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Osakidetza cumple los treinta con pocas arrugas

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Osakidetza cumple los treinta con pocas arrugas

24.05.13 - 00:01 -
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Osakidetza cumple los treinta con pocas arrugas
Iñaki Agirre, en las Urgencias del hospital Donostia, donde trabaja como celador./ Luis Michelena

El 19 de mayo de 1983, el Parlamento vasco aprobaba la ley por la que se creaba el Servicio Vasco de Salud. Carlos Garaikoetxea era lehendakari y Jesús Javier Aguirre Bilbao, consejero de Sanidad y Seguridad Social. Euskadi se convertía así en la primera comunidad autónoma capaz de gestionar su propia sanidad. Y al organismo encargado de hacerlo se le bautizó con el nombre de ‘Osakidetza’. ¿Por qué? Este término, difícil de pronunciar al principio para la gran mayoría de los ciudadanos, no era gratuito. «El origen semántico de su denominacion euskerica refleja las ideas de salud y solidaridad». Tal cual figura en la ley 10/1983 de 19 de mayo que aprobó la Cámara de Vitoria un jueves «en un ambiente de consenso», según reza en los periódicos de la época. Y es que, desde el mismo momento del parto, aquel recién nacido tuvo vocación de servicio universal, es decir, de asistir a todos por igual como un derecho inherente a la persona, sin mirar a las cotizaciones a la Seguridad Social.

¿Cómo era aquella Osakidetza de 1983? «Un organismo muy pequeño», recuerda su actual director general, Jon Etxeberria Cruz. Y tanto. Su principal misión era gestionar los hospitales denominados 'del tórax': Santa Marina, en Bizkaia; Amara en Gipuzkoa; y Leza en Álava. Tres centros sanitarios que tenían el estigma de cuidar a pacientes de tuberculosis, una enfermedad que todavía evocaba demasiado a la postguerra. Pero, además, debía ir dando pasos para asumir las grandes transferencias que estaban por llegar. La plantilla inicial no alcanzaba las mil personas. Hoy supera los 33.000 empleados, entre personal fijo (25.600) y eventual.

Jon Etxeberria, que vivió aquellos momentos iniciales en primera línea porque formaba parte del entonces Departamento de Sanidad y Seguridad Social, rememora cómo, a partir de 1985 y como consecuencia de la Ley de Territorios Históricos (LTH), comienzan a llegar transferencias. Y es que hasta ese momento, una serie de servicios asistenciales dependían de las diputaciones. De esta forma, se incorporaron a Osakidetza los hasta entonces hospitales provinciales de Gipuzkoa, de Álava (Santiago) y de Bizkaia (Gorliz), así como los psiquiátricos de Bermeo, Zaldibar, Zamudio y Las Nieves. Más tarde se integró el comarcal del Alto Deba. Estas incorporaciones supusieron el primer incremento significativo de plantilla, «al pasar a tener más de cuatro mil trabajadores».

Pero la configuración de Osakidetza, «la que supuso su mayoría de edad», se produjo el 1 de enero de 1987, cuando entró en vigor la transferencia de los centros de salud, ambulatorios, servicios y personal procedentes del desaparecido Instituto Nacional de la Salud (INSALUD), entre los que destacaban los tres grandes hospitales de Cruces, Aranzazu y Txagorritxu. Se sumaron así a la red otros 14.000 trabajadores. Tan solo restaban por incorporarse los servicios sanitarios municipales, como el hospital de Basurto –lo hizo en 1992– y finalmente, el Instituto Social de la Marina (1996).

La 'joya' del autogobierno

A partir de ese momento, las inversiones han sido constantes para modernizar instalaciones e incorporar las últimas tecnologías porque, desde sus orígenes, una de las vocaciones de Osakidetza ha sido gestionar y ofrecer servicios sanitarios a imagen de los modelos de los países europeos más avanzados. De hecho, ha sido durante años la 'joya de la corona' del autogobierno, toda una referencia para otras comunidades por su carácter pionero en muchos aspectos.

Pero han pasado tres décadas. Y a los treinta años, es inevitable, los primeros signos de la edad comienzan a aparecer. Esto ocurre a la vez que envejece aquella población joven que, con sus impuestos, empujó el crecimiento del Servicio Vasco de Salud. Justo en el momento en que la recesión se ha instalado en la vida de todos y la recaudación fiscal decrece de forma inversa al crecimiento de la demanda de cuidados. ¿Cómo está de salud de Osakidetza para afrontar esta tesitura? «Económicamente está bien. Se paga al día a todo el mundo, avanzamos en calidad, tenemos unos profesionales extraordinarios, nuestro modelo de gestión figura en el ‘top’, en lo más alto de los servicios sanitarios de Europa», asegura Jon Etxeberria.

