El Correo Digital
Martes, 2 septiembre 2014
sol
Hoy 15 / 25 || Mañana 13 / 28 |
más información sobre el tiempo

batallitas

Heroínas de Balaclava

Florence Nightingale creó la enfermería moderna en la guerra de Crimea, pero los soldados de la Brigada Ligera preferían el cariño y los remedios naturales de la criolla ‘Mammy Seacole’

19.05.13 - 01:09 -
En Tuenti
CerrarEnvía la noticia

Rellena los siguientes campos para enviar esta información a otras personas.

* campos obligatorios
Cerrar Rectificar la noticia

Rellene todos los campos con sus datos.

* campos obligatorios
Heroínas de Balaclava
A la izquierda, Florence Nightingale; a la derecha, Mary Seacole.

De la británica Florence Nightingale se dice que sentó las bases de la enfermería moderna en la guerra de Crimea (1854-1856), la península del Mar Negro adonde acudió con un destacamento sanitario de 38 mujeres supervisado por su Gobierno y financiado por los lectores del 'Times'. Mary Seacole, en cambio, no es tan famosa, pero se granjeó el afecto de los húsares, dragones y lanceros de la Brigada Ligera británica que fue enviada a la llanura de Balaclava para luchar contra los rusos. La llamaban 'Mammy Seacole' cuando acudían a su cantina o su almacén, dos cabañas cercanas al frente, cuyos ingresos servían para costear un barracón de enfermos y medicinas gratuitas. "¿Quién es este nuevo hijo mío?", decía 'Mammy' cuando veía a un militar herido o agotado.

Florence y Mary. La primera, blanca y de la alta sociedad. La segunda, una oronda mestiza de Jamaica. Florence desdeñó a Mary cuando ésta viajó a Londres para ser una de sus enfermeras. La negativa no amilanó a la criolla, que se fue de todos modos a Crimea, pagándose el viaje. Ambas mujeres encarnan dos tipos de heroína al lado de los héroes masculinos de la Brigada Ligera, un puñado de soldados cuya carga legendaria en Balaclava, el ‘valle de la muerte’, fue una insensatez provocada por la incompetencia militar. "¿Atacar, capitán? ¿Atacar qué? ¿Qué cañones, capitán?", preguntó el conde de Lucan, sin saber que sus palabras iban a pasar a la posteridad. El capitán Nolan respondió dirigiendo su brazo hacia las posiciones rusas, sin apuntar nada en concreto. "¡Allí, señor, está vuestro enemigo! ¡Allí están vuestros cañones!".

La chispa que desencandenó la guerra de Crimea no fue menos estrambótica: dos reyertas entre monjes católicos y ortodoxos en la basílica de la Natividad de Belén (en la primera, ocurrida en 1847, saltaron candelabros y símbolos religiosos, y en la segunda, en 1852, murieron varios religiosos ortodoxos). En 1852, el zar Nicolás I quiso erigirse en protector de los súbditos ortodoxos del imperio turco; pero el sultán ignoró sus pretensiones, ofreciendo a Moscú una excusa para atacar. La flota otomana fue destruida en la batalla de Sinope, en un ataque por sorpresa en el que se ahogaron cuatro mil marineros turcos. Aquella tragedia despertó la compasión de la prensa británica, pero al Gobierno del Reino Unido le preocuparon menos las víctimas que el avance de Rusia hacia el Mediterráneo. Se alió con Francia para frenarlo, y el escenario que escogió fue Crimea, donde enseguida se pusieron de manifiesto los problemas de abastecimiento, el clima inclemente y las enfermedades que diezmaban a la tropa.

Pero volvamos con las heroínas de Balaclava. Podemos comenzar con Florence Nightingale, nacida en Florencia (de ahí su nombre); una mujer de familia acomodada, peculiar en su tiempo, que fue educada por institutrices y estudió en Cambridge, recibiendo una formación académica propia de hombres. A los 24 años se empeñó en ser enfermera, una vocación a la que su padre se opuso con denuedo. Ese oficio parecía destinado entonces a mujeres de baja extracción social y reputación discutible -los cirujanos militares creían que la mayoría de enfermeras eran alcohólicas casquivanas-. Sin embargo, Florence no dio su brazo a torcer. Viajó por Europa y conoció hospitales en Francia y Alemania, experiencias que reforzaron su determinación.

