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Una mujer 'entretiene' a los asesinos hasta la llegada de la Policía de Londres: "No me asusté porque no les vi borrachos"

en una conversación de cinco minutos

Una mujer 'entretiene' a los asesinos hasta la llegada de la Policía de Londres: "No me asusté porque no les vi borrachos"

En un alarde de flema inglesa, una mujer aplaca a los agresores dándoles conversación, interesándose por sus motivaciones y pidiéndoles educadamente las armas del crimen

23.05.13 - 08:56 -
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Ingrid Loyau-Kennett habla con uno de los agresores, que lleva un cuchillo (@dannymckiernan).

Si usted no sabe definir exactamente qué es la flema británica -esa increíble mezcla de calma, impasibilidad y autocontrol aplicada por igual a detalles cotidianos y episodios dramáticos-, la actitud de Ingrid Loyau-Kennet le puede servir para entender a la perfección su significado. Esta mujer, responsable de un grupo de 'scouts' de 48 años y original de Cornualles, se convirtió ayer en la heroína del día al acercarse a los asesinos del soldado acuchillado en el barrio londinense de Woolwich y mantenerles 'entretenidos', dándoles conversación, hasta que llegó la Policía. Según recoge la prensa internacional, los agentes pudieron tardar 20 eternos minutos en los que los transeúntes, especialmente Ingrid, tuvieron que controlar la situación por sus propios medios. Y de qué forma. Si les hubiesen dado uno de esos sesudos cursillos orientados a las fuerzas de seguridad para aprender a negociar con personas peligrosas no lo hubiesen hecho mejor.

Ingrid, según ha contado al rotativo 'The Telegraph', viajaba en el autobús número 53, camino de Parliament Square, cuando observó que en la carretera había un cuerpo tendido. Creyó que se trataba de un atropello y se apeó para ayudar a la víctima, ya que, como buena 'scout', tiene conocimientos de primeros auxilios. Junto al hombre que estaba en el suelo ya había chicas que intentaban ayudarle -ayer fue un día de mujeres valientes-, poniéndole una chaqueta bajo la cabeza. Ella, por su parte, le tomó el pulso, pero ya le fue imposible detectarlo. El joven estaba muerto. Hasta aquí, la escena era simplemente trágica, pero en un instante se tornó aterradora cuando Ingrid se topó con los asesinos. "Vi a un hombre negro, con una pistola en una mano y un cuchillo de carnicero en la otra. Le noté muy nervioso y me dijo que no me acercara al cuerpo del hombre. No sentí realmente nada en ese momento. No me asusté porque no le veía borracho, ni estaba bajo el influjo de drogas. Era alguien normal", detalla la mujer, que estuvo cinco minutos con los agresores. El primero al que abordó "quería hablar con alguien, y eso fue lo que hice". "Normalmente esta gente suele tener un mensaje", explica muy 'profesional'. Así, estuvo charlando con ellos durante cinco minutos, probablemente los más surrealistas de su vida. Mientras ella se interesaba por sus motivaciones e intentaba disuadirles de seguir con su locura, los atacantes -con las manos cubiertas de sangre y armados con un machete de carnicero, cuchillos largos y una pistola, como en una película de terror de serie B- lanzaban soflamas islamistas en plena calle, donde estaban empezando a arremolinarse muchos curiosos, y justificaban su carnicería.

Ingrid, temerosa de que los dos hombres se pusieran muy nerviosos por la presencia de gente en los alrededores y de que la emprendiesen contra alguien más, especialmente contra los niños a punto de salir de un colegio, decidió que la única arma de la que disponía en esos momentos era su serenidad y su labia. Así que hizo uso de ella y se puso a darles palique. Sin reproches, sin alterarse, con naturalidad. Como si departiese sobre el tiempo. "Le pregunté si lo habían hecho ellos y por qué. Uno me dijo que le había matado porque era un soldado británico que había asesinado mujeres y niños en Irak y Afganistán. Estaba furioso por lo que había hecho allí el ejército británico". El hombre, a quien el sangriento asesinato le había dotado de una gran locuacidad, también le dijo que iba a "empezar una guerra en Londres y que intentaría matar a los policías si venían a por él". Por lo que Ingrid, cuya meta era evitar que la tragedia continuase, tuvo que redoblar sus esfuerzos, mientras por el rabillo del ojo veía el reguero de sangre del fallecido. "Le dije que él estaba solo contra mucha gente, y que iba a terminar perdiendo", afirma. Además, tuvo la suficiente sangre fría para preguntarle muy educadamente -a la inglesa- si quería darle "lo que tenía en las manos". Es decir, las armas del crimen recién cometido. La mujer "no quería decir 'armas'" para no alterarles más. Entonces, muy inteligentemente, se dirigió al otro agresor, que parecía el eslabón más débil. "Era más tranquilo y tímido. Le pregunté qué iba a hacer, y me dijo que no iba a seguir adelante".

"Una gran contrariedad"

A los modales exquisitos de ella, los asesinos respondieron con esa costumbre también tan británica de disculparse por todo -un leve empujón, un roce en el metro, un homicidio- y pidieron disculpas a "todas las mujeres" que habían presenciado la truculenta muerte del soldado, aunque argumentaron, en su locura, que "sus mujeres", en referencia a sus países de origen pese a su buen acento londinense- estaban obligadas a convivir con ese tipo de episodios desagradables.

Pasaban los minutos y con la Policía a punto de llegar, la cosa se estaba poniendo fea. Ingrid vio que el autobús del que ella se había bajado empezaba a moverse, lo que anunciaba la llegada de las patrullas. Y quiso quitarse de en medio, no sin antes decirle a uno de los agresores "si había algo más que podía hacer por él". "Me dijo que no", señala Ingrid, como si le acabase de preguntar si quiere alguna pastita con el té. Así que volvió a su autobús. Desde allí oyó llegar a los agentes y los disparos que redujeron a los asesinos. "Creo que ayudé a controlar la situación y a prevenir males mayores. Y me sentía bien poco después, aunque imagino que el 'shock' me llegará pasado un tiempo", ha manifestado muy entera. Tanto que, después de vivir esos terroríficos momentos, mostró su malestar -muy 'british', muy comedido y práctico- porque su camino a Parliament Square se había visto interrumpido y no sabía qué hacer para llegar, "lo cual fue una gran contrariedad".

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