Con 321 centros de salud, diez hospitales de agudos, otros tres de media y larga estancia, más los psiquiátricos, la pregunta inevitable es si Osakidetza puede crecer más. «En edificios no mucho más, pero sí en equipamientos y en tecnología. Tenemos que contar con todos los avances para seguir en primera línea, para preservar la calidad y perseguir la excelencia», señala Etxeberria.

No hay mayor empresa en el País Vasco que Osakidetza. Gestionar una plantilla de 33.000 trabajadores supone tensiones. Y más en tiempos de crisis. De unos meses a esta parte, las protestas se suceden. Esto, sin embargo, no impide que en sus profesionales persista el orgullo de trabajar para un sistema sanitario que sigue siendo una referencia. Es el caso de la jefa de la unidad de Hematología y Oncología Pediátrica de Cruces, Aurora Navajas, quien en 1983 ya trabajaba en este hospital. La doctora no duda en calificar de «acierto» la creación de Osakidetza porque «es más fácil gestionar cuando quien gestiona está más cerca». No obstante, advierte que la descentralización no debe acarrear la tentación de pretender tener de todo en todos los hospitales porque no es posible. «Las comunidades –dice– deben facilitar que sus ciudadanos tengan acceso a los mejores tratamientos y, para que eso sea así, es preciso ‘regionalizar’ determinados servicios».

Al echar la vista atrás, esta profesora de Pediatría de la UPV siente el vértigo derivado «del vuelco exponencial» que han dado los tratamientos en estos treinta años como consecuencia, sobre todo, de los controles que se realizan a las mujeres gestantes y del diagnóstico genético. Aurora Navajas asegura que la Oncología Pediátrica en Euskadi está al mismo nivel que «en Boston, París o Londres». Y en cuanto a la atención en la red primaria (ambulatorios) que reciben los niños vascos no tiene duda de que «es la mejor de los países del entorno».

«Iba con dos camillas»

Iñaki Agirre, 61 años, es celador en el quirófano de Urgencias del hospital Donostia. Le encanta su trabajo desde que, en 1971, se incorporó a un centro conocido entonces como la 'residencia'. «Cuando pasamos a Osakidetza y nos homologaron a los funcionarios de Lakua salimos ganando», comenta. La medicina que ahora se practica tiene poco que ver con la de hace treinta años. ¿Esta evolución también se ha dado en su trabajo. «Ya lo creo, los medios que tenemos no tienen nada que ver. Ahora está todo mucho más mecanizado, pero ¡si cogíamos en brazos a los pacientes y arrastrábamos dos camillas a la vez! Una iba por delante y la otra por detrás. Al enfermo de atrás, ni le veías la cara». Pese a su «optimismo vital», Iñaki está preocupado por la gente joven. «No me gusta que me congelen el sueldo, pero lo que más me disgusta es que hay menos contrataciones, así que los jóvenes tienen menos trabajo, menos futuro. Y esto no va a cambiar tan pronto», se apena.

La enfermera Marixa Larreina empezó a trabajar en el psiquiátrico Las Nieves de Vitoria cuando la gente todavía hablaba del 'manicomio'. Nadie como ella para hablar de la evolución de la asistencia a los personas con enfermedad mental tras la creación de Osakidetza. «Había gente que vivía en los psiquiátricos. La desinstitucionalizamos. Al tiempo que se cerraban camas, se iban poniendo en marcha procesos de rehabilitación. Fue una etapa ilusionante», rememora.

¿Yahora? «No lo es menos. Ahora tenemos que trabajar con criterios de calidad», dice esta enfermera especializada en salud mental. «Ya sé que los recursos son limitados, pero los políticos deben mirar atrás para ver todo lo que se ha hecho y lo bien que ha funcionado, con el fin de seguir apostando por este modelo». Desde el servicio de Rehabilitación Comunitaria en el que ahora trabaja –y cuyo objetivo es la recuperación personal, familiar, social y laboral del enfermo mental– Larreina reclama un esfuerzo para que los «recortes en personal» no terminen por afectar a la calidad asistencial.

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