al último hilo de vida que le quedaba. Y el hombre se indignó. Porque su amiga, no tenía nombre. Era prostituta. Al menos para los medios. Y, no nos engañemos, para la sociedad. Esa dama con la que nada creemos tener que ver, pero que somos todos. Y siempre es implacable e injusta cuando se trata de etiquetar. Este caso es un ejemplo. "La prostituta que presuntamente mató el presunto monje shaolin...". Todo presunto menos la puta. Porque esa era la palabra que flotaba en el aire y pesaba en la conciencia. Como si la forma de ganarse las alubias de cada uno sirvieran como nombre de pila y apellido. Pero la víctima tenía nombre. Se llamaba Ada. Y así lo gritó con la garganta y con las tripas su amigo. Que también tendrá nombre, pero tampoco lo dijeron. Un amigo. Un nigeriano. Un inmigrante. Sin nombre, ni apellido. Solo patria. La que, por cierto, ya no pisa. Y entendí su enfado. Por eso cambié de frecuencia. Y entonces, mientras sonaba una de esas canciones que se parecen a todas, la vi.

Se escondía bajo una farola. Era un bulto sospechoso asomado a una rotonda. Pese a pasar muy cerca, no pude concluir su edad, ni nacionalidad. De hecho, ni siquiera tengo claro cuál era su sexo. Minifalda tamaño cinturón, escote de rápida abertura, maquillaje incrustado… La clásica y triste estampa de cada día en muchos rincones de éste planeta que se dice humano. Hay quien asegura que es el oficio más viejo del mundo y quien protesta porque le llamen oficio. Les confieso que, éste, es uno de esos asuntos en los que resulta difícil tomar partido. El problema de la prostitución es que no existe un debate, sino muchos dilemas. Por un lado está el ético. Hasta qué punto se trata de un acto voluntario o de una cruel explotación. Mientras hay voces que dan valor de ley al derecho de toda persona a hacer lo que quiera con su cuerpo, otras subrayan que la bajeza de acto vulnera los derechos humanos. Máxime cuando la inmensa mayoría se encuentran presas y presos, también los hay, de mafias y gentuza. Pero si salimos de este primer debate nos encontramos con otros. Legalización, ubicación, control... Ideas que me rondaban en la cabeza la tarde que entré en aquella rotonda. Cuando vi a aquella mujer. Tener cerca de casa un lugar de "alterne de alto standing" me había permitido conocer, desde niño, el falso glamour del asunto. Ver salir del club a aquellas mujeres con las bolsas de la compra restaba morbo al asunto. Y quizá por ello, sabiéndolas humanas, nunca estuve cómodo en las despedidas de solteros con final en el 'puti'. Pero no por cuestión moral. Uno es tirando a pecador en casi todo. Sino por evidente, por vulgar y por triste. Porque allí todo es falso. Incluidos los nombres.

En ello pensaba en aquella rotonda. Salí por la segunda salida, dejando atrás a un ser humano que, con toda probabilidad, siga esperando bajo la farola. Sin encontrar su salida, sin que nadie se la dé. Vendiendo su cuerpo, cada vez por menos euros, en ese hotel triste con millones de estrellas. Esperando clientes, toda su vida, en una rotonda sin salida. Y ahora pienso que tendría un nombre. Porque todos lo tenemos. Da igual que estemos vivos o nos hayan asesinado. Quizá más en ese segundo caso, porque es como matarte dos veces. Así que, da igual si eran masajistas, meretrices o ingenieras de telecomunicaciones. Eran dos personas. Con nombres y apellidos. Mauren Ada Ortuya y Yenny Sofía Revollo Tuiran. No han tenido suerte en la rotonda de la vida. Alguien, un asesino, les hizo salir antes de tiempo de ella. Ojalá se cumpla la ley. Justicia nunca se cumple. Porque no te devuelven el pulso y el aliento. Pero al menos que nadie olvide que tenían familia, amigos y un nombre.

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