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El hombre del pijama a rayas

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El hombre del pijama a rayas

Lo de negar el holocausto se da, cada vez más, en países como Austria, Italia, Suiza e incluso Francia. Y en España, más de lo que creemos

03.05.13 - 18:09 -
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El hombre del pijama a rayas
Supervivientes del campo de concentración de Mauthausen ante la llegada de tropas estadounidenses.

No es un niño ni lleva un pijama a rayas. Es el hombre que fue el niño que intentaron no fuera hombre. Portador de un traje que, de ser pijama, solo arropó pesadillas. Quizá le vieran hace cosa de tres años por televisión o en la prensa. Lo he buscado, pero no le encuentro. Ahora quizás haya muerto. En aquella foto que hoy recuerdo sus ojos asomaban cansados y rotos. Cargaban los años de vida y los de muerte en vida. Nunca supe su nombre. Ni el de quienes, como él, decidieron vestirse con el traje de la extinción para seguir siendo memoria viva. Hombres y mujeres caminando bajo rayas descoloridas y números que no se borran. Cifras que manchan sus brazos y que fueron nombre, en un tiempo y lugar, en el que los nombres eran números y los números se quemaban. Posaron ante la foto hace tres años por estas fechas para recordar el horror. Y no consigo encontrarlas. No encuentro aquellas fotos. Ni a aquél hombre.

Han pasado 68 años del final de la Segunda Guerra mundial. Como toda guerra, las efemérides dicen una cosa y la intrahistoria otra. Gracias a los supervivientes sabemos que el enemigo tarda en retirarse y el amigo, a veces, no es tan amigo. Pero el débil siempre es el débil. La próxima semana recordaremos otra efeméride. La liberación del campo de exterminio de Mauthausen. Un lugar donde murieron muchos de nuestros paisanos. Y lo que debería ser una celebración, es una cita para la preocupación. Hubo, hay y habrá holocaustos en este mundo que es el suyo y el mío. Pero aquél, nos representa a todos. Por su crueldad y su frialdad. Porque el verdugo mató sin sentir nada, convirtiéndose en doble verdugo. Y nos descubre el monstruo infame que llevamos dentro. Todos.

Por eso hay que recordar. O, al menos, no olvidar. Y con ello, que ni fue el único campo, ni la única tierra que escondió la barbarie. Ahora todo parece lejano, pero está allí. En el barro, en los árboles, en el viento. Y en los ojos de la gente que miran hacia otro lado cuando preguntas, en aquellas tierras, sobre el tema. Antes y ahora. Porque Europa mira hacia otro lado, una vez más, mientras la bestia amenaza con despertar. No es raro, por ello, que crezca el "negacionismo" según desaparecen los testigos. No hablo de Alemania. O no solo. Lo de negar el holocausto se da, cada vez más, en países como Austria, Italia, Suiza e incluso Francia.

Y en España, Reino de España, Estado Español o como quieran llamarlo, más de lo que creemos. Con un añadido. Aquí el nazi siempre es el otro. Pocas tierras utilizan la palabra 'nazi' tan a la ligera. Luego está quien practica el peligroso juego del -¡Y tú más!-. Como si el holocausto dependiera de derechas o izquierdas, nacionalismos A o nacionalismos B, siglas o banderas. En Mauthausen, por ejemplo, asesinaron a judíos, polacos, eslavos, gitanos, disminuidos psíquicos y físicos, brigadistas, miembros de la resistencia, homosexuales, enemigos del Reich…es decir, a "todos los demás". Y aquí y en otros campos, a miles de antepasados nuestros.

El holocausto es siempre holocausto. El lado más tenebroso y obtuso del ser humano. Por eso la paradoja de volver para no volver. Por eso hace tres años aquel hombre vestía de nuevo con el traje y las rayas. De preso de campo de concentración, en lugar de hacerlo de civil. Pocos lo entendieron. Pero lo hizo por el orgullo y la responsabilidad del que se sabe carne y sangre de otros. Con el gorro caído sobre la cabeza y la cabeza caída bajo el gorro. Como si cargara en ella los horrores de una vida que no fue vida. Envueltos en un traje pintado de cárcel, evoca el dolor para explicar la herida. Sabe que olvidar a la víctima, es matarla dos veces. Y que un día, él ya no estará. Ese día, cuando el último testigo se haya ido, solo las ruinas y los muros seguirán hablando. Y por eso busco la foto. No sé cómo se llama ese hombre nacido, muerto y resucitado, pero no hace falta. Su nombre es el de millones. El de hombres, mujeres y niños que murieron, mueren y morirán a manos de hombres, mujeres y niños. Unos disparan, otros aplauden y otros muchos miran sin mirar. Y, lo que es peor, sin sentir. Por eso, en el fondo, sabemos cómo se llama. Su nombre es nuestro nombre. El que pudimos ser y por suerte no fuimos. El de una humanidad que debería recordar. O al menos, por su bien, no debería olvidar. Porque todos podemos ser víctimas. O verdugos. Todo depende del enfoque de la foto.

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