Cuando estalló la guerra contra Rusia, Florence realizaba tareas administrativas en un hospital londinense para mujeres enfermas. La prensa local denunció que los heridos estaban desatendidos, y ella aprovechó la oportunidad y sus influencias para montar un grupo de sanitarias y llevarlas a Crimea. A fin de acallar a los militares, escogió sobre todo monjas, aunque al principio no le sirvió de nada. Cuando las recién llegadas aparecieron en el hospital de Scutari, los médicos del Ejército no querían que intervinieran, de modo que los soldados la Brigada Ligera, que para entonces ya habían protagonizado su famosa carga, fueron auxiliados por ordenanzas masculinos.

Sin embargo, las bajas y las atroces mutilaciones de la batalla posterior de Inkerman desbordaron a los cirujanos, y no les quedó más remedio que aceptar el concurso de Nightingale y sus enfermeras, hasta entonces inactivas. Con los donativos de los lectores del 'Times', lo primero que hicieron fue comprar jabones y cepillos para acabar con la suciedad y el caos; poner batas a los heridos, que se cubrían con mantas endurecidas por la sangre coagulada, y montar una lavandería. Florence vigiló el alcohol y ordenó a sus subordinadas retirarse por la noche porque unas cuantas bebían mucho o se arrimaban a los soldados. A algunas las tuvieron que mandar de vuelta a casa.

Terry Brighton cuenta esta historia en su libro 'El valle de la muerte' (Edhasa), un minucioso ensayo sobre la carga de la Brigada Ligera, que desmitifica a Florence Nightingale, aunque sin restar valor a su decisiva contribución a la Enfermería. "Los soldados la adoraban, no porque los estuviese salvando, sino porque estaba allí. Lo más que ella les permitía era que la vieran", escribe Brighton.

El autor desmiente la eficiencia de los métodos de Nightingale. En realidad, la mortalidad de Scutari, medida por ella misma, no hizo más que aumentar y fue la más alta de todos los hospitales militares. Cuanto más énfasis ponía Florence en la limpieza, más soldados morían; pero no por las heridas del combate, sino a causa del tifus. El problema comenzó a resolverse cuando se limpiaron las cloacas sobre las que se levantaba el hospital. Un biógrafo de Nightingale, Hugh Small, sugiere que sufrió un 'shock' cuando comprendió lo ocurrido. A su regreso a Londres, con nombre ficticio, eludió a la prensa, aunque su altruismo y su prestigio siempre perduraron en la opinión pública. En adelante, los utilizó en provecho de su profesión, escribiendo libros y creando una escuela de enfermeras.

Mary Seacole -Mary Jane Grant antes de casarse- era una mujer radicalmente distinta. Sus padres fueron un oficial escocés y una jamaicana que administraba una posada y que conocía el poder medicinal de las plantas. Aventurera desde su juventud, y también comerciante, Mary contrajo nupcias con un ahijado del almirante Nelson, pero enviudó a los ocho años sin haber tenido hijos. Como su madre, también trabajó de posadera -en lugares muy duros, infestados de enfermedades- y aprendió igual que ella a usar remedios naturales. Con ellos se enfrentó a una epidemia de cólera en Panamá y curó a los soldados británicos acantonados en Kingston (Jamaica) que sufrían la fiebre amarilla.

Cuando supo que en Londres estaban reclutando mujeres para ir a Crimea no se lo pensó. Había cumplido 49 años y tenía cartas de recomendación de militares de Jamaica. Llegó a Inglaterra con un vestido vistoso y un sombrero. Sin embargo, el Departamento de Guerra, primero, y una ayudante de Florence Nightingale, después, rechazaron sus credenciales; en el segundo caso, tras una fría entrevista.

Herida su orgullo, consciente de que la habían discriminado, Mary se plantó en Crimea. Acudió al hospital de Scutari y fue recibida por Florence Nightingale, que le dijo que no tenía espacio para más gente, salvo un hueco en la lavandería. Pero la criolla no estaba dispuesta a rendirse y se instaló por su cuenta mucho más cerca del frente. En un lugar llamado Spring Hill, próximo al acuartelamiento de la caballería, muy a mano para los soldados, construyó el 'British Hotel' de su propio bolsillo. Era un conjunto de cabañas que hacían las veces de cantina, almacén y enfermería, y que fue levantado con madera de barcos hundidos. Los militares encontraban allí comida, artículos de coser, infusiones y hierbas contra el cólera, la disentería y las diarreas. 'Mammy Seacole' -así la llamaban en la caballería- dedicaba la recaudación a atender a enfermos y a pagar las medicinas que entregaba gratuitamente a los militares sin blanca.

William Russell, corresponsal del 'Times', se fijó en aquella singular mujer, tildada por los médicos de curandera, aunque él se refirió a ella como doctora. "La tropa, que acudía en gran número a su hotel, tenía fe en su competencia en el arte de curar, que ella justificaba resolviendo casos tenaces de diarrea, disentería y otras enfermedades del campamento". Una de las imágenes que les quedó grabada a los veteranos de Crimea fue la del soldado que agoniza con la cabeza recostada sobre el voluminoso regazo de 'mammy'.

Realmente, Mary Seacole tenía bastante peso, aunque ello no le impidió exponerse a las baterías rusas para asistir a los heridos. "¡Agáchese, 'mammy', agáchese!", gritaron en una ocasión los soldados bajo el fuego de artillería. Ella se arrojó de bruces al suelo y al rato, cuando el peligro había pasado, bromeó con los hombres rudos que la rodeaban sobre lo difícil que resultaba ponerse en pie siendo tan gorda.

Aquella generosa mujer se arruinó cuidando a los muchachos enviados a la muerte en Balaclava. El último cargamento del ‘British Hotel’ se quedó sin clientela cuando la guerra terminó en 1856. En cuanto puso el pie en Inglaterra, la esperaban los acreedores. Sin embargo, una carta publicada en el 'Times' denunció su caso y se preguntó por qué "los humildes actos de la señora Seacole" estaban siendo eclipsados por "las benevolentes hazañas" de Florence Nightingale. El recordatorio dio resultado. Nueve bandas militares participaron en un festival en honor de ‘Mammy’ celebrado en Londres, al que asistieron decenas de miles de personas y en el que ella fue llevada a hombros por los soldados. Su autobiografía, 'Las maravillosas aventuras de la señora Seacole en tierras diversas', fue un éxito editorial.

Mary Seacole murió en 1881, con 76 años, y fue enterrada en la sección católica de un cementerio londinense. William Russell dijo de ella: "Creo que Inglaterra no olvidará a alguien que cuidó de sus enfermos, que fue en busca de sus heridos para ayudarlos y socorrerlos y que administró los últimos sacramentos a algunos de sus insignes muertos".

Con el transcurso de los años, la bondad de Mary Seacole fue perdiéndose en el recuerdo. La Asociación de Enfermeras de Jamaica se acordó de ella en 1973 y restauró su tumba. Pero mucho antes, los supervivientes de Crimea nunca la olvidaron. "Era una mujer maravillosa -aseguró el oficial Frederick Vieth-. Todos los hombres tenían una fe ciega en ella y en caso de cualquier enfermedad buscaban su consejo y utilizaban sus remedios a base de hierbas, prefiriéndolo a presentarse ante sus propios médicos".

En el monumento de la Guerra de Crimea, en Londres, solo se erigió una estatua de Florence Nightingale.

Ver todos los artículos de Batallitas.

TAGS RELACIONADOS
En Tuenti
pliega/despliegaLo más comentado
pliega/despliegaLo último de elcorreo.com
elcorreo.com

EN CUALQUIER CASO TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS:
Queda prohibida la reproducción, distribución, puesta a disposición, comunicación pública y utilización, total o parcial, de los contenidos de esta web, en cualquier forma o modalidad, sin previa, expresa y escrita autorización, incluyendo, en particular, su mera reproducción y/o puesta a disposición como resúmenes, reseñas o revistas de prensa con fines comerciales o directa o indirectamente lucrativos, a la que se manifiesta oposición expresa.