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Noja, ciudad fantasma

LA DOBLE CARA DE la LOCALIDAD cántabra

Noja, ciudad fantasma

Es el municipio de España con más segundas viviendas: el 91% de sus casas lo son. En invierno es una villa de 2.653 habitantes; en verano se convierte en una metrópoli de 70.000

26.05.13 - 00:01 -
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Noja, ciudad fantasma
Las playas que atrajeron a los primeros visitantes hace más de medio siglo siguen siendo el principal atractivo turístico de Noja./ Sane

La primera impresión que uno recibe cuando llega a Noja es la de que todo es nuevo: calles, aceras, tiendas y, sobre todo, casas, parecen recién estrenadas y pendientes de poblar. Una iglesia, un par de palacios y un puñado de casonas permanecen como pruebas de que la villa no se levantó hace un cuarto de hora. El resto del paisaje urbano consiste en una sucesión de bloques de viviendas de todos los tamaños, diseños y colores que, con todas las persianas abajo, dan un aire soñoliento al lugar. La explicación es bien sencilla: es temporada baja y los visitantes aún tardarán mes y medio en llegar.

Según los datos que acaba de publicar el Instituto Nacional de Estadística (INE), Noja es el municipio con mayor porcentaje de segundas viviendas de todo el país, el 90,95%. Los siguientes puestos de honor del ránking, con cifras mucho menores, son para Daimús (Valencia), con el 76%; Llançá (Gerona), con el 73%; Los Alcázares (Murcia), con un 68%, y una larga lista con dominio mediterráneo. Quiere esto decir que solo 1.000 de los casi 12.000 pisos y apartamentos de la localidad son domicilios principales, ocupados durante todo el año. El resto aguarda vacío a los meses de julio y agosto.

La historia más reciente de este pueblo enclavado en la costa oriental de Cantabria (a 40 km de Santander y 80 de Bilbao), es igual a la de tantas otras localidades turísticas: dedicados a la agricultura y la ganadería, sus vecinos descubrieron el filón en la década de los 60. No les costó demasiado deshacerse del ganado y los aperos para centrarse en atender a los viajeros atraídos por la belleza de sus playas, ocho kilómetros de arenales dorados, y la promesa de la paz del campo. Primero les alquilaron sus casas, mientras los más avispados ya invertían en pequeños hotelitos; en los 70 aparecieron los cámpings y en los 80 empezó la demanda de viviendas. En las décadas siguientes, el furor inmobiliario lo sembró de construcciones que adquirieron veraneantes procedentes, en su inmensa mayoría, del País Vasco, pero también de Valladolid, Logroño o Madrid.

Si en otras poblaciones puede hablarse de contraste al comparar el modo en que se desarrolla la vida en invierno y en verano, en Noja esa diferencia se convierte en locura: solo hay que imaginar lo que puede suponer que un pueblo de 2.653 habitantes (censo oficial) se transforme de un día para otro en una ciudad con 70.000 personas. Las playas que ahora están desiertas se convierten en hormigueros y los paseos apenas pueden contener las riadas de gente que, además de pasear, conduce, come, bebe y compra.

Para algunos, como Marcelino Viadero, el cálculo es sencillo. Como se dedica a hacer pan sabe que hoy le bastará con amasar 200 kilos para cubrir la demanda, mientras que cualquier día de verano hornea 3.500. Puede echar la cuenta de mil maneras, incluso con la prensa que vende: hoy el repartidor le ha dejado 26 ejemplares de EL CORREO, cuando cualquier día de verano vende quinientos. Y no tendría un momento para charlar, ocupado en atender una cola de clientes que da la vuelta a la esquina.

Lo mismo sucede en cualquier otra actividad. Un bar bien ubicado, que sobrevive con los blancos de los parroquianos mientras hace frío, llega a servir tonelada y media de rabas en uno de los meses buenos. No es de extrañar que cualquiera que tenga un negocio aguarde con impaciencia esa invasión que se traducirá en dinero. «Es como la marabunta: llegan de golpe y se van de golpe. Entra el 1 de septiembre y ya es como en invierno», describe Aurora Ruigómez tras el mostrador de la céntrica farmacia en la que trabaja. Horarios continuos y refuerzos de empleados –pasan de tres a siete– son la clave para responder a la demanda de crema solar, pasta de dientes y todos esos medicamentos que el resto del año no se venden porque los médicos de Noja no los recetan. «Yo estoy deseando que llegue el verano. En una farmacia siempre hay cosas que hacer, pero cuando hay gente las horas son mucho más entretenidas».

Unos lo desean y otros lo temen. Verano significa apreturas y agobios en el consultorio médico que sacan adelante dos médicos, una enfermera (que serán tres y tres entonces) y una administrativa. La sala de espera se convierte en el zoco, los despachos, en salas polivalentes, que es lo mismo que decir que sirven para cualquier cosa. Los niños con mataduras se mezclarán con los adultos que quieren controlar su hipertensión o su diabetes y quienes se sacan sangre para ajustar el Sintron. Y, entre uno y otro, inyecciones. «Lo primero que hace falta son medios, un centro adecuado y espacio para atender. Esto es un centro rural, y lo sigue siendo durante los dos meses en que Noja se convierte en ciudad», insiste la enfermera María Alaska Leonor Fernández. Su gran tesoro es un desfibrilador, conquistado después de gran lucha, que viene a confirmar que el caso de Noja es especial: es raro que un centro de primera atención en un pueblo disponga de ese equipamiento.

«Caro y malo»

«Los servicios que dependen del Ayuntamiento están siempre cubiertos», asegura Jesús Díaz, el alcalde, que se ha acostumbrado a regir un municipio con esta especie de trastorno bipolar. Defiende que los socorristas y los operarios de limpieza de playas y recogida de basuras funcionan como relojes incluso en los momentos en que hay mayor número de residentes. Existen, no obstante, cuentas pendientes: la atención sanitaria, la escasez de fuerzas del orden (17 policías municipales son demasiados en invierno y muy pocos en verano), la lata derivada de la juerga y la urgente necesidad de poner en funcionamiento la nueva depuradora. La actual está diseñada para atender las necesidades de, como mucho, 40.000 intestinos.

La lista crece cuando se habla con Elena Carrero, presidenta de la asociación Conciencia Ciudadana 10 de agosto, creada en 2009 como reacción a una subida del IBI de más del 30%. Accesos a las playas inadecuados, un servicio de suministro de agua «caro y malo», falta de voluntad por parte del Ayuntamiento para luchar contra ruidos y botellones, e irregularidades urbanísticas se suman al catálogo de los horrores municipal.

En Cantabria, la edificación salvaje del litoral se ha saldado con la lógica degradación del paisaje y un rosario de sentencias de demolición (casi 700) para las construcciones ilegales. De algún modo, Noja se ha mantenido al margen, pese a haber levantado 10.000 viviendas en apenas dos décadas y a que su evolución va ligada al boom del ladrillo:hasta 2008, el Ayuntamiento recaudaba un millón de euros por licencias de construcción; después, nada. Eran los tiempos alegres en que los pisos y el dinero cambiaban rápidamente de manos. Un apartamento de 60 metros cuadrados que costó 72.000 euros hace quince años llegaba a venderse por 180.000. Ahora, rebajados a 120.000, crían telarañas a la espera de un comprador.

Son detalles que, probablemente inquieten muy poco a Crisanto Rodríguez y Clara Gómez, un matrimonio de Oñate (Gipuzkoa) que ha acudido a comprobar que todo esté en orden en su casa, que compraron en 2000, antes de dar comienzo oficial a una temporada que se adelanta desde que él se jubiló. Son 135 vecinos en la urbanización pero solo se han cruzado con dos. «El invierno me deprime –dice ella–. Con el mar así –anda bravo– y todo vacío...». A Crisanto parece que le da más igual: sabe que en poco más de un mes todo eso se habrá solucionado.